viernes, 30 de marzo de 2012

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            DE FANTASÍA, EL CINE ARIZONA, DE OTROS CONVECINOS DEL 93 Y DE LAS FACTORÍAS ALEDAÑAS.

            El más pequeño de los cines del barrio era el Arizona, conocido en el argot como la "Caja de Cerillas". Y tal parecía pues ni siquiera tenía embocadura hacia el escenario. Un patio de butacas encerrado en un paralelepípedo. Tal vez por su reducido tamaño me chocó tanto ver una tarde en él al luchador Panito y a Pedro Luis, así como por la película que se proyectaba: "Fantasía", de Walt Disney.



            Panito era para los muchachos el héroe particular de nuestro barrio. Un fornido muchachote, luchador de grecorromana que había conseguido, o conseguiría por aquellos años, una medalla en unos campeonatos internacionales, Juegos del Mediterráneo, para más señas, a lo que se unía una exquisita pulcritud en el vestir y en el trato, era para la chiquillería un ejemplo a seguir.
            Pedro Luis era en cierto modo un antihéroe, trabajador donde los hubiera pero sin ningún tipo de preocupación por lo físico o ético. Fue el primer representante del guarrismo mucho antes de que este se impusiera como estética algunas décadas más tarde. Eran proverbiales los tremendos eructos con que anunciaba su presencia cuando doblaba la esquina de Bravo Murillo al regreso del trabajo.

           Pero Pedro Luis era imprescindible en las grandes cacerías de ratas que se montaban de cuando en cuando para limpiar los patios de tan desagradables inquilinos, allí mostraba una destreza y una valentía sin parangón. Había dos condicionantes que impedían una total erradicación de los desagradables roedores: una red horizontal de saneamiento mal diseñada y la presencia de la casa de empeño, que ocupaba toda una fachada de la planta baja y tenía sus almacenes hacia el patio interior, donde se debía de acumular toda la porquería inimaginable. Las "casas de empeño" son una especie de comercio, que por fortuna está casi erradicado hasta el punto que muchos jóvenes no sabrán de su existencia  y para ellos voy a explicar con brevedad en qué consistía su funcionamiento.
         Para poder entenderlo hay que situarse un poco en el espíritu económico de la época. Los trabajadores asalariados recibían su jornal por semanas, y solía ser tan exiguo que era raro que alguien pudiera ahorrar aún una pequeña cantidad por si surgía un imprevisto. Se vivía al día, que era usual decir. Y el imprevisto surgía más a menudo de lo que era deseado bien en forma de enfermedad, bien en forma de patrono que no pagaba su salario a tiempo, etc. Entonces si la familia tenía algún objeto de valor o alguna prenda lo llevaba a empeñar y le daban por él una cierta cantidad de dinero prestada a un cierto tipo de interés. Cuando la familia conseguía reunir el dinero con los incrementos del interés podía recuperar su pertenencia y si pasado un cierto tiempo acordado de antemano esto no pasaba el comercio pasaba a ser el dueño del objeto o prenda y podía hacer con él lo que quisiera, por ejemplo venderlo.
         El hombre que regentaba la casa de empeño estaba muy mal visto entre el vecindario y recibía con frecuencia el apelativo de usurero.

     Resultaría extraña la fraternal amistad entre dos personas de tan diferentes inclinaciones  si no les uniera el ser vecinos y el haber sido compañeros de colegio…

          Nuestro montero de ratas seguro que no sabía todo cuanto le dedicaba la literatura y el cine a este roedor, especie muy prolífica, que aunque no siempre la tengamos en muy buena consideración, es un animal tan doméstico y dispuesto a acompañar desde siempre al ser humano como el caballo, el perro, el gato o la mosca, y como ellos siempre por afinidad de intereses o por una simple simpatía, que en el caso de los insectos no siempre es fácil de entender aunque nuestra amiga reptil, la salamanquesa, no nos daría su monstruosa en las formas y grácil en los ademanes compañía sin tener en la casa invitados al mantel.

