jueves, 26 de abril de 2012

28 y ÚLTIMO


DONDE SE PONE CULMINACIÓN A LA PRESENTE NOVOLA QUE COMO LA LUNA TARDA ESTE PERIODO EN DAR UNA VUELTA DESDE EL ROSA AL AMARILLO A CADA MES DE LOS VIAJEROS DEL DESTINO.

            No siempre es la calidad lo que marca el que una película permanezca imperecedera en nuestro recuerdo, sino el que haya sido capaz de tocarnos alguna fibra sensible en un momento dado. Si hubiera visto "Del Rosa al Amarillo", de Manuel Summers, unos años después es probable que ni siquiera hubiera soportado verla por completo. Pero cuando la vi en el cine Savoy aquella tarde de sábado se me hizo tan corta y liviana que de buena gana hubiera repetido el domingo si hubiera tenido ocasión de tener la misma compañía. He de decir en descarga de su director que tal vez fueran las circunstancias de la época las que le impedían hacer un cine mejor, pues cuando intentó rodar un buen documental, “Juguetes Rotos”, sobre personajes del mundo del espectáculo que tras tener un momento de gloria desaparecen de la vida pública, se llevó un buen batacazo de taquilla, que ya le llevó directamente al cine comercialoide.  De esta última película lo único que se sigue recordando y escuchando es su tema musical, Romance Anónimo, que en algunas versiones se conoce por el título de la peli.

            Me resultaba difícil salir con el grupo de los emparejados porque me sentía fuera de lugar, y así aunque nos veíamos casi a diario, a la hora del paseo de los sábados y domingos, o bien me quedaba en casa con la disculpa de que ahora tenía que estudiar más, lo que por cierto era cierto, o bien salía con algún otro desparejado.
         El caso es que aprovechando que había venido a visitar a Visi, la novieja de Manolo C, una prima suya aquel fin de semana, me invitaron a ir con ellos para completar parejas. Estos completamientos de parejas casi siempre son tan forzados que resultan mal, y han sido objeto atención por algunos directores en películas cómicas, entre otros por Woody Allen, en varias ocasiones como en "Sueños de Seductor", pero a veces funcionan, al menos durante un tiempo.

          La fría tarde otoñal invitaba a buscar el refugio de una sala cine, donde además no es necesario hablar mucho para romper el hielo. La muchacha en cuestión no era especialmente atractiva, se llamaba Isabel y sonreía mucho, con una risa bastante tonta, como forzada para aliviar la situación de un encuentro entre desconocidos, y mis sonrisas y frases sin sentido también debían de seguir caminos paralelos, pero aunque tenía mi misma edad como es sabido las niñas desarrollan mucho antes y ya se le notaban incipientes los atributos de su sexo, y sin querer queriendo mis ojos se iban entre frase y risa hacia sus pechos que por el momento se escondían bajo un abrigo de paño color canela, que aunque un poco raido, seguramente heredado de una hermana mayor, la sentaba muy bien. Ella notaba mis miradas y parecía que le gustaba que apreciara su femineidad. Era morena clara y sus ojos castaños sin ser muy grandes sí que eran brillantes, y sus pequeñas manos parecían lindas y suaves…

            La película, en blanco y negro, tiene dos partes bien diferenciadas con amores imposibles-posibles de adolescencia y de senectud. El título si se trataba de identificar colores con situaciones hubiera sido más propio "El Rosa y El Amarillo" porque los colores intermedios faltaban.
             El Rosa describía unos incipientes amores entre un niño de doce años (interpretado por Pedro Díaz de Corral) y una niña de trece (interpretada por Cristina Galbó). La situación tenía pues una cierta relación con la nuestra, pero estos niños pertenecían a la burguesía media, y para el autor debían de ser cursis, bastante cursis, lo cual diferenciaba mucho a los espectadores de lo visionado. Pues Isabel no nada de tenía de cursi.
            El Amarillo era un amor de senectud entre dos viudos que estaban en una residencia de ancianos y ya no esperaban gran cosa de la vida, pero no me enteré demasiado del desarrollo de esta historia por lo que cuento más adelante.

