domingo, 1 de abril de 2012

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            DEL GENERAL CUSTER Y SU SÉPTIMO DE CABALLERÍA, EL CINE CRISTAL Y NUEVAS MARAVILLAS.

            El cine Cristal se encontraba, y se encuentra, pegado al Mercado de Maravillas, que recibe su nombre por ocupar el solar en que en su día se levantó el Colegio Maravillas, centro de enseñanza de los religiosos escolapios, incendiado durante la Segunda República durante algún arrebato anticlerical. Este ya era un cine de categoría, al que podían ir los adultos no sólo por acompañar y pastorear a las proles sino por propia inclinación. Con lo que la Sra. Aurora se ofreció de buena gana, ya que tenía intención de llevar a su hija Mari Aurora a ver "Murieron con las botas puestas", a ejercer las labores de apacentadora de la recua de vecinos de edad similar a su niña, unos once años.


            Los primeros años 50 habían sido prolíficos en el 93 y había una buena tropilla entre los diez y los trece años. Casi todos íbamos al mismo colegio público que cuando se inauguró durante la Segunda República se llamó Emilio Castelar, en homenaje a un presidente de la Primera, famoso por su vivaz oratoria, que tiene un soberbio monumento en el Paseo de la Castellana, para pasar a llamarse con el franquismo Víctor Pradera, y volver a recuperar su nombre primitivo con la democracia. El edificio había sido diseñado por el arquitecto Fernández de los Ríos, que era a la sazón Ministro de Educación, en el estilo racionalista español de los años treinta. El colegio tenía una sección para niños y otra para niñas, cada una con su propio director y directora, y profesorado independiente, masculino y femenino, por supuesto.

            El sistema educativo tenía muy bien diferenciadas las perspectivas de futuro de los educados, así tras una educación básica hasta los nueve años se podía continuar en el colegio público hasta los catorce años o bien hacer una prueba de ingreso en un instituto de Enseñanza media donde se podía cursar el Bachillerato Elemental y, si se quería continuar, el Superior, bien como alumno oficial con clases en el mismo instituto o bien como alumno libre en una academia particular y realizando los exámenes pertinentes en el instituto.
            En cuanto a la forma de impartir la educación en la Escuela Pública se practicaba el nacionalcatolicismo más radical tratando a los niños como si fueran monjes-guerreros y se estuvieran preparando para una batalla contra los infieles, y a las niñas mitad como si se las acondicionara para ser monjas y mitad reposo para el futuro guerrero. Las formaciones en filas o en columnas, o en filas y columnas eran continuas, y eran de rigor los cantos de himnos del régimen como el de los Requetés y el de la Falange y los vivas a la nación y al Dictador. En cada aula había un crucifijo y los retratos del Dictador y del fundador de la Falange, y rezaba alguna oración católica todo el alumnado puesto en pie tanto a la entrada de clase como a la salida. Como después cantaría durante la llamada Transición un grupo de rock que se llamaba Asfalto: “Otra coplilla a los del cuadro y ¡hasta mañana, don Ramón!”
           
            La familia de la señora Aurora vivía en un bajo interior con ventanas al patio de luces y al de las galerías. La integraban, a parte de ella y la niña, el marido, de nombre Ángel, un hijo, unos cinco años mayor que la hermana, y de nombre Angelín, y la suegra, cuyo nombre de pila nunca llegué a saber porque la señora Aurora siempre se refería a ella como a su suegra y Mari Aurora como a su abuela.
            El Sr. Ángel trabajaba en un banco, nunca llegué a saber en que ocupación, lo más probable que de simple ventanillero, lo cual le daba una cierta categoría dentro del vecindario. Si tenemos en cuenta que trabajaba en la ventanilla de un banco de las cercanías y nunca supe donde trabajaba podemos tener una idea de lo que se frecuentaban los bancos por aquellas fechas y la acepción de categoría. El hijo había estudiado Secretariado en una academia particular y ya trabajaba con el padre en el banco, lo que en relación con sus coetáneos del 93, en su mayoría aprendices de oficios manuales, les distanciaba de ellos.

          Similar ocupación se había pensado para mí, aunque no necesariamente en un banco, sí alguna ocupación relacionada con los números porque se me daban muy bien las cuentas. Como ya veremos sólo poco más tarde el timón que marcaba la ruta de mi destino marcaría otra derrota. Pero de momento sigamos sentados en el entresuelo del cine Cristal dejando que el director norteamericano Raoul Walsh nos haga comulgar con ruedas de molino auxiliado por la simpatía incomparable de Errol Flynn y la belleza dramática de Olivia De Havilland, insustituible y abnegada esposa de héroes de la Guerra Civil, tanto con casaca azul como gris (su interpretación inolvidable en “Lo que el viento se llevó”, de una inocencia de altos voltios como la amiga que cualquiera desearía tener).
            Conceptos como el derecho y la razón pasaban a un segundo plano en una narración lineal donde lo que importaba era lo que el protagonista sentía y actuaba, no los motivos que le impulsaban ni lo que pensara, porque pensar tampoco era necesario que pensara. El triste final en Little Big Horn hacia brotar de ojos sensibles como los de la señora Aurora más de una lágrima. No así de los nuestros que sentíamos como natural que el héroe muriera en la batalla !Ya vendrían más héroes dispuestos a vengarle!