    Hay que distinguir entre la rata de ciudad, gran transmisora de enfermedades, como ya nos describiera Albert Camus en “La Peste”, en la que comparaba nada más y nada menos al animalito con el nacionalsocialismo de los nazis, y la rata de agua, que debe ser bastante limpia por el medio en el que habita y que se dedica más bien a eliminar las carroñas de los ríos y los lagos. A ésta le dedico una profunda novela Luis Martín Santos, titulada “Tiempo de Silencio”, que tiene como protagonista a un investigador de los temas cerebrales, gran admirador de Santiago Ramón y Cajal, que para sus investigaciones usa a las crías de estos mamíferos, y una hija de su proveedor de alimañas experimentales calienta entre sus pechos a los recién nacidos hasta que son aptos para llegar a la mesa de disección. Obra singular del neorrealismo en castellano esta obra ha sido comparada con el Ulises de Joyce, para nuestro común idioma, lo que no es moco de pavo, y supone un antes y un después. La versión en celuloide la llevaría años después a la pantalla Vicente Aranda en un precioso blanco y negro.

            Luis era, además de escritor, psiquiatra y algunos tratan de inducir que en su obra se describen elementos autobiográficos, también se establecen referencias que le atribuyen que durante algún tiempo de silencio fue Secretario General del Partido Socialista Obrero Español en la clandestinidad…
Que cada cual se haga el traje a su hechura, ya tendremos modistas que nos ayuden dentro de unos capítulos.

            Por seguir con el tema “Las Ratas”, tenemos la novela homónima de Miguel Delibes, está vez llevada al cine por el director Jiménez-Rico, y para acabar con el tema unas estadísticas que han detectado en las hamburguesas de algunos de ciertos establecimientos públicos muy populares hoy en día la presencia de proteínas procedentes de ciento dieciséis animales distintos…

            Pero para ratoncillos ya tenemos al preferido por muchas infancias desde hace incontables años, que aunque sea negro, el color es lo de menos, es bien lindo y divertido.
            Volviendo a la maravillosa película de Disney, espectáculo de música y color, fue una de las primeras ocasiones que tuve de escuchar música clásica.






            Disney fue pues la revelación: "La Pastoral" de Beethoven era una melopea báquica  en algunos momentos, como no podía ser de otro modo, nuestro conocido Mickey Mouse era un agradable aunque incompetente aprendiz de brujo en una disparatada noche en el “Monte Pelado”, loco sueño de Modesto Musorgkij, avestruces con faldas de puntilla bailaban "La Danza de las Horas", etcétera, etcétera... La gran música había descendido de su pedestal distante para convivir entre nosotros.

            Era todavía Tetuán un barrio en el que se fundían las residencias con las pequeñas industrias y los talleres artesanos por lo que una gran parte de los vecinos trabajaban en el mismo barrio. Tal era el caso de Pedro Luis que trabajaba en una empresa que se llamaba, (no sé si se seguirá llamando, pero desde luego la factoría desapareció del barrio) Cristamol, que se dedicaba a la cerrajería metálica de puertas y ventanas y al acristalamiento, y constituía un centro de trabajo ideal para los varones del barrio, aunque también trabajaban allí algunas mujeres, como Lolita, de quien luego hablaremos, aunque la mayoría de las muchachas trabajaban en una factoría de borra para colchones que se llamaba Quirós. Una de sus fachadas estaba emplazada en la calle de Francisco de Medrano, de agridulces recuerdos, como comprobará quien tenga a bien seguir la narración...

            El uso de este tipo de colchones, con muelles de acero y relleno de borra, estaba comenzando a popularizarse, pero lo usual era que se utilizaran de lana de oveja, y su mantenimiento, pues la lana con el tiempo y el peso del cuerpo de quien lo utilizara acababa por apelmazarse, producir bolas y resultar incómodo, daba lugar a la figura típica del colchonero por las calles del barrio. Su trabajo consistía en varear las guedejas de lana apelmazadas hasta conseguir que quedaran esponjosas para lo cual disponía en un ensanchamiento de la calle, o en un solar, si es que había alguno a mano, una burda manta sobre la que colocaba un pequeño montón de lana y se ponía a darle palos con una larga vara de mimbre. Por lo general las amas de casa habían lavado previamente la lana, pues al ser éste un material transpirable se impregnaba del sudor de sus usuarios y la higiene recomendaba que se hiciera así, y la primera operación del colchonero consistía en extender la lana sobre la manta para que se secara al sol. Una vez esponjada la lana la introducía en una funda de colchón, de tela fuerte, y remataba la faena cosiendo la funda con recio hilo de bramante.