            Como era una sesión continua y el cine no estaba muy lleno pudimos ocupar la parte central de una de las últimas filas del anfiteatro. Al poco de comenzar la proyección Manolo C. me dio un codazo y me susurró al oído:
            - Según su prima es muy cariñosa… y si seguís tan envarados nos vais a fastidiar la tarde a todos porque nuestras chicas se van a cortar…

            Algo había que hacer, y me puse a acariciar la mano de Isabel que tenía sobre el reposabrazos de la butaca, a lo que ella respondió acariciando la mía y mirándome con ternura, lo que me hizo sentirme más audaz y atreverme a colocar mi brazo sobre su hombro opuesto atrayéndola hacia mí, con lo que nuestros rostros se situaron bastante próximos y podía sentir el aliento de su boca tan cercano que cuando nuestros labios se juntaron no me sentí sorprendido sino como el viajero que llega al puerto esperado…
            Ella se cubrió con su abrigo y yo la imité con mi gabardina, y quedamos en una penumbra íntima dentro de la penumbra de la sala. El resto de la proyección transcurrió entre caricias de lenguas y manos, y… ella debía tener experiencia en las cosas que nos gustan a los chicos porque me bajó la cremallera de la bragueta del pantalón con mucha soltura y se puso a manipular mis partes haciéndome conocer placeres no imaginados y ayudándome a que mi párvula mano se los procurara a ella jugueteando en su entrepierna. Sin duda no era su bautizo en este tipo de prácticas porque supo hacer el hueco preciso entre las braguitas para que uno de mis dedos entrara en donde nunca había estado y sintiera un calor desconocido. Los besos se fueron haciendo más acuciantes y en un momento dado, tras un gemido, soltó mi boca y se acurrucó junto a mí, mientras sentía que me derramaba en su mano..
            - Me has hecho muy feliz -susurró a mi oído y me ofreció un pañuelo con una mano mientras se llevaba la mojada a la boca y se la relamía.
            Unas sonrisitas cómplices de Visi, Amparo y los Manolos me hicieron apercibirme de que habían estado al tanto de nuestra actividad y se me bajo la erección de una forma instantánea. Supongo que me puse colorado como un tomate pero la escena en pantalla era bastante oscura para distinguir colores…
            - Gracias, mejor salgo al lavabo…

          Entre que se me tilde de vulgar o de romántico me quedo con la última opción, así que nos despedimos con un largo beso debajo de una farola de gas junto al portal de la casa donde vivía Visi, prometiéndonos amor eterno y quedando para volver al cine el día siguiente… Y partí hacia el 93 como si caminara por la acera a un palmo del suelo.

       Debieron ser mis precoces lecturas del Dante, todos sus escritos dedicados a la idealizada Beatrice, que me hicieron concebir que para poder escribir había que tener una musa no como idea de la inspiración sino con dimensiones tangibles, rostro y olor corporal.

         Así se fue generando esa esquizofrenia del alma entre el amor material y el espiritual. Eugenia e Isabel. Amor Divino, Amor Humano, que ya había pintado Tiziano algunos siglos antes.

     Pasé la noche casi sin dormir elucubrando sobre sensaciones, potencialidades y racionamientos, creo que hasta se me volvió a aparecer en algún ensueño el extraño niño de raras vestimentas y me puso una pluma en la mano. La sensualidad parece ser un buen oxigenador del cerebro.

            Había quedado con mi compañero Arturo a la mañana siguiente, para dar una vuelta por el Rastrillo de Tetuán y comprar en los tenduchos especializados algún texto que necesitábamos como complemento para las clases de Lengua.

            - Te veo mala cara, Ramón María.
           - Tuve una tarde espléndida… y una noche bastante complicada con el recuerdo de la tarde…
            - En casa no la tuvimos mucho mejor, a mi hermana le dio por bajarle la regla por primera vez y se asustó mucho.
            - Tengo entendido que está relacionado con las fases de la luna.
           - Anoche fue luna llena… Mira que pluma más linda, ¿me permites que te la regale por Navidades?

                                   FIN & THE END

miércoles, 25 de abril de 2012

27


            SOBRE UNA TARDE MUY LARGA LLENA DE REVELACIONES, EN LA QUE HUBO DE CASI TODO, Y DE LO FRÁGIL QUE ES EL DEVENIR HUMANO.

