DE LA QUIMERA DEL ORO, EL CINE CHAMARTÍN Y LA PRESENTACIÓN DE ALGUNOS PERSONAJES DE LA TRAMA DE LA PELI NEORREALISTA-SURREALISTA DE FONDO.
Aunque la época de mayor hambre alimenticia había pasado ya, en el sesenta y tres se pasaba todavía alguna escasez, así no es de extrañar que la primera película que se le venga a uno a la memoria cuando mira con los ojos del pensamiento hacia aquella época sea "La Quimera del Oro", de Charles Chaplin, film mudo realizado en 1925, que supone la quintaesencia magnificada de como se puede expresar con imágenes y con simpatía hasta que punto puede trastornar la mente de una persona una sensación tan física como son las ganas de comer.
He de aclarar para quien no haya vivido en aquellos años y le extrañe que se proyectaran en los cines películas tan rancias en el tiempo que la programación cinematográfica era muy diferente a la actual, y esto por varias razones. Lo usual en los cines de barrio era la programación doble continua, es decir que se proyectaban dos películas de forma consecutiva desde que se abría el cine, pongamos a las 4 de la tarde, hasta que se cerraba, hacia la media noche, o aún bastante más tarde, (hay que recordar que estamos en las Españas, y que aquí se trasnocha), según la duración de las películas y la secuencia del programa. Ésta solía desarrollarse del siguiente modo: Para empezar unos breves mensajes publicitarios aún con las luces de la sala encendidas, y cuando éstas se apagaban un informativo en forma de serie de reportajes cortos, que se llamaba NO-DO, del que ya tendremos ocasión de hablar, una película secundaria, bien por la calidad que se le atribuía o bien por que ya había sido proyectada en otras ocasiones, un descanso para que los espectadores pudieran estirar las piernas, ir a hacer sus necesidades, visitar el bar, fumar un cigarrillo en el vestíbulo, etc., y el film que se consideraba principal o de estreno en la sala, lo cual es fácil comprender que no tenía nada que ver con su calidad. Nuevo descanso para que se vaciara la sala y se renovara con otros espectadores, y se repetía la secuencia.
"La Quimera del Oro" por su corta duración, en la versión reeditada por su propio autor, en 1942, con narración y música, era un magnífico comodín para que el programa no se alargara en exceso cuando el film principal tenía una duración considerable, motivo por el cual tuvimos muchas ocasiones de poderla disfrutar.
Recuerdo que una ellas fue en el cine Chamartín, sobre el que ya hablaremos, y que entre otros compañeros estaba mi amigo Rivas.
Rivas había sido mi compañero de juegos desde siempre. Su nombre de pila era Sebastián, pero yo nunca lo utilizaba para referirme a él, vivía en el apartamento que ocupaba la parte central de la galería correspondiente al primer piso. Durante gran parte de nuestra niñez su familia había estado formada por sus padres y otros cuatro hermanos. Rivas hacía el tercero por edad, las mayores eran dos chicas, luego estaba su hermano Quique, y la menor era otra chica: Susana. La mayor se había casado haría un par de años lo que les había proporcionado alguna holgura tanto en la habitabilidad del apartamento, pues se había ido a vivir con su marido, como en el bolsillo, pues su esposo tenía algún dinero y era persona desprendida.
El padre, Enrique, trabajaba de albañil y la madre, Carmen, ya tenía bastante con ocuparse de la prole, y a pesar de sus muchas tareas siempre sabía sacar tiempo para leer, pues era de las pocas personas del vecindario aficionada a la lectura. Y leía cuanto caía en sus manos, en general novelas y biografías que le prestaban otras vecinas, como la madre de Terele, de quien ya hablaremos más tarde, porque desde luego no estaba su economía como para poder formar una amplia biblioteca. Parece ser que la afición le venía heredada de su abuela, que había sido maestra rural en un pueblecito perdido de Toledo, como la costumbre de tomar café. Aunque las comidas fueran humildes en su casa no podía faltar el café a cualquier hora.
Como en su casa vivían amontonados unas veces venía a jugar a la mía y las más jugábamos por las escaleras o las galerías. Rivas era muy inteligente, pero, como además era buenapersona, no solía emplearla para sacar ventaja sobre los demás. Tenía los ojos vivarachos que daban a su mirada una expresión de malicia relampagueante, que era más producto físico a causa de la intensa negrura de sus iris que mental. Así sucedía también con la célebre intensidad de la mirada de Pablo Ruiz Picasso consecuencia de sus oscuros ojos meridionales. Aunque también hay que reconocer que hay ojos oscuros que la sensación que producen es de tener una profunda tristeza sus propietarios.
-Ramón María, no te separes tanto que lo mismo te pierdes – me advertía la señora Carmen.
Por lo general todo el mundo me llamaba Ramón, a secas, excepto alguna tía y la madre de Rivas, ella, como lectora empedernida, en un homenaje implícito a Valle-Inclán, del que yo todavía no sabía nada, y al que para nada debo mi nombre de pila, aunque debo reconocer que sí algunos momentos muy intensos gracias a su teatro. El nombre junto con un reloj de plata que no funciona y una magnífica alopecia lo heredé de mi abuelo materno.