            Por lo común no era de los oficios que eran necesarios pregonarse voceando por la calle porque de una actuación le solía salir faena para una o varias siguientes. Pero otros oficios artesanales si se pregonaban como el del afilador y el paragüero-lañador. El primero utilizaba una modesta flauta de pan de metal o plástico para lanzar unos acordes anunciadores al aire antes de desgranar su pregón y el segundo solía ser de raza nómada, que nosotros pensábamos gitana, porque nadie nos había enseñado a distinguir entre las diferentes familias nómadas, y lo más probable es que fuera quinquillero, que eran los que tenían mayor afición a fabricar, vender y reparar cacharros de latón y de metal en general.

            El vecindario del 93 no era racista, por falta de objeto ya que para que pueda existir un enfrentamiento entre razas alguna etnia debe tener el sentimiento de ser superior a otra. Más o menos rubios o morenos todos éramos blancos indoeuropeos, aunque muy mezclados, según nos enseñaban en las clases de historia. Comenzando por conjuntar la magia de los druidas celtas con el apego a la tierra de los pastores íberos, inyecciones de sangre asiática de los comerciantes fenicios y africana de la tunicia de Cartago, ciudades de la costa de Levante tuvieron alguna vez el esplendor de Atenas y Emérita Augusta no le tenía ninguna envidia a la misma Roma… Sangre centroeuropea llega a Toletum, y la capital universal de la ciencia y la cultura se sitúa durante siglos en Córdoba mientras califas y reyes cristianos se intercambian hermanas e hijas en señal de buena amistad y en cada gran ciudad había una judería… Con esta tradición a nadie le puede extrañar que haya más Garcías, más Fuentes y más Vargas en Latinoamérica que por aquí.

         Poco a poco el valor de los terrenos fue subiendo de precio y constituyó un magnífico negocio para los empresarios vender sus industrias y trasladarse a polígonos industriales del extrarradio, así que un día el cine Arizona, Quirós y Cristamol desaparecieron … y el carácter del barrio fue virando hacia el terciario: comercios y oficinas, más comercios y más oficinas... pero aquel año los del 93 todavía disfrutábamos de lo único que conocíamos, y de lo que íbamos descubriendo en las oscuras y sórdidas salas de nuestros cinematógrafos, que eran como una parte de nuestras vidas a través del sueño…

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            DE LA QUIMERA DEL ORO, EL CINE CHAMARTÍN Y LA PRESENTACIÓN DE ALGUNOS PERSONAJES DE LA TRAMA DE LA PELI NEORREALISTA-SURREALISTA DE FONDO.

            Aunque la época de mayor hambre alimenticia había pasado ya, en el sesenta y tres se pasaba todavía alguna escasez, así no es de extrañar que la primera película que se le venga a uno a la memoria cuando mira con los ojos del pensamiento hacia aquella época sea "La Quimera del Oro", de Charles Chaplin, film mudo realizado en 1925, que supone la quintaesencia magnificada de como se puede expresar con imágenes y con simpatía hasta que punto puede trastornar la mente de una persona una sensación tan física como son las ganas de comer.
            He de aclarar para quien no haya vivido en aquellos años y le extrañe que se proyectaran en los cines películas tan rancias en el tiempo que la programación cinematográfica era muy diferente a la actual, y esto por varias razones. Lo usual en los cines de barrio era la programación doble continua, es decir que se proyectaban dos películas de forma consecutiva desde que se abría el cine, pongamos a las 4 de la tarde, hasta que se cerraba, hacia la media noche, o aún bastante más tarde, (hay que recordar que estamos en las Españas, y que aquí se trasnocha), según la duración de las películas y la secuencia del programa. Ésta solía desarrollarse del siguiente modo: Para empezar unos breves mensajes publicitarios aún con las luces de la sala encendidas, y cuando éstas se apagaban un informativo en forma de serie de reportajes cortos, que se llamaba NO-DO, del que ya tendremos ocasión de hablar, una película secundaria, bien por la calidad que se le atribuía o bien por que ya había sido proyectada en otras ocasiones, un descanso para que los espectadores pudieran estirar las piernas, ir a hacer sus necesidades, visitar el bar, fumar un cigarrillo en el vestíbulo, etc., y el film que se consideraba principal o de estreno en la sala, lo cual es fácil comprender que no tenía nada que ver con su calidad. Nuevo descanso para que se vaciara la sala y se renovara con otros espectadores, y se repetía la secuencia.