            A veces nos acompañaba en nuestros paseos hasta el Cerro de los Locos, a Quique y a mí, Susete. Suso pertenecía a la generación de Chano, el hermano menor de Pedro Luis, pero su naturaleza enfermiza no le permitía seguirle en sus aficiones deportivas violentas, pues Chano lo mismo se dedicaba una temporada a boxear que otra a la lucha grecorromana siguiendo el ejemplo de Panito, y así unas veces andaba con los de la generación de Quique y otras con los de Pedro Luis, y siempre estaba dispuesto a acompañar a cualquiera al cine. Tampoco acababa de encontrar un acomodo en la vida, unas veces estudiaba y otras hacia algún trabajo temporal, pero era fácil encontrarse con él en los billares mirando como jugaban otros o bien sentado en la galería leyendo una novela del oeste o policiaca. Pues vivía en la misma galería que Lolita y Paco.
            A pesar de haberle visto muchas veces en la galería nunca había intimado con él hasta que mi amistad con Quique y nuestra afición de pasear hasta la Dehesa nos relacionó. De esta manera fuimos alguna vez juntos al cine, en una ocasión a ver "El Hombre del Brazo de Oro" en el cine Murillo. Recuerdo aquella tarde de forma nítida porque me impresionó la película, por lo que pasó en el tranvía, por el lugar a donde me llevó después Suso y por ser la última vez que le vi con vida.
             Algunas familias están marcadas por el signo de la tragedia. Así en cada generación alguno de sus miembros moría con mayor o menor gloria de una muerte anticipada. A una tía de Suso le dieron el paseo los fascistas poco después de acabar la guerra civil, fue una de las denominadas “Trece Rosas”, acontecimiento sobre el que se ha realizado una película, y él murió en la flor de la edad, antes de cumplir  los veinte años. Pero vayamos con orden.
            Lo de tomar el tranvía fue porque mientras subíamos hacia Bravo Murillo nos encontramos con Panito, que iba a buscar a su novia, que vivía por encima de la Plaza de Castilla, en unas casas construidas para los tranviarios, que era la ocupación del padre de ella, en la prolongación del Paseo de la Castellana, y como proveía de bonos a su futuro yerno nos invitó a que le acompañáramos un tramo del trayecto, ya que el cine se encontraba como a la mitad del camino.
            Era una tarde de sábado, día de cobro en un tiempo que solían recibir el parco salario los trabajadores por semana, y momento en que los “carteristas” aprovechaban a hacer su “agosto”, porque tras de recibir la paga quien más y quien menos se tomaba unas copas con los compañeros para alegrarse la vida, que en lo cotidiano era bastante gris, y más de uno regresaba a su casa un poco achispado y distraído en la escusa que le iba a poner a la parienta por su tardanza en el regreso.
            El vehículo no iba de bote en bote pero si lo bastante lleno para que no pudiéramos tomar asiento y para que la promiscuidad entre los pasajeros fuera bastante estrecha. La habilidad de “el carterista” consistía desde los mismísimos tiempos de Oliver Twist en que sustraía la cartera del primo de turno y se la pasaba con presteza a su cómplice, que solía ser del género femenino, y bien dotada, y se la colocaba entre los senos por si acaso la acción no se lograba con el disimulo apetecido y se llevaba a cabo un registro que se cortaran un poco en la investigación.
            Mientras hablábamos de cuestiones intrascendentes de pronto la atención de Panito se desvió del grupo de amigos y… mientras con una mano sujetaba férreamente la muñeca de un malencarado  pasajero con la otra alzaba en el aire una cartera de bolsillo mientras gritaba:
            - ¡¿A alguien se le ha caído esto?!
            - ¡Suelte a mi marío, malasangre! -exclamó una mujer.
        Un hombrecillo que estaba a nuestro lado miraba el cuero que revoloteaba en la mano de Panito mientras se palpaba el bolsillo trasero del pantalón; el conductor, ante el barullo frenaba bruscamente el tranvía para enterarse de lo que pasaba; todos nos fuimos un poquito hacia delante y un poquito para atrás, como si fuéramos una colección de grotescos Don Bartolillos; un inspector que andaba  revisando billetes intentó abrirse paso hasta nuestros grupo dando gritos y empujones; alguien tiró de la palanca de alarma; las puertas del vehículo se abrieron; una pareja salió espetá hacia la calzada…
         Todo fue muy rápido… Cuando al día siguiente comentamos la aventura con los colegas del barrio la reputación de nuestro héroe particular ascendió desde las nubes a la estratosfera.


