viernes, 30 de marzo de 2012

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            DE FANTASÍA, EL CINE ARIZONA, DE OTROS CONVECINOS DEL 93 Y DE LAS FACTORÍAS ALEDAÑAS.

            El más pequeño de los cines del barrio era el Arizona, conocido en el argot como la "Caja de Cerillas". Y tal parecía pues ni siquiera tenía embocadura hacia el escenario. Un patio de butacas encerrado en un paralelepípedo. Tal vez por su reducido tamaño me chocó tanto ver una tarde en él al luchador Panito y a Pedro Luis, así como por la película que se proyectaba: "Fantasía", de Walt Disney.



            Panito era para los muchachos el héroe particular de nuestro barrio. Un fornido muchachote, luchador de grecorromana que había conseguido, o conseguiría por aquellos años, una medalla en unos campeonatos internacionales, Juegos del Mediterráneo, para más señas, a lo que se unía una exquisita pulcritud en el vestir y en el trato, era para la chiquillería un ejemplo a seguir.
            Pedro Luis era en cierto modo un antihéroe, trabajador donde los hubiera pero sin ningún tipo de preocupación por lo físico o ético. Fue el primer representante del guarrismo mucho antes de que este se impusiera como estética algunas décadas más tarde. Eran proverbiales los tremendos eructos con que anunciaba su presencia cuando doblaba la esquina de Bravo Murillo al regreso del trabajo.

           Pero Pedro Luis era imprescindible en las grandes cacerías de ratas que se montaban de cuando en cuando para limpiar los patios de tan desagradables inquilinos, allí mostraba una destreza y una valentía sin parangón. Había dos condicionantes que impedían una total erradicación de los desagradables roedores: una red horizontal de saneamiento mal diseñada y la presencia de la casa de empeño, que ocupaba toda una fachada de la planta baja y tenía sus almacenes hacia el patio interior, donde se debía de acumular toda la porquería inimaginable. Las "casas de empeño" son una especie de comercio, que por fortuna está casi erradicado hasta el punto que muchos jóvenes no sabrán de su existencia  y para ellos voy a explicar con brevedad en qué consistía su funcionamiento.
         Para poder entenderlo hay que situarse un poco en el espíritu económico de la época. Los trabajadores asalariados recibían su jornal por semanas, y solía ser tan exiguo que era raro que alguien pudiera ahorrar aún una pequeña cantidad por si surgía un imprevisto. Se vivía al día, que era usual decir. Y el imprevisto surgía más a menudo de lo que era deseado bien en forma de enfermedad, bien en forma de patrono que no pagaba su salario a tiempo, etc. Entonces si la familia tenía algún objeto de valor o alguna prenda lo llevaba a empeñar y le daban por él una cierta cantidad de dinero prestada a un cierto tipo de interés. Cuando la familia conseguía reunir el dinero con los incrementos del interés podía recuperar su pertenencia y si pasado un cierto tiempo acordado de antemano esto no pasaba el comercio pasaba a ser el dueño del objeto o prenda y podía hacer con él lo que quisiera, por ejemplo venderlo.
         El hombre que regentaba la casa de empeño estaba muy mal visto entre el vecindario y recibía con frecuencia el apelativo de usurero.

     Resultaría extraña la fraternal amistad entre dos personas de tan diferentes inclinaciones  si no les uniera el ser vecinos y el haber sido compañeros de colegio…

          Nuestro montero de ratas seguro que no sabía todo cuanto le dedicaba la literatura y el cine a este roedor, especie muy prolífica, que aunque no siempre la tengamos en muy buena consideración, es un animal tan doméstico y dispuesto a acompañar desde siempre al ser humano como el caballo, el perro, el gato o la mosca, y como ellos siempre por afinidad de intereses o por una simple simpatía, que en el caso de los insectos no siempre es fácil de entender aunque nuestra amiga reptil, la salamanquesa, no nos daría su monstruosa en las formas y grácil en los ademanes compañía sin tener en la casa invitados al mantel.

    Hay que distinguir entre la rata de ciudad, gran transmisora de enfermedades, como ya nos describiera Albert Camus en “La Peste”, en la que comparaba nada más y nada menos al animalito con el nacionalsocialismo de los nazis, y la rata de agua, que debe ser bastante limpia por el medio en el que habita y que se dedica más bien a eliminar las carroñas de los ríos y los lagos. A ésta le dedico una profunda novela Luis Martín Santos, titulada “Tiempo de Silencio”, que tiene como protagonista a un investigador de los temas cerebrales, gran admirador de Santiago Ramón y Cajal, que para sus investigaciones usa a las crías de estos mamíferos, y una hija de su proveedor de alimañas experimentales calienta entre sus pechos a los recién nacidos hasta que son aptos para llegar a la mesa de disección. Obra singular del neorrealismo en castellano esta obra ha sido comparada con el Ulises de Joyce, para nuestro común idioma, lo que no es moco de pavo, y supone un antes y un después. La versión en celuloide la llevaría años después a la pantalla Vicente Aranda en un precioso blanco y negro.

            Luis era, además de escritor, psiquiatra y algunos tratan de inducir que en su obra se describen elementos autobiográficos, también se establecen referencias que le atribuyen que durante algún tiempo de silencio fue Secretario General del Partido Socialista Obrero Español en la clandestinidad…
Que cada cual se haga el traje a su hechura, ya tendremos modistas que nos ayuden dentro de unos capítulos.

