lunes, 16 de abril de 2012

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            QUE TRATA DE CÓMO CUALQUIERA PUEDE CONVERTIRSE EN TESTIGO DE CARGO EN EL CAROLINA SIN PRETENDERLO.
            En ciertas etapas de la adolescencia la sexualidad es una cuestión que no se tiene del todo determinada, y en ocasiones resulta difícil determinar los límites entre la camaradería y la homosexualidad.
          Vivíamos, por otra parte, tiempos de una recalcitrante opresión sexual, en la que no resultaba nada fácil acceder a intercambios amorosos con personas del sexo opuesto. Una figura típica en los cines de barrio era la de la "pajillera". No puedo proporcionar una información directa sobre como funcionaban sus servicios y cuales eran sus tarifas, porque cuando llegué a una edad en que tal vez los hubiera requerido y pagado los usos y maneras habían cambiado lo suficiente para no necesitarlo…

            Así fue, en un corto intervalo de tiempo se pasó de no estar muy bien visto escuchar la música de los Beatles a las barricadas de Mayo del 68. La música de los Beatles por si misma nunca hubiera llevado a ninguna barricada, pero ese tipo de música y el estilo de vida que predicaba era un buen caldo de cultivo en que bañarse aquellos jóvenes a los que por un motivo u otro estaban agraviados por la sociedad. El pelo rapado de los militares se sustituía por cabellos en media melena, la ropa de uniforme, militar o civil, pues es el caso que los civiles tenían tan pocas posibilidades de variación en su vestuario que también podía considerárseles uniformados, se cambiaba por variedad personal en pantalones pitillo, vaqueros, campana..., en variedad de coloridos desde la gamas gris y marrón hacia los tonos más próximos a los colores puros: amarillo, rojo y azul, y sus complementarios: violeta, verde y naranja,  y por encima de todo la actitud de resignación se trocaba en una insumisión en los modos y en el fondo, según las posibilidades de cada cual. Pero una insumisión recatada, como avergonzada de su propia valentía, una insumisión en ciernes como de pámpanos verdes sobre los ceporros en una viña durante los comienzos de la primavera.

            No era muy usual pero en algunas ocasiones el trío nos habíamos reunido en el último tramo de la escalera, el que iba hasta la azotea, donde sólo vivían dos familias, pues el edificio habitable se retranqueaba por sus cuatro costados, y sabiendo que a media mañana era difícil que alguien reparara en nosotros nos habíamos masturbado en común, en alguna ocasión pensando en la encantadora Encarni, o en cualquier otra de las bellas vecinitas. Para nosotros era hacer el acto solitario pero en compañía, cada cual se dedicaba a su propio instrumento y se daba su propia satisfacción.
            Pablito y Julián tal vez debieron de comenzar así hasta que un día se les debió de ocurrir probar a intercambiar sus instrumentos.


            Estábamos en el cine Carolina, proyectaban "Testigo de Cargo", hermosa película en blanco y negro de Willy Wilder, cuando fuimos accidentales testigos de aquel suceso.
            Era una sesión de la tarde y en el cine había una buena porción de parejas de enamorados haciendo al amparo de la oscuridad lo que no estaba bien visto que hicieran a la luz del sol ni les permitían sus posibilidades hacer en lugar más recatado y cómodo. ¿Quién no ha padecido alguna vez una torticolis en su adolescencia a causa de la prolongación de una postura forzada en los asientos de un cine? En la pantalla juzgaba severamente el poderoso Charles Laughton al en apariencia débil Tyron Power, y no menos severa fue la voz del acomodador:
            - ¡Pero, ¿qué hacen ese par de maricones?
            Y se lió la trifulca.
            No creo que fuéramos los únicos del 93 en reconocer a nuestros vecinos, pues el cine estaba cerca y la película tenía éxito, pero para algunas cuestiones sabíamos establecer un cómplice pacto de silencio y aquel suceso nunca llegó a transcender y convertirse en "vox populi". Sólo afecto a los interesados que, bien por vergüenza, bien por temor o bien porque consideraron que aquello que había comenzado como un juego de escalera podía acabar en algo muy distinto, procuraron a partir de entonces no dejarse ver juntos.
            De hecho su sexualidad discurrió después por senderos muy diferentes y mientras el uno afirmó su ser de varón el otro afirmó su condición homosexual. 

            Pero la anécdota, de la que tomamos buena cuenta, no nos impidió seguir visionando la peli y enamorarnos un poquito más de Marlene, el apellido sobra, que interpreta varios papeles a la vez…
            - ¡Vaya peazo de guerra, con aviones y todo!
           Encontré sentado a mi lado al niño que ya me visitó unas tardes antes con su mismo traje pasado de moda.
           - ¿Por  qué no vuelves a sentarte con tus papás y dejas de dar la lata?
            Rivas me dio un codazo…
            - ¡Deja de decir tonterías y hablar a una butaca vacía, que nos vamos a perder el final, toma unas pipas y relájate!
            Miré a mi izquierda y el niño ya no estaba…
          Y mientras me relajaba mordisqueando las pipas de girasol la simpatía de Laughton me hizo pensar que eso de la jurisprudencia podría ser divertido y sentí por primera vez el deseo de ser alguna vez abogado defensor. Así de tontas les llegan las vocaciones a las personas.

           

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