      La película, realizada por el austriaco afincado en Norteamérica Otto Preminger en 1955, me desveló la existencia de un mundo del que nunca había tenido noticias: la droga. Frank Sinatra actúa de morfinómano, aunque tampoco le hace ascos a la heroína, además de cómo un magnífico baterista de jazz, y parece cosa de brujería que se les escapara a la censura, aunque tal vez la versión que visionamos en aquella ocasión estaba tan llena de cortes que podía haber pasado como un musical. Basada en una novela homónima de Nelson Algren parece como un compendio o enciclopedia de los diversos vicios a los que está expuesta la condición humana. El personaje interpretado por Sinatra está casado con el que interpreta Eleanor Parker, que se finge inválida para tenerle controlado. Aparece una exnovia del frustrado baterista, Kim Novak, reina del erotismo de glamur en aquellos años, que le alienta para que siga sus inclinaciones musicales, para conseguir dinero con que formar su gran banda de jazz. “El hombre del brazo de oro” se ve involucrado en una serie de partidas amañadas de cartas que dirige el marido de la Novak, hay algún asesinato, recaídas en el consumo de drogas… y después de diversas vicisitudes cuando consiguen quedarse solos y limpios los protagonistas el censor corta con un fundido en negro el beso con que van a sellar una nueva vida…
   
           Kim Novak le debía de haber puesto caliente a Suso, porque hablando de vicios nos reveló que el suyo eran las mujeres y que sabía donde conseguir desfogarse por poco dinero.
            - Sería mejor que no me acompañaseis porque el espectáculo no será muy edificante para vosotros.
            A mi me picaba la curiosidad, no una curiosidad malsana de ver el acto en si, sino una curiosidad de conocimiento de algo desconocido en aquella tarde tan llena de develaciones.
            Se estaban construyendo por entonces unos grandes edificios junto al paseo de la Castellana, cuya fachada daría a una calle, todavía inexistente, que se llamaría del Pintor Juan Gris, y entre montañas de escombros y arena de miga y la atenta supervisión de sus chulos respectivos algunas mujeres ejercían la profesión más antigua en unas condiciones higiénicas lamentables…

           Suso murió en el hospital, no quedó claro a causa de que enfermedad, y desde él fue trasladado al cementerio, por lo que el suyo no fue un entierro del 93. Los entierros en el edificio eran todo un acontecimiento, comenzando por el velatorio del cadáver, pues todos los miembros de la comunidad se sentían partícipes y se sentían con la responsabilidad de acompañar a la familia del fallecido en tan grave trance. Como también venían familiares, allegados y conocidos, y dado el tamaño de los apartamentos del 93 los duelos se prolongaban por las escaleras y galerías y hasta los apartamentos colindantes se abrían como prolongación del velorio. Morir es un evento como el nacer, y lo otro lleva a lo uno, y por lo tanto digno de tener las mismas celebraciones.

martes, 24 de abril de 2012

26


            DE LOS PATIOS DE VECINDAD, EL GIRASOL, LA GUITARRA ESPAÑOLA Y EL HOMBRE TRANQUILO.

            El padre de Pepe era “el pipero” del barrio y su casa estaba ubicada junto a la lechería. El pipero tenía un pequeño puesto ambulante, apenas unas patas abatibles y un cesto, provisto de diversas golosinas, bolsas de pipas de girasol y algún paquete de tabaco, que vendía cigarrillo a cigarrillo, pues su clientela no solía tener suficiente peculio para comprar un paquete entero. En las funciones mercantiles a veces le auxiliaba o sustituía su esposa, una señora un poco gruesa siempre vestida de negro, y junto al puestecillo siempre había dos sillas de enea que unas veces ocupaban los titulares y en otras algún vecino o vecina con ganas de pasar el rato platicando y entretenerles y entretenerse a la vez.
           
