QUE TRATA DE CÓMO HAY VARIAS FORMAS
DE ENTENDER LOS MANDAMIENTOS Y DE CÓMO ACERCARSE A LA MÚSICA CLÁSICA.
La gran pantalla el cine Lido nos
permitió poder ver como en un estreno Los Diez Mandamientos en aquella Semana
Santa. Pues era típico que durante aquellas fechas se readaptaran las
programaciones a la celebración católica, pudiéndose optar entre tres soluciones:
cerrar el cine desde el jueves al sábado, proyectar durante estos tres días una
película de índole religiosa, o asimilada, como podían ser temas bíblicos o de
la antigua Roma, o programar para toda la semana algún filme de una cierta
entidad que pudiera mantener cubierto el aforo durante todos los días. Y como
entidad de superproducción no se puede negar que la película dirigida por Cecil
B. De Mille, todo un especialista en espectáculos colosales, la tenía. Calidad
ya es otro cantar, y de hecho la
Academia de los Oscars sólo le reconoció una estatuilla a los
mejores efectos especiales. Y después de visionar la mediocridad de las
maquetas en que fueron filmados aún parece mucho.
Otra de las peculiaridades de la tal
semana era que las emisoras de radio sólo podían emitir música clásica, y era
un deleite que en vez de escuchar las memeces folclóricas y los trasuntos de
canciones populacheras foráneas de siempre pudiéramos deleitarnos con la “Oda a
la Alegría” de Beethoven o los Divertimentos de Mozart, porque no sé si por
venganza o por desconocimiento los programadores solían utilizar este tipo de
melodías…
Los Diez Mandamientos de la ley de
dios los conocíamos a la perfección todos los alumnos del país porque el
conocimiento memorizado del catecismo católico, resumen de los dogmas de fe
redactados en la forma de pregunta-respuesta, era obligatorio para todos. El
concepto de mandamiento llevaba aparejado el de incumplimiento o desobediencia
del mandato, que los católicos denominan pecado, y con él el sentimiento de
culpa. Este último no es limitativo de ninguna religión sino que forma parte de
la sicología propia del ser humano y es en cierto modo, cuando la persona está
sana, un mecanismo protector del cerebro que le debería ayudar a no tropezar
dos veces en la misma piedra. Pero si la persona no tiene el pensamiento sano
del todo, y a ello fomentan en alguna medida todas las religiones, unas más y
otras menos, el sentimiento de culpa en el de necesidad de castigo por la
culpa, que si tarda en venir del cielo lo busca uno mismo y se convierte en
autocastigo mediante la esquizofrenia, la paranoia o cualquier otra enfermedad
mental.
En las películas de estreno se
acostumbraba a entregar un sucedáneo del programa de mano de los teatros y
óperas (que no dejan de ser teatro) a los espectadores cuando se le entregaba
el óbolo o propina al acomodador, que consistía en una octavilla con una
reproducción del cartel de la película en color, aunque ésta estuviera
realizada en blanco y negro, por una cara, y el reparto de actores y una breve
sinopsis de lo que se iba a visionar por el envés.
La octavilla es la mitad de la
cuartilla, según una unidad de medida del tamaño de papel, gran invento de los
chinos que ha permitido la difusión del pensamiento durante siglos ayudada por
la invención de un tal Gutenberg, que comenzaba en la resma, seguía por la mano
y así dividiendo por dos hasta la cuartilla que era la mitad del folio, y digo
era porque a los alemanes se les ocurrió transformar el sistema y generar las
llamadas normas DIN (una norma alemana, es la traducción de las siglas), así
que el folio perdió un poco de tamaño y ahora se llama DIN-4, y es el tamaño
oficial para presentar documentos escritos como Presupuestos Generales del
Estado y demás…
Pero la humilde octavilla fue
durante el siglo XX la reina motora de las revoluciones, convulsiones y, en
general, movimientos de rechazo hacia los sistemas establecidos… Para los que
no disponían de una imprenta a mano unos chinos de más al sur inventaron “la
vietnamita”, que con un par de tablas y mucho ingenio y paciencia se podían
conseguir maravillas… y lo mismo denunciar un abuso de los estamentos del poder
que convocar a una Huelga General.