            Mari Aurora que se quedaba más con el romántico comienzo y le aburría el bélico desarrollo y final se alegraba en el fondo de que mataran a Custer si era con la buena intención de que la película llegara a su término. Ella no había venido porque pensara que le iba a gustar la película sino por estar con nosotros, con sus compañeros de juegos.
            Sería injusto por mi parte si después de lo dicho sobre el argumento no hiciera referencia a la calidad técnica del filme, a la excelente fotografía, al tiempo y talento con se mantenía la acción, al fino humor que se desgajaba de tanto en tanto amenizando la proyección…

            La célebre batalla quedaría como un filón inagotable para las pantallas y ya se había encargado en 1948, Ford, mediante "Fort Apache", de poner las cuestiones éticas un poco en su sitio, en un filme más sicológico que de acción en el que se analiza la personalidad de Custer (con nombre supuesto porque tampoco estaban los tiempos para cuestionar a un personaje considerado como héroe nacional) o, por mejor decir, su carácter desequilibrado que le conduce a llevar a sus hombres a una masacre. Algunos años más tarde, “El pequeño gran hombre”, con Dustin Hoffman como protagonista, nos darían una visión de cómo se veía el tema desde el bando de los pieles rojas. Como ya cantara Campoamor: “En este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del prisma con que se mira…”

            La niña, Mari Aurora, había sido nuestra compañera de juegos hasta hacía dos días, porque en el edificio no había ninguna niña de edad parecida a la suya. Ahora ya tenía amiguitas en otros de los edificios cercanos y paraba mucho menos con nosotros, aunque si se producía la ocasión no dudaba en ser uno más del grupo ni se cortaba un ápice en bajarse las braguitas y ponerse a mear en la pocilla del patio comunal, el de las cacerías de ratas, si le venían las ganas mientras jugábamos.
            Además era nuestra hermana de sangre, concepto que también habíamos tomado de las pelis de indios y vaqueros. La hermandad de sangre, según aprendimos en alguno que otro filme, no necesariamente del oeste, pues también parece que era costumbre su práctica entre piratas y filibusteros, consiste en hacerse un pequeño corte en la palma de la mano -en alguna hacían el artificio con un cuchillo de monte y parecía un auténtico tajo más profundo que su homónimo río Tajo a su paso por Toledo- y después entrechocar las manos… parece ser que de este modo el caudal de unas venas se entrelazaba con el flujo de la ajena. El caso es que en un cierto momento de una mañana veraniega de años atrás y a la fresca sombra del patio comunal entre los juegos simulaciones de fotogramas visionadas en la pantalla a alguno de los cuatro se nos ocurrió que deberíamos ser “hermanos de sangre” y Mari Aurora, que siempre fue una chica decidida, partió de naja hacia su casa a buscar una navajita que sabía que su hermano guardaba en un cajón de su mesilla de noche.   A una muchacha tan decidida como ella años después le dedique un poema en el que se entremezclan situaciones que vivíamos por aquellos días con las propias de la relación que manteníamos, al fin y al cabo el tiempo funciona como un continuo, y el ayer, el hoy o el mañana no dejan de ser conceptos relativos.

                         Los adoquines son un muro de caprichos
            y bajo el cutre asfalto ya no quedan playas.
            Los papagayos queman el aire con discordes notas.
  
                        En una tarde de palmeras y mimbres
            no fue suficiente la angustia del silencio,
            hubo que apurar la hez de un vinagre de ausencias.
   
                        En el horizonte rejas sobre el campo,
            prolongación del cemento horadado de cristales
            ante blancos visillos, algodón del pánico.
  
                        Los vencejos raudos que huyeron al norte
            y los atolondrados gorriones escondidos
            en la terraza de las hortensias azules
            y las moradas campanillas del amanecer.

                         Desde donde hubo un claro arroyo cantarín,
            mieles para la sangre de los jabalíes
            que se envilecieron en un paseo de humo y pestes,
            salté sobre tu calma soberana arrasando
            la apacible costumbre de la mesa y el televisor.

                        Las hormigas marchaban impasibles
            sobre  sucias cortezas de una falsa acacia descolorida,
            ausentes a la enconada incomunicación baldía
            de los que tampoco serán jamás navegantes luciérnagas
            ni estrellas perdidas en un aura de neón
            impidiendo alumbrar las bujías en la granada.


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