             Las pipas de girasol constituyen un maravilloso ocio alimenticio que devuelve por momentos a los humanos a su condición anterior de arborícolas consumidores de semillas, antes de que a nuestro ancestro bosquimano le diera por ponerse a caminar con toda su familia y sus parcas pertenencias, entre las que no olvidaría el fuego, regalo del Titán Prometeo, acto tan gratuito como encomiable por el que todavía anda arrastrando cadenas y parece que aún le queda un buen rato porque parece ser que es un castigo eterno otorgado por los envidiosos dioses griegos que no pueden aguantar como unos seres enquencles, vanidosos y llenos de defectos les traten de tú a tú y tengan la capacidad de ser mortales, siempre se envidia lo que no se puede tener…

            El padre de Pepe tenía una pata de palo, y una muleta, también de madera, y se le apodaba en el barrio como "El Cojo". Debían de vivir de una pensión de invalidez y lo del puesto de pipas era por tener un complemento y para entretener el tiempo. La pensión se la había concedido el Régimen después de un largo proceso de papeleos, y la pierna se la habían quitado en un momento, y seguro que con mucho dolor, los que estaban por la labor de instaurarlo durante uno de los bombardeos sobre Madrid, probablemente de “pavas” alemanas que hacían prácticas para lo que luego se llamaría “la guerra total”, es decir, matar a civiles inocentes para mermar la moral de los militares.

            Pepe había sido compañero en el colegio de Manolo A., pero lo había dejado el año anterior para comenzar a trabajar como aprendiz en la empresa de cristalería donde trabajaba Pedro Luis porque aunque corto siempre sería un otro que añadir a otro, y trabó una mayor relación con él y con su hermano Chano, que como ya dijimos era aficionado al boxeo, al que también lo era Pepe. Con lo comenzó a frecuentar el 93.

            Pepe no tenía cuerpo de atleta y vestido en pantalón corto lo único que tenía de púgil era la nariz torcida, pero esa ya la tenía así desde la niñez o tal vez desde que nació porque siempre se la conocimos así. Una buena cualidad para la lucha era el poseer una buena dosis de "mala leche", en parte heredada de su padre, que tenía fama de ello, aunque se decía que era a causa de ser cojo, y otra parte procedente de su medio ambiente.

           Lo mismo que el comenzó a frecuentar nuestra casa también nosotros empezamos a ir a la suya y allí hicimos varios descubrimientos…
          Ésta era más bien una chabola de planta baja, aunque de fábrica de ladrillo, que con otras de similar índole formaba un patio común al que también se abría el gabinete del retrete por fosa séptica, pues no estaban conectados con la red general de saneamiento que discurría bajo la calle frontera. Tampoco disponían las chabolas de agua corriente, teniendo la gente que recoger el agua de una fuente común con pila que también estaba en el patio, que era de tierra apisonada con algunas baldosas de cemento en las puertas de las diferentes viviendas y unos reguerillos de teja dispuesta boca abajo que confluían en un sumidero común conectado mediante tubería enterrada con la fosa séptica.
         El primer descubrimiento fue que a su padre le encantaban los animales y que tenía un precioso can de pelaje canela hijo de mil razas que seguramente recogió del arroyo, que como él tenía un problema en una de sus patas traseras, y que campaba a su libre albedrió por el patio común y que lamía con cariño al primero que le hiciera una caricia.
                            
           Otro fue la guitarra… Una preciosa guitarra española de seis cuerdas.
          La guitarra es un instrumento musical invento de los árabes, que tiene una caja de resonancia de madera, un mástil y unas cuerdas tensadas a las que se hace vibrar… y si las tañen con tiento suenan a maravilla. En principio tenía cuatro cuerdas y se llamaba vihuela, y así la escucharía Garcilaso de la Vega mientras le componía liras a la Hermosa Flor de Gnido, anticipando con su estrofa que el instrumento necesitaba una cuerda más:
            “Si de mi baxha lira
            Tanto pudiere el son, que en un momento
            Aplacase la ira del
            Animoso viento,
            Y la furia del mar y el movimiento…”

           Pero tuvo que pasar un siglo hasta que un malagueño llamado Vicente Espinel se le ocurrió añadirle otra, llamada prima, afinada en la nota Mi, logrando todo un dispendio de sonidos. El susodicho era más bien un poeta, se cuenta que maestro de Lope de Vega, lo que ya es mucho, sin duda, y puestos a inventar también lo hizo de una nueva estrofa poética castellana que se denomina décima o espinela, en su honor.

            “Admirose un portugués
            De ver que en su tierna infancia
            Todos los niños de Francia
            Supieran hablar francés.
            Arte diabólico es,
            Dijo torciendo el mostacho
            ¡Que para hablar el gabacho
            Un fidalgo en Portugal
            Llega a viejo y lo habla mal
            Y aquí lo parla un muchacho!”