            "La Quimera del Oro" por su corta duración, en la versión reeditada por su propio autor, en 1942, con narración y música, era un magnífico comodín para que el programa no se alargara en exceso cuando el film principal tenía una duración considerable, motivo por el cual tuvimos muchas ocasiones de poderla disfrutar.

        Recuerdo que una ellas fue en el cine Chamartín, sobre el que ya hablaremos, y que entre otros compañeros estaba mi amigo Rivas.
            Rivas había sido mi compañero de juegos desde siempre. Su nombre de pila era Sebastián, pero yo nunca lo utilizaba para referirme a él, vivía en el apartamento que ocupaba la parte central de la galería correspondiente al primer piso. Durante gran parte de nuestra niñez su familia había estado formada por sus padres y otros cuatro hermanos. Rivas hacía el tercero por edad, las mayores eran dos chicas, luego estaba su hermano Quique, y la menor era otra chica: Susana. La mayor se había casado haría un par de años lo que les había proporcionado alguna holgura tanto en la habitabilidad del apartamento, pues se había ido a vivir con su marido, como en el bolsillo, pues su esposo tenía algún dinero y era persona desprendida.

            El padre, Enrique, trabajaba de albañil y la madre, Carmen, ya tenía bastante con ocuparse de la prole, y a pesar de sus muchas tareas siempre sabía sacar tiempo para leer, pues era de las pocas personas del vecindario aficionada a la lectura. Y leía cuanto caía en sus manos, en general novelas y biografías que le prestaban otras vecinas, como la madre de Terele, de quien ya hablaremos más tarde, porque desde luego no estaba su economía como para poder formar una amplia biblioteca. Parece ser que la afición le venía heredada de su abuela, que había sido maestra rural en un pueblecito perdido de Toledo, como la costumbre de tomar café. Aunque las comidas fueran humildes en su casa no podía faltar el café a cualquier hora.
            Como en su casa vivían amontonados unas veces venía a jugar a la mía y las más jugábamos por las escaleras o las galerías. Rivas era muy inteligente, pero, como además era buenapersona, no solía emplearla para sacar ventaja sobre los demás. Tenía los ojos vivarachos que daban a su mirada una expresión de malicia relampagueante, que era más producto físico a causa de la intensa negrura de sus iris que mental. Así sucedía también con la célebre intensidad de la mirada de Pablo Ruiz Picasso consecuencia de sus oscuros ojos meridionales. Aunque también hay que reconocer que hay ojos oscuros que la sensación que producen es de tener una profunda tristeza sus propietarios.
-Ramón María, no te separes tanto que lo mismo te pierdes – me advertía la señora Carmen.
     Por lo general todo el mundo me llamaba Ramón, a secas, excepto alguna tía y la madre de Rivas, ella, como lectora empedernida, en un homenaje implícito a Valle-Inclán, del que yo todavía no sabía nada, y al que para nada debo mi nombre de pila, aunque debo reconocer que sí algunos momentos muy intensos gracias a su teatro. El nombre junto con un reloj de plata que no funciona y una magnífica alopecia lo heredé de mi abuelo materno.
        -Ya voy señá Carmen – y dejando de mirar aquel escaparate de la juguetería que tanto me emocionaba volví a acompasar mi andar con el de Rivas y su madre. Aquella tarde no nos acompañaba Pedro, nuestro otro inseparable, no recuerdo por que razón, tal vez estuviera enfermo, las anginas y constipados eran de lo más frecuente en aquellos pisos tan solo calentados por el fogón de carbón de la cocina, o le hubieran castigado a quedarse en casa por alguna travesura cometida.