            Por seguir con el tema “Las Ratas”, tenemos la novela homónima de Miguel Delibes, está vez llevada al cine por el director Jiménez-Rico, y para acabar con el tema unas estadísticas que han detectado en las hamburguesas de algunos de ciertos establecimientos públicos muy populares hoy en día la presencia de proteínas procedentes de ciento dieciséis animales distintos…

            Pero para ratoncillos ya tenemos al preferido por muchas infancias desde hace incontables años, que aunque sea negro, el color es lo de menos, es bien lindo y divertido.
            Volviendo a la maravillosa película de Disney, espectáculo de música y color, fue una de las primeras ocasiones que tuve de escuchar música clásica.






            Disney fue pues la revelación: "La Pastoral" de Beethoven era una melopea báquica  en algunos momentos, como no podía ser de otro modo, nuestro conocido Mickey Mouse era un agradable aunque incompetente aprendiz de brujo en una disparatada noche en el “Monte Pelado”, loco sueño de Modesto Musorgkij, avestruces con faldas de puntilla bailaban "La Danza de las Horas", etcétera, etcétera... La gran música había descendido de su pedestal distante para convivir entre nosotros.

            Era todavía Tetuán un barrio en el que se fundían las residencias con las pequeñas industrias y los talleres artesanos por lo que una gran parte de los vecinos trabajaban en el mismo barrio. Tal era el caso de Pedro Luis que trabajaba en una empresa que se llamaba, (no sé si se seguirá llamando, pero desde luego la factoría desapareció del barrio) Cristamol, que se dedicaba a la cerrajería metálica de puertas y ventanas y al acristalamiento, y constituía un centro de trabajo ideal para los varones del barrio, aunque también trabajaban allí algunas mujeres, como Lolita, de quien luego hablaremos, aunque la mayoría de las muchachas trabajaban en una factoría de borra para colchones que se llamaba Quirós. Una de sus fachadas estaba emplazada en la calle de Francisco de Medrano, de agridulces recuerdos, como comprobará quien tenga a bien seguir la narración...

            El uso de este tipo de colchones, con muelles de acero y relleno de borra, estaba comenzando a popularizarse, pero lo usual era que se utilizaran de lana de oveja, y su mantenimiento, pues la lana con el tiempo y el peso del cuerpo de quien lo utilizara acababa por apelmazarse, producir bolas y resultar incómodo, daba lugar a la figura típica del colchonero por las calles del barrio. Su trabajo consistía en varear las guedejas de lana apelmazadas hasta conseguir que quedaran esponjosas para lo cual disponía en un ensanchamiento de la calle, o en un solar, si es que había alguno a mano, una burda manta sobre la que colocaba un pequeño montón de lana y se ponía a darle palos con una larga vara de mimbre. Por lo general las amas de casa habían lavado previamente la lana, pues al ser éste un material transpirable se impregnaba del sudor de sus usuarios y la higiene recomendaba que se hiciera así, y la primera operación del colchonero consistía en extender la lana sobre la manta para que se secara al sol. Una vez esponjada la lana la introducía en una funda de colchón, de tela fuerte, y remataba la faena cosiendo la funda con recio hilo de bramante.

            Por lo común no era de los oficios que eran necesarios pregonarse voceando por la calle porque de una actuación le solía salir faena para una o varias siguientes. Pero otros oficios artesanales si se pregonaban como el del afilador y el paragüero-lañador. El primero utilizaba una modesta flauta de pan de metal o plástico para lanzar unos acordes anunciadores al aire antes de desgranar su pregón y el segundo solía ser de raza nómada, que nosotros pensábamos gitana, porque nadie nos había enseñado a distinguir entre las diferentes familias nómadas, y lo más probable es que fuera quinquillero, que eran los que tenían mayor afición a fabricar, vender y reparar cacharros de latón y de metal en general.

            El vecindario del 93 no era racista, por falta de objeto ya que para que pueda existir un enfrentamiento entre razas alguna etnia debe tener el sentimiento de ser superior a otra. Más o menos rubios o morenos todos éramos blancos indoeuropeos, aunque muy mezclados, según nos enseñaban en las clases de historia. Comenzando por conjuntar la magia de los druidas celtas con el apego a la tierra de los pastores íberos, inyecciones de sangre asiática de los comerciantes fenicios y africana de la tunicia de Cartago, ciudades de la costa de Levante tuvieron alguna vez el esplendor de Atenas y Emérita Augusta no le tenía ninguna envidia a la misma Roma… Sangre centroeuropea llega a Toletum, y la capital universal de la ciencia y la cultura se sitúa durante siglos en Córdoba mientras califas y reyes cristianos se intercambian hermanas e hijas en señal de buena amistad y en cada gran ciudad había una judería… Con esta tradición a nadie le puede extrañar que haya más Garcías, más Fuentes y más Vargas en Latinoamérica que por aquí.

         Poco a poco el valor de los terrenos fue subiendo de precio y constituyó un magnífico negocio para los empresarios vender sus industrias y trasladarse a polígonos industriales del extrarradio, así que un día el cine Arizona, Quirós y Cristamol desaparecieron … y el carácter del barrio fue virando hacia el terciario: comercios y oficinas, más comercios y más oficinas... pero aquel año los del 93 todavía disfrutábamos de lo único que conocíamos, y de lo que íbamos descubriendo en las oscuras y sórdidas salas de nuestros cinematógrafos, que eran como una parte de nuestras vidas a través del sueño…

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