            Para darle la universalidad que el instrumento merecía se le ocurrió a alguien llamado Jacob Otto, pasados otros cien años, que seguro que no era sevillano, por el nombre, digo, añadirle una sexta cuerda, denominada bordón, y también afinada en Mi.
“¡Voila, la maravilla!”

            No se sabe muy bien cómo llegó a las manos de Pepe aquella linda guitarra, si por ahorros del padre o por regalo de algún posible padrino, figura que estaba muy al día, el caso es que mi amigo tocaba con bastante soltura algunos temas populares y nos hacía participar de sus conocimientos a los colegas dejando que la tuviéramos en nuestro regazo por algún rato.

“Guitarra del mesón de los caminos
No fuiste nunca ni serás poeta…”
Que cantara don Antonio Machado
 
            No es de extrañar que cuando supo que se proyectaba "Un Hombre Tranquilo", de John Ford, en el cine Sorrento, protagonizada por su actor favorito, de John Ford  y de Pepe, John Wayne, nos invitara a acompañarle, aunque cada cual debía de pagarse su respectiva entrada… Amigos pero no revueltos, no estaban las economías para esos dispendios.

            Tal vez recordemos más a los dos Johnes por sus películas del oeste, donde llegaron a formar un tándem tan magnífico como repetido hasta la saciedad, desde aquella "Diligencia" que se puso en marcha en 1939 hasta que nos informaron de quien fue "El Hombre que mató a Liberty Valance" ya a punto de jubilarse en el 63. Pero ninguno de los dos fueron cineastas que se encasquillaran en un único género, sino que por el contrario llegaron a tocarlos todos, o casi todos.

          Ésta, rodada en color, que visionamos aquella tarde de un domingo primaveral protagonizada por Wayne y teniendo como partener a la bellísima Maureen O'Hara iba más bien de un canto al pacifismo aunque acabara como el mismísimo Rosario de la Aurora. Está ambientada en Irlanda, y cuando te metes en un patatal lo más probable es que el barro te salpique por todos lados, es decir, que mucho amor que le pongan los protagonistas un matrimonio entre un gringo protestante y una católica irlandesa siempre será problemático. Demuestra que a veces el aserto de que “para que dos no riñan basta con que uno no quiera” tiene ciertos puntos de fragilidad y no siempre se cumple, y que a Ford la misoginia le surge tan natural como en la poetisa Safo el lesbianismo.

            Para Ford el tema irlandés es recurrente a lo largo de su larga carrera, no en vano la primera película que le dio un Oscar, El Delator, en 1935, tiene su acción situada allí, aunque esté íntegramente rodada en estudio californiano. Un precioso blanco y negro, lleno de brumas en el exterior y de luminosidad en los espacios cerrados, recrea un idealizado Dublín que es más de la sangre que corre por sus venas que de cualquier posible realidad. En ella aparece también por vez primera uno de sus personajes favoritos: La prostituta buena, que sólo encuentra en esta profesión una forma circunstancial de ganarse la vida en espera de encontrar al ángel bueno que la saque de la calle y al que pueda dedicar por entero su existencia y su amor. En el caso de La Diligencia, aunque no ya sin alas… ni tan siquiera caballo, aparece en la forma del mítico vaquero John, pero en el caso de un delator, un boqueras, para entendernos, que siempre será uno de los más odiosos roles que puede desempeñar un ser humano, la cosa está mucho más chunga, y aunque éste muera dentro de una iglesia y pidiéndole perdón a la madre del delatado no queda muy claro el destino final de la muchacha, ya que utilizada en cuerpo por babosos medio hombres, ¿por qué no también usada como despojo por unos guionistas y un director misóginos?

lunes, 23 de abril de 2012

25


            SOBRE UNA BALLENA MUY PARTICULAR, DON PEDRO DE ALVARADO Y DE COMO LA MALDAD SE PUEDE ENCONTRAR POR CUALQUIER LADO.

            La presencia del mal considerado como un ente concreto se personificaba en la gran ballena blanca que todo lo destruía: Moby Dick, basada en la gran novela de Herman Merville. La pudimos contemplar aquel otoño en la pantalla del cine Alvarado.