        Pedro Francisco vivía con sus padres y una hermana menor en uno de los apartamentos de la galería del segundo piso del edificio. Era más bien rechoncho, medio rubiejo, de ojos grises y de carácter abierto, lo que le empujaba a veces a gastar bromas, y como ya se comprobará algunas no eran del todo comprendidas ni reídas por parte de aquellos a quien iban dirigidas, razón que en ocasiones sus chanzas nos llevaran a los amigos a pasar alguna situación un tanto enojosa, pero también comprobaremos que era una personilla abnegada y capaz de arriesgar la vida por sus colegas. En el colegio le llamaban Pedro y su familia Paquito, así que según lugar y tiempo se le conocía por uno u otro nombre… menos mal que a nadie se le ocurrió denominarme por mi segundo.

            - ¿Nos vas a comprar pipas?, mamá – preguntaba Rivas.
           -Mientras hacemos cola ya os doy para que las merquéis – contestaba ella. Y es que tener que hacer cola para conseguir las entradas constituía uno de los ritos imprescindibles para obtener un buen asiento, ya que las entradas no estaban numeradas y el acceso se conseguía por riguroso orden de adquisición, comenzándose a vender unos diez minutos antes del inicio de la sesión.

            En cuanto al cine, el nombre le venía de tiempos lejanos, de cuando a José, el Primero de las Españas, hermano de Napoleón Bonaparte le dio, aparte de hacer grandes obras urbanísticas en la capital, como sustituir conventos llenos de mugre por plazas llenas de higiene, como la transmutación del convento de Santa Ana en la plaza del mismo nombre, en la que hoy se pueden admirar las estatuas de Calderón de la Barca y de Federico García Lorca, amén de la fachada del Teatro Español… decía que el mencionado rey se puso a repartir terrenos entre sus allegados y unos terrenos baldíos le correspondieron a un tal Martín y con el tiempo se formó un conglomerado de casas Champ Martín de la Rosa, que llegó a ser pueblo, lo mismo que otros terrenos más cercanos al centro de la ciudad fueron adjudicados a un tal Berry, y ahora son denominados, Chamberí, uno de los barrios más castizos de la ciudad y en el que está ubicada la casa-museo del pintor Sorolla, un valenciano que decidió afincarse en el centro de la península y uno de los mejores pintores impresionistas que nos dio el arte, con todo el respeto para Manet, Monet y todos los demás adláteres foráneos y vernáculos.

       El cine que llevaba tan histórico nombre era uno de los más viejos y menos cuidados del barrio, y a él llegaban las películas después de haber recorrido un largo camino desde que se estrenaron, pues había establecido entre las salas de proyección todo un escalafón. A la cabeza estaban las Salas de Estreno, en general situadas en la Gran Vía, a la sazón Avenida de José Antonio (en homenaje al hijo del general Miguel Primo de Rivera, dictador durante los años veinte, que además de fundar la organización fascista llamada Falange fue un chulo redomado), o en la calle Fuencarral. En ellas podía permanecer un filme desde una semana hasta varios meses, según el éxito de público que tuviera. De ahí pasaban a salas de Reestreno, por lo general había una o dos por barrio de la capital, después a salas de actualidad, y así sucesivamente en un proceso que en algunos casos tardaba años y lustros en terminar.

            Estructuralmente los cines del barrio podían ser de una sola planta que se denominaba Patio de butacas, sobre la que podían tener una planta retranqueada o Entresuelo, y hasta una segunda planta o Anfiteatro, cuya parte más alta se denominaba Paraíso. Algunos eran antiguos teatros reconvertidos y conservaban en sus pisos altos los palcos, bastante fuera de lugar en un cinematógrafo en el que la visión óptima es la más centrada.

            Los filmes podían estar rodados en blanco y negro o en color, como los sueños, que algunas personas los tienen monocromos y otras policromados. Dentro del genérico blanco y negro está también el sepia con sus diferentes matices. Durante una larga etapa no hubo películas en color, y los directores debían amoldarse para desarrollar lo que querían expresar con diferentes tonos de gris, o de sepia, después se desarrollaron tecnologías que permitieron el uso de color según diversos procedimientos unos relativos a la calidad de la imagen y otros al formato, y los directores tuvieron mayores posibilidades expresivas para usar o no el color según el tema de que se tratara y el carácter que se le quisiera dar. Pero en esto se llegó al descubrimiento y comercialización de la televisión en color y las productoras viendo un gran negocio en la venta de los derechos de pantalla a las cadenas televisivas decidieron apostar mayoritariamente por el color hasta el punto que el uso del blanco y negro a quedado prácticamente obsoleto para desgracia de la posibilidad expresiva de los autores.