Debido a la larga duración del filme
el programa era único y hacia la mitad de la proyección se producía un
intermedio para que los espectadores pudieran estirar las piernas y el bar del
cine pudiera realizar algunas ventas.
Cuando salimos al vestíbulo nos
encontramos con varios de nuestros vecinos, siempre tan adictos al cine, entre
otros con Teresina y su inseparable primo. Era Teresina una muchachita
regordeta que a la sazón tendría veinte y algún años y había venido del pueblo
a servir, lo que era una salida muy habitual para las chicas de pueblo. Vivía
con su madre en el apartamento de galería vecino al de la familia Rivas. Tanto
la madre como la hija frecuentaban bastante la iglesia, la madre vestía siempre
de negro, lo cual era una indumentaria habitual en las viudas de cierta edad
aunque hiciera muchos años que hubiera desaparecido el cónyuge, y la chica
llevaba a veces el hábito del Carmen, de color sepia con un cordón azul añil, y
se comentaba que también se ponía en ocasiones el cilicio. La costumbre de
ponerse el hábito perteneciente a una devoción o cofradía estaba muy extendida,
unas veces como cumplimiento de una promesa, por ejemplo si se sanaba algún
familiar enfermo grave o si conseguía un hijo o el marido ganar una buena
oposición, y otras como cumplimiento de una penitencia, bien autoimpuesta bien
recomendada por el confesor. La figura del confesor, personaje propio de la
religión católica, observada desde diferentes puntos de vista podía tener
ciertos aspectos positivos en tanto que psicoanalista en tiempos en que esta
rama de la medicina estaba todavía poco desarrollada. Las concomitancias son
abundantes, el confesionario suele estar situado en los lugares más sombríos de
la iglesia, se habla en tono bajo de voz, entre susurros, el confesado es el
que debe hablar mucho y el confesor sólo lo imprescindible para dejar constancia
de su presencia... En cuanto al cilicio, aparato con pinchos que se ciñe a
alguna parte del cuerpo con intención de sentir daño cuando se roza dicha zona,
es un instrumento que sólo se puede concebir ideado por mentes perturbadas para
uso y abuso de masoquistas.
El primo de Teresina entre los
treinta y los cuarenta años de edad, era delgado aunque de complexión fuerte y
tenía en su rostro los rasgos marcados de quien gusta más de la bebida que de
la comida. De cara al exterior oficiaba de hermano mayor que acompañaba a la
muchacha para protegerla, de puertas adentro era, todos los vecinos lo sabían,
su amante. Cuestión bastante problemática porque el tal primo estaba casado y
su relación era algo que no podía aguantar la madre de Teresina, quien la
recriminaba su actitud a voz en grito, y la muchachita, tan recatada en la
calle, no sentía ningún reparo en levantarle la voz a la madre con lo que en
breves instantes formaban una buena trifulca sacando todos los trapos sucios
propios y familiares.
A la peli pudimos comprobar años más
tarde que le faltaba metraje, es decir que la tijera de la censura había hecho
de las suyas. La secuencia en la barcaza de Nefertari, papel interpretado por
la bella Anne Baxter en la plenitud de su juventud había desaparecido por
completo, y por mal realizada tenía toda la razón de haberse desvanecido en la
nada, porque pocas veces se han notado tanto los falsos decorados en un filme y
que el río Nilo en el atardecer no deja de ser una cortina mal pintada, aunque
los pechitos de la princesa adivinados bajo una gasa (moda que vuelve a ponerse
de vez en cuando en vigor, aunque resulte bastante arriesgada si se pretende
lucir en un transporte público) no dejaba de darle su encanto a la escena. El
prota se zafa de la seducción aduciendo el parentesco… Pero, tonto, no sabías
que el incesto era una práctica habitual entre la aristocracia del Egipto
clásico…

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