-Ya voy señá Carmen – y dejando de mirar aquel escaparate de la juguetería que tanto me emocionaba volví a acompasar mi andar con el de Rivas y su madre. Aquella tarde no nos acompañaba Pedro, nuestro otro inseparable, no recuerdo por que razón, tal vez estuviera enfermo, las anginas y constipados eran de lo más frecuente en aquellos pisos tan solo calentados por el fogón de carbón de la cocina, o le hubieran castigado a quedarse en casa por alguna travesura cometida.
Pedro Francisco vivía con sus padres y una hermana menor en uno de los
apartamentos de la galería del segundo piso del edificio. Era más bien
rechoncho, medio rubiejo, de ojos grises y de carácter abierto, lo que le
empujaba a veces a gastar bromas, y como ya se comprobará algunas no eran del
todo comprendidas ni reídas por parte de aquellos a quien iban dirigidas, razón
que en ocasiones sus chanzas nos llevaran a los amigos a pasar alguna situación
un tanto enojosa, pero también comprobaremos que era una personilla abnegada y
capaz de arriesgar la vida por sus colegas. En el colegio le llamaban Pedro y
su familia Paquito, así que según lugar y tiempo se le conocía por uno u otro
nombre… menos mal que a nadie se le ocurrió denominarme por mi segundo.
- ¿Nos vas a comprar pipas?, mamá – preguntaba Rivas.
-Mientras hacemos cola ya os doy para que las merquéis – contestaba ella. Y es que tener que hacer cola para conseguir las entradas constituía uno de los ritos imprescindibles para obtener un buen asiento, ya que las entradas no estaban numeradas y el acceso se conseguía por riguroso orden de adquisición, comenzándose a vender unos diez minutos antes del inicio de la sesión.
En cuanto al cine, el nombre le venía de tiempos lejanos, de cuando a José, el Primero de las Españas, hermano de Napoleón Bonaparte le dio, aparte de hacer grandes obras urbanísticas en la capital, como sustituir conventos llenos de mugre por plazas llenas de higiene, como la transmutación del convento de Santa Ana en la plaza del mismo nombre, en la que hoy se pueden admirar las estatuas de Calderón de la Barca y de Federico García Lorca, amén de la fachada del Teatro Español… decía que el mencionado rey se puso a repartir terrenos entre sus allegados y unos terrenos baldíos le correspondieron a un tal Martín y con el tiempo se formó un conglomerado de casas Champ Martín de la Rosa, que llegó a ser pueblo, lo mismo que otros terrenos más cercanos al centro de la ciudad fueron adjudicados a un tal Berry, y ahora son denominados, Chamberí, uno de los barrios más castizos de la ciudad y en el que está ubicada la casa-museo del pintor Sorolla, un valenciano que decidió afincarse en el centro de la península y uno de los mejores pintores impresionistas que nos dio el arte, con todo el respeto para Manet, Monet y todos los demás adláteres foráneos y vernáculos.
El cine que llevaba tan histórico nombre era uno de los más viejos y menos cuidados del barrio, y a él llegaban las películas después de haber recorrido un largo camino desde que se estrenaron, pues había establecido entre las salas de proyección todo un escalafón. A la cabeza estaban las Salas de Estreno, en general situadas en la Gran Vía, a la sazón Avenida de José Antonio (en homenaje al hijo del general Miguel Primo de Rivera, dictador durante los años veinte, que además de fundar la organización fascista llamada Falange fue un chulo redomado), o en la calle Fuencarral. En ellas podía permanecer un filme desde una semana hasta varios meses, según el éxito de público que tuviera. De ahí pasaban a salas de Reestreno, por lo general había una o dos por barrio de la capital, después a salas de actualidad, y así sucesivamente en un proceso que en algunos casos tardaba años y lustros en terminar.
Estructuralmente los cines del barrio podían ser de una sola planta que se denominaba Patio de butacas, sobre la que podían tener una planta retranqueada o Entresuelo, y hasta una segunda planta o Anfiteatro, cuya parte más alta se denominaba Paraíso. Algunos eran antiguos teatros reconvertidos y conservaban en sus pisos altos los palcos, bastante fuera de lugar en un cinematógrafo en el que la visión óptima es la más centrada.
Los filmes podían estar rodados en blanco y negro o en color, como los sueños, que algunas personas los tienen monocromos y otras policromados. Dentro del genérico blanco y negro está también el sepia con sus diferentes matices. Durante una larga etapa no hubo películas en color, y los directores debían amoldarse para desarrollar lo que querían expresar con diferentes tonos de gris, o de sepia, después se desarrollaron tecnologías que permitieron el uso de color según diversos procedimientos unos relativos a la calidad de la imagen y otros al formato, y los directores tuvieron mayores posibilidades expresivas para usar o no el color según el tema de que se tratara y el carácter que se le quisiera dar. Pero en esto se llegó al descubrimiento y comercialización de la televisión en color y las productoras viendo un gran negocio en la venta de los derechos de pantalla a las cadenas televisivas decidieron apostar mayoritariamente por el color hasta el punto que el uso del blanco y negro a quedado prácticamente obsoleto para desgracia de la posibilidad expresiva de los autores.

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