jueves, 29 de marzo de 2012

DESAMBIGUACIÓN Y PRÓLOGO

DESAMBIGUACIÓN

     La palabra "cultura" es, en castellano, un término ambiguo, ya que tiene varias acepciones de muy distinto significado.
     Se denomina cultura al conjunto de conocimientos científicos, artísticos, etc., que ha adquirido un individuo, pero también se emplea la misma palabra para referirse al conjunto de las estructuras sociales, religiosas, intelectuales, etc., de un cierto país o civilización. En ocasiones se la emplea dándole una valoración en contraposición a otra que se consideraría de menor rango, así se habla de una música culta en oposición a una popular, de un arte culto en oposición a la artesanía, de una literatura culta a una del entretenimiento.
     Tal vez se pudiera buscar una solución que acabara con la ambigüedad de la misma palabra atribuida a varios conceptos, al menos a su expresión escrita, aprovechando el mismo sonido fonético en castellano de la letra "k" seguido de la vocal "u", y hasta de la letra "q", si queremos ir más lejos. Así tendríamos la "cultura", la "kultura" y la "qultura", cada una atribuible a una de las diversas acepciones. Como homenaje al ciudadano "K", de Kafka, podríamos reservar para la individual la kultura, la referencia a la generalidad permanecería siendo cultura, y la humildad del pueblo y de las actividades realizadas desde él tendría su propia qultura.
    La palabra “amor” también está llena de ambigüedades, aunque en parte sus distintas acepciones estén resueltas en algunas opciones, por ejemplo el amor a la Humanidad se puede definir como filantropía y el amor a dios como Caridad… En cualquier caso el filo como prefijo y el filia como sufijo, heredados de los griegos nos sirven para resolver todo lo relacionado con el amor y sus ingredientes positivos o negativos, incluida la pedofilia… Lo que sigue va bastante de cinefilia, aunque como comprobarán, si siguen adelante, se roza o confunde, según las ocasiones, con otras filias, así como con alguna fobia, lo que producirá que en algún caso se provoque un trilema.



PRÓLOGO

            Una gran avenida en la ciudad es como río de vehículos y personas, más evidente si su circulación es  de dirección única o si se produce algún evento colectivo del tipo manifestación pública. Pero sin necesidad de darse ninguno de los dos casos referidos, es decir que la circulación sea doble y que los entes gubernamentales tengan prohibidas las manifestaciones, el sentir popular atribuía en metáfora este sentido fluvial a la calle Bravo Murillo cuando decía frases como "bajar a Cuatro Caminos" o "bajar al Centro" como si de un descenso en aguas bravas o tranquilas se tratase.
            Era pues esta calle un río que recibía como únicos afluentes culturales los que le proporcionaban como lluvias torrenciales según las cambiantes estaciones los filmes, renovados cada semana, que se proyectaban en los cines situados a sus costados o en las calles adyacentes.
            Brotaba la calle como en una cascada de la Plaza de Castilla, dominada por el monumento a Calvo Sotelo, o lo que es lo mismo seca de cultura, y continuaba del mismo modo un largo trecho recto hasta que en su primer recodo, como una magnífica fuente que brotara de una oquedad abierta en  su costado izquierdo, aparecía el vestíbulo del cine Chamartín.
            Al poco una nueva fuente, ahora en su costado derecho, arrojaba el caudal del Cinema Murillo, y después aparecían como dos arroyos también por su flanco derecho los cines Savoy y Arizona, el primero procedente de la calle Marques de Viana y el segundo de la calle Naranjo.
         No a mucho trecho y en su margen izquierda afloraba, a la vez fuente y arroyo, pues se desarrollaba formando esquina con la calle de Francisco Medrano, el caudal del cine Tetuán, tomando para sí el patronímico de todo el barrio.
            Como fuente también y en la misma margen se unían los caudales del Carolina y el Lido. La primera estaba algo enturbiada a la sazón por la Sala de Fiestas que ocupaba su sótano, aunque algunos años más tarde se transformaría en fresco manantial de otra cultura diferente que sería denominada como la Movida madrileña.
            Un poco más adelante y por su margen derecha llegaba como poderoso afluente, después de haber recogido las aguas del Sorrento, que nacía al fondo de la calle de Jerónima Llorente, a través de la populosa calle de Francos Rodríguez el surgido en la fuente del Bellas Vistas, que tomaba su nombre de la barriada que se desarrollaba a ambos lados de la calle.
            No lejos y en su margen opuesta afloraba inmenso el imponente Cinema Europa.
            Un poco más abajo, y ahora por la margen derecha, surgían como en dos cascadas pequeñas y paralelas el Montija y el actual Condado, entonces Alvarado.
         El caudal del cine Cristal surgía de dentro de una profunda cueva situada en la margen izquierda y sus aguas culturales eran contaminadas por la presencia de unos magníficos billares, centro habitual de reuniones de hampones, peristas y trileros.
        Podría decirse que el mar en que desembocaba este río era el estuario de la Glorieta de los Cuatro Caminos, donde todavía se le incorporaban procedentes de la avenida de la Reina Victoria las del Cine Metropolitano.
           
