martes, 17 de abril de 2012

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            DE EMPERATRICES LLENAS DE OROPEL Y DE LAS MIL FORMAS TONTAS EN QUE SE PUEDE ESTROPEAR UNA TARDE QUE SE PRESENTABA AGRADABLE.

            Mariluz era la hermana de Juliancín, al que ya conocimos en el capítulo anterior aunque con poca luz en el interior de un cine, y todo lo que tenía este de baluarte de la modernidad lo tenía ella tradicional muchacha española al uso. Era modista y se pasaba horas y horas trabajando con la máquina de coser tanto en el taller como en casa. De tanto estar mirando el hilo una incipiente miopía congénita se le había ido acentuando y le era preciso llevar unas gafas con gruesos cristales. No era ni guapa ni fea, más bien delgada y alta,  y solía ir siempre muy arregladita los domingos por la tarde con su grupo de amigas del taller de costura, a las que algunas veces se les incorporaba Marina.


            Su padre tenía un camión con la cabina de color azul -como tenía el morro muy largo tal vez fuera un Ford, pero por aquella época no estaba muy interesado en la marca de los vehículos y no lo podría afirmar a ciencia cierta-  y se dedicaba a hacer cualquier tipo de transporte, desde una mudanza a materiales de construcción o de derribos, con lo que unas veces el camión estaba impoluto y otras lleno de cochambre, y más de una vez los muchachos colaboramos en su limpieza por divertirnos y porque sabíamos que era de un hombre de carácter desprendido y que el final de la aventura acabaría en el puesto del pipero.
            Su madre era muy amiga de la mía, y cuando alguna vez venía a casa a pegar la hebra con ella, yo me pasaba a hacer compañía a Mariluz para poder hacer las tareas escolares con mayor tranquilidad, pues se dedicaba a su trabajo con tanta concentración que raras veces hablaba, aunque algunas veces, cuando acababa pronto los deberes y no tenía muchas ganas de repasar las lecciones, terminábamos por platicar hasta por los codos. La máquina de coser la tenía en el salón y la mesa del comedor le servía también como mesa de corte de patrones.
            - ¿Qué haces?
            - Unos arreglos en un vestido para la esposa del Brigada, se le ha quedado estrecho y le estoy sacando un poco de la sisa.
            - Debe ser complicado…
            - Con práctica nada es complicado, un poquito de sacar por allí y de meter por acá.
            - Como eso que llaman hacer el amor.
            - Ja, ja, ja, ja ¿Qué sabrás tú, mocoso?
            - Lo que oigo comentar a los mayores…
            - Ya te he visto algunas veces en el portal charlando con Quique y Pedro Luis, y no creo que te convenga nada intervenir en las conversaciones de los adultos, cada cosa tiene su tiempo, algunas cuestiones no las entenderás y otras las tergiversará tu imaginación adolescente. Tú sique aplicándote en tus estudios y así acabarás por ser un hombre de provecho.
            - A ti sin embargo  nunca se te ve con chicos, ¿no te gusta ninguno de los vecinos?
            - Ya tuve mi tiempo de chicolear cuando iba a la escuela, no te creas. Ahora ya no me gusta perder el tiempo con esas zarandajas. La mayoría de nuestros convecinos son muy bastos, y alguno que me ha gustado ya tiene novia. Como ves no soy muy guapa…
            - Tampoco eres fea -me puse a tamborilear el lapicero que tenía en la mano sobre la mesa-, eres normal y muy simpática, y cuando sales tan bien vestida y arreglada las tardes de los domingos estás de muy buen ver, no es sólo mi opinión…
            - Gracias, Ramón, esa es otra: las gafas con cristales culo de vaso que tengo que llevar. Pero algún día me llegará mi Príncipe Azul, no tengo prisa, es cuestión de esperar. Los vestidos me lo hago yo misma después de ojear revistas de moda así que son modelos exclusivos, je, je, je… ¿Sigues escribiendo poesías?
            Pare el tamborileo del lápiz y me puse a rascarme la nuca con el mismo.
            - He escrito alguna dedicada a una compañera de la academia.
            - ¿Le ha gustado?
            - No se la enseñé, me da vergüenza. Más que nada es sacar versos de aquí y de allá y juntarlos, no creo que valga gran cosa…
            - Tampoco invento nada nuevo cuando me hago un vestido, pero aunque no sea mi intención siempre le doy un toque personal, entre otras cosas porque no dispongo de las telas que recomiendan en las revistas, así que me sirvo de cualquier retal que sobre de algún encargo.
            - La poesía es algo muy personal, descubres tus sentimientos, tal vez intente algo en prosa, que tiene mayor distanciamiento, pero me parece muy difícil escribir una novela.
            - Nunca he intentado hacer un traje de noche o de novia, todavía, empieza por algo sencillo, como un cuento…
            - ¿Hay alguien en casa? -la voz de Juliancín nos llegó desde la puerta de entrada y se interrumpió nuestra conversación.
 