            Que recibía tan nombre por estar situado cerca de la calle de Alvarado, que también se la proporcionaba al barrio y a la estación de metropolitano cercana. Don Pedro de Alvarado fue uno de los conquistadores que acompañaron a Hernán Cortés en las jornadas de Méxhico, y de los que peor imagen han dejado entre propios y extraños. El hecho de que la calle se denomine tan sólo por el apellido ya dice algo…

            Se le considera como responsable de la llamada Noche Triste en que los aztecas se levantaron contra los españoles, con los que se iban llevando ten con ten, a causa de que ordenó una matanza indiscriminada de nativos en el Templo Mayor cuando le había dejado el mando Cortés.


            Y de forma directa, sin tener que recurrir a la Historia o al simbolismo de una ballena asesina, fuimos aprendiendo que el mal estaba y está por todas partes. El mal en forma de prepotencia casi nos impide asistir a la proyección.

            Los domingos por la tarde para lo que se denominaba sesión de las siete, que no tenía por qué coincidir puntualmente con la hora  establecida, sino que eran unas siete fluctuantes según la duración de la programación desde la seis hasta las ocho, se formaban grandes colas frente a las taquillas, en particular si la tarde estaba lluviosa, pues a los que habían tenido intención de ir al cine se unían los que teniendo en principio intención de pasear se lo repensaban y preferían disfrutar del calor de las salas a sufrir las inclemencias del tiempo.

            Aunque teníamos intención de ir a ver aquella tarde la película de Huston normalmente nos poníamos en las colas poco antes de que abrieran las taquillas ya que no teníamos especial interés en conseguir una buena localidad, cualquier sitio era bueno para nosotros, pero en aquella ocasión la lluvia nos dispuso en la fila pronto y estábamos de los primeros para conseguir las entradas. Además de Rivas y Paco nos acompañaba en aquella ocasión mi nuevo amigo de la academia Arturo.
            La fila estaba más o menos organizada en una línea recta hasta que se abrieron las taquillas, entonces, entre que se empezó a comprimir hacia la entrada y que se le fueron integrando los compañeros de los que guardaban el puesto, se fue transformando en una especie de batiburrillo informe y ondulante. Y, a rio revuelto ganancia de pescadores, que se dice, apareció aquel Policía Nacional uniformado que llevaba colgado del brazo a una mujer pelirroja de unos cuarenta y pico años, muy bien peinada y cubierta con un abrigo de paño negro, y con la disculpa de restablecer el orden en la fila se coló delante de nosotros, y lo hizo con tanta soltura que se notaba que era costumbre, lo que nos indignó, porque al fin y al cabo que se compraran dos localidades antes de conseguir las nuestras nos era indiferente, lo que encorajinaba era la desfachatez con que el supuesto agente del orden empleaba su uniforme para librarse de guardar cola.

            Y todos, excepto Arturo, siempre tan prudente, protestamos al unísono, y recibimos como respuesta por parte de aquel energúmeno la amenaza, mano alzada y en disposición de darnos una bofetada, acompañada de algunos comentarios sobre lo irrespetuosa que era la juventud. Paco no era de los que se quedaban callados y seguro que de no intervenir Arturo y darle la razón al energúmeno se hubiera pasado la tarde con un moflete caliente.
            En cierto sentido el ser un año mayor que nosotros le hacía considerarse un poco protector y permitió que se interpusieran entre el amenazante y los amenazados algunos usuarios ajenos al tema, por lo que casi nos quedamos sin localidades, de hecho nos tocó la última fila, la llamada “fila de los mancos”, porque en las sesiones románticas las manos de sus usuarios parecían desaparecer.

            A los pocos minutos de proyección ya estaba olvidado el incidente y viajábamos a bordo del Pequod en busca de ballenas, aunque se presentía que Gregory Peck - Capitán Acab con su cicatriz blanca, que le cruzaba la cara, más bien iba detrás de una venganza que iba a ser fatal para la mayoría de los navegantes según predijera un harapiento lunático en una de las primeras escenas: “…y sólo uno se salvará a bordo de un ataúd”.

            Por aquellas fechas, exactamente el 22 de noviembre, fue asesinado en Dallas el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, J. F. Kennedy, víctima de un complot que todavía no ha podido ser atribuido a nadie aunque se acusara como autor del magnicidio a un personajillo llamado Oswald que a su vez fue asesinado a los pocos días. Para diferentes hipótesis alternativas tenemos la película JFK.