             En realidad más que de cultura estamos hablando de entretenimiento, pero si te encuentras en el árido desierto del pensamiento, como era el caso, bien se les podía calificar de oasis de la cultura, o, para ser más precisos, de las culturas, pues cada película, como cada objeto artístico, es representativo de la sociedad que lo ha hecho posible. Tampoco podemos decir que se pudieran encontrar ejemplares de todas las culturas ya que, por ejemplo, el cine soviético no existía para las salas de proyección, ni en la misma proporción para unas y otras, siendo abusivo el número correspondiente a las producciones estadounidenses y propias con respecto a las diversas cinematografías europeas y latinoamericanas. Difusión cultural sesgada que se diría. En realidad una forma de qultura si volvemos a la desambiguación del comienzo. 


               

            El 93 era a la sazón una gran casa de vecindario, que fue, cuando se construyó el edificio, el más grande de su entorno. La acepción de vecindario debemos considerarla como peyorativa, pues no implicaba tan sólo una cohabitabilidad sino también un conocimiento y un trato. Es decir que todo el mundo sabía lo que pasaba en la casa de al lado por muy pocas ganas que tuviera de enterarse. Esto lo facilitaban el sistema de escaleras confluyentes en una central que era a la vez alma y pregonero del edificio, el patio de luces que ponía en relación las viviendas exteriores con las interiores y las galerías con excusado común.
        
         El por qué un filme se te queda como poso en la memoria es el producto de muchas circunstancias en muchos casos ajenas su la propia esencia intrínseca, unas veces se recuerdan las películas por sus propios valores artísticos, otras por los actores, otras por su tema, otras por las personas que te acompañaron en su visionado, otras por alguna circunstancia que sucedió durante su proyección, otras... llegaríamos a elaborar una lista interminable. Desgraciadamente para el cine, como arte y como industria,  y para las personas, que gustan de él como cultura o como espectáculo, cada vez son menos las películas que se visionan en su medio adecuado, es decir en una sala oscura y rodeado por otras personas, acompañantes y desconocidos, con lo que cada vez son menores las posibilidades que una película se te quede grabada en la memoria, antes bien se te van mezclando escenas, argumentos y hasta intérpretes con anuncios de bebidas refrescantes, automóviles más o menos contaminantes, y el anuncio de un próximo evento deportivo en canal privado o en vía abierta….
            Para poder realizar una película es necesario exponer un capital que debe tener una cierta procedencia de particulares o de las diversas administraciones local, autonómica o estatal, así pues quien expone su dinero tiene la intención de recobrarlo con creces bien en incremento de su capital crematístico o bien de prestigio.
            Luego están los metalenguajes, es decir, lenguajes que sólo tienen un significado para unos cuantos, lo que admite niveles de significado dentro de un mismo filme.
            Por otra parte tenemos las propagandas más o menos encubiertas de tal o cual marca de automóviles, bebidas, cigarrillos, sujetadores, etc.