            Aquella tarde que proyectaban "Sissi" en el cine Cristal por fortuna no estaba Marina (enamorado hasta la médula de los cantarillos que portaba en su pecho) con ellas porque eso habría aumentado mi vergüenza, aunque tal vez ni siquiera Mariluz se llegaría a enterar de nada porque todo fue muy rápido, o tal vez sólo me lo pareciera a mí.

            No era aquella película para nosotros y no sé como se nos ocurriría ir a verla, tal vez porque no proyectaran aquella semana ningún programa tolerado en el barrio, o porque si los había ya habíamos visto alguna de las películas cualquiera de los tres. Aquel era un filme pensado para hacer soñar a muchachas como Mariluz siempre a la espera de un príncipe azul que quizás nunca llegaría. Realizada por Harischka en 1956 era una versión edulcorada de un fragmento de historia relativamente reciente de los amores juveniles del que sería último emperador de Austria-Hungría con la que sería su esposa y por tanto emperatriz, en un ambiente de valses y de paisajes vieneses. Protagonizaba el filme una Romy Schneider en plena adolescencia que después se pasaría el resto de su vida cinematográfica tratando de quitarse la etiqueta de "sissi" que muchos le colgaron de por vida por el mucho éxito popular que  tuvo la película, había vestidos estilo "sissi", peinados estilo "sissi", etc., y la industria aprovechó el tirón para hacer varias entregas más que iban recorriendo a lo largo y lo ancho la vida y vicisitudes de la emperatriz porque no vayamos a creer que lo de las sucesivas entregas de una película de éxito ("Rocky", "Tiburón", "Alien", y un largo etcétera) es un invento moderno.

            Así muchos fueron los que la vieron de mema "Sissi" y muchos menos los que comprobaron lo genial actriz que podía ser en, por ejemplo "Luwig", de Visconti, o "El Proceso", de Orson Welles. Su partener masculino y, por tanto, emperador fue K. Boehm, rubito y de ojos azules pero de corta talla como actor.
            Es probable que recordara mucho menos este filme si lo hubiera visto aquella tarde. Pero aquella tarde, sin saber por qué, tal vez como un acné de la edad, nos sobrevino a los tres amigos, Paco, Rivas y yo, un ataque de gamberrismo, que tal no hubiera sido sino una broma de contar con ciertas colaboraciones por parte de otros espectadores.
            La figura del acomodador, pues nuestro affaire fue con él, tenía diversos cometidos a parte del suyo propio: poner cómodos a los espectadores. Mientras las luces de la sala estaban encendidas y la mayor parte de las butacas vacías su tarea era fácil, cogía las entradas, preguntaba si le gustaba al espectador en cuestión una localidad más o menos cercana a la pantalla y le conducía hasta ella. Una vez acomodado el espectador existía la costumbre hecha ley de darle al empleado una propina consistente en algunas monedas, equivalentes entre el cinco y el diez por ciento del importe de la localidad, según las posibilidades y magnificencia de la persona. Según se iba completando el aforo la labor se iba haciendo más lenta y penosa pues por lo general la gente prefería las localidades cercanas al pasillo y cuando llegaban nuevos espectadores los ya sentados debían levantarse para dejarles pasar. Si en este proceso llegaba el tiempo de comenzar la proyección se apagaban las luces y ayudaba de una linterna eléctrica de pilas, por lo que también recibía el nombre popular de "lamparilla".
            Sin saber muy bien por qué, ya que solía ser tímido, y sin contar para nada con nosotros se le ocurrió a Paco gastarle una broma al acomodador.
            Cuando entramos en la sala, fue en el entresuelo, ya estaban apagadas las luces y no quedaban libres muchas butacas. Paco le dio las tres entradas al acomodador mientras le susurraba al oído:
            - Si nos consigue un buen sitio le daremos una propina sustanciosa.
            El hombre nos encaminó hacia una de las filas postreras donde había varias localidades centradas pidiendo a los de los asientos próximos al pasillo que nos dejaran pasar y comenzamos a pasar Rivas y yo, pero quiso el hado del destino, o la mera fatal casualidad, que al llegar casi al sitio donde se nos había destinado que Paco vislumbrara tres asientos vacíos justo en el centro de la segunda fila. ¡Enclave magnífico donde los hubiera!
            - También están libres aquellas de ahí abajo -le dijo al acomodador-. No seguir pasando que he visto otro sitio mejor - nos advirtió a nosotros.
            El acomodador alumbró hacia el lugar indicado por Paquito y reemprendimos la procesión, mientras ya comenzaban a visionarse en la pantalla los créditos del filme acompañados de música vienesa.
            En esto algunos espectadores ya comenzaban a impacientarse con la linterna y el trasiego y se escucharon voces discrepantes.
            - ¡Lamparilla, apaga ya ese candil!
            - ¡Dense prisa, por favor!- nos susurró el aludido que ya había descendido hasta la segunda fila -. Pueden levantarse, por favor - dirigiéndose a los espectadores sentados junto al pasillo.
            Ya comenzábamos a pasar mientras el acomodador le devolvía las entradas a Paquito y dejaba la mano palmarriba puesta en espera de la propina prometida.
            En tanto comenzaron a arreciar las protestas.
            - ¡No nos dejan ver!
            - ¡Quítate de en medio, Lamparilla!
            Paquito comenzó a rebuscar por los bolsillos y acabó por decirle con la voz más cándida de que fue capaz
            - Lo siento, pero no tengo nada suelto...
            Entonces fue el ver a aquel hombre iracundo y desmesurado empujar a Paquito escaleras arriba.
            - ¡Ustedes son unos gamberros! ¡Fuera, venga, fuera...! - y le hacia subir los escalones a empellones.
            A todo esto Rivas y yo ya estábamos sentados en nuestras localidades y presenciábamos como espectadores la acción y como el público tomaba partido por uno u otro.
            - ¡Deja al chico en paz, Lamparilla, y no armes más escándalo!
            - ¡Échale a la calle, estos jóvenes ya no tienen respeto por nada!
            - ¡Haber si se callan todos y dejan oír la película!
            Hasta que desaparecieron por la puerta del vestíbulo.
            Rivas y yo estábamos cohibidos e indecisos.
            - ¿Qué hacemos? -le pregunté en un susurro.
            - No sé - me respondió-, a lo mejor sólo quiere asustarle y luego le deja entrar -aventuraba optimista.
            - No creo, estaba muy enfadado.
            - ¡Pueden callarse de una vez! -nos increpó al oído un señor situado en la fila de atrás.
            - Vamos a ver qué pasa -le sugerí a Rivas. Y fuimos hacia la entrada.
            -Salimos sólo un momento -le dijimos al portero esbozando una sonrisa de circunstancias.
            - Ustedes verán, pero si salen ya no vuelven a entrar -respondió él, muy serio.
            - Yo no me quiero perder la peli, me gusta Sissi -me susurró al oído Rivas, siempre tan encantador, y en sus ojos medio húmedos se notaba que más bien se estaba refiriendo a la protagonista…

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