sábado, 21 de abril de 2012

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            QUE TRATA SOBRE LA MUERTE EN VERSIÓN APOCALIPSIS, EL CINE MURILLO Y DE NUEVOS CONOCIDOS.

            Así pues llegó octubre, y con el mes el comienzo del primer curso en la academia. La nueva academia era un mundo por completo diferente al colegio, entre otras cualidades positivas tenía la de ser mixta, es decir que en el mismo aula había alumnos de ambos sexos, así como también había profesores de ambos sexos. Como tenía pocos alumnos estábamos agrupados de dos en dos cursos. Así durante todo aquel curso pude disfrutar de la compañía de Eugenia, que estaba en segundo y se convirtió en mi primer amor platónico, aunque como buen seguidor del filósofo griego, aún sin conocer todavía su filosofía ni de refilón, ya comprendí que el amor comienza por la materia hasta llegar a lo espiritual. Y es que Eugenia era una joven a la que resultaba imposible verla y no amar la armonía de sus rasgos de virgen-niña renacentista, rubita, de ojos verdes y grandes, altura media, curvas acordes con los cánones praxitelianos, es decir, de integral… y olor y aura acorde con las formas.


            A Arturo le profesaba una sana envidia porque se sentaba al lado de Eugenia. Arturo era el alumno más aventajado de su curso y por eso le pusieron de compañero de pupitre con ella que todo lo que le sobraba de belleza natural, quizá por compensación, le faltaba de intelecto, aunque reconozco que es mi resentimiento a través de los años quien me hace hablar así, porque en realidad lo suyo no era falta de coeficiente intelectual sino despiste, estar de continuo pensando en otras cosas que la atraían más que las asignaturas. Como descubriría después, casi a final de curso, cuando ya era demasiado tarde para desenamorarme, Eugenia tenía un novio, un novio de fin de semana que la llevaba a bailar a los guateques y a la penumbra móvil de las salas de cine.

            La envidia era sana porque a Arturo ella no le interesaba lo más mínimo como hembra, más bien la sentía como carga que le impedía concentrarse tanto como hubiera querido en sus estudios. Tenía algo de misógino quizá por transferencia del odio hacia su hermana, sólo dos años menor que él, que le debía de haber quitado en su hogar el puesto de príncipe de la casa.
            Mi venganza sobre Arturo me la proporcionó el Dibujo pues se descubrió que yo poseía unas actitudes innatas para él. Y desde luego no podían ser adquiridas porque en la Escuela Pública era éste otro de los aspectos importantes para la formación de cualquier persona que se descuidaba, mejor dicho se mataba ya que más que permitir se animaba a calcar los dibujos con que se adornaban los cuadernos de trabajo. Si tenemos en cuenta que el valor que se le daba al dibujo era el de decoración podemos considerar en que mezquino concepto se le tenía. Un vacío educativo más que añadir al de la música y algún otro en la formación de generaciones enteras, pues tanto el dibujo como la música son valores en si mismos por cuanto contribuyen en ensanchar y engrandecer las posibilidades de expresión y de conocimiento intelectivo de las personas
            Así en las clases de dibujo pasó Eugenia a sentarse a mi lado lo que me permitió no solo olerla y mirarla sino también en ocasiones tocarla cogiendo con mi mano la suya para trazar con el lápiz sobre el papel alguna que otra línea. Por lo demás no aproveché para mayor cosa la oportunidad que se me brindaba los martes y los jueves de cuatro a cinco de la tarde porque nunca he sido muy tocón y tampoco ponía ella nada de su parte. Desde su posición de un año mayor de edad y con ciertas experiencias me consideraba como a un bebé y su actitud señorial hacia mi me hacia guardar las distancias.

            No era el caso de Arturo quien a pesar de estar un curso más avanzado y ser también mayor me consideraba su igual, sin duda porque en lo cognoscitivo lo era, y aún en algunos aspectos, en el plano teórico, estaba por delante de él después de las charlas que había tenido con Quique. El caso es que encontré en él un buen compañero para ir al cine. Con él vi, por ejemplo, "El Séptimo Sello".

            Arturo tenía muy claro que de mayor quería ser licenciado en físicas y dedicarse al estudio de esta ciencia, y se interesaba mucho por conseguir revistas relacionadas con estos temas y leérselas de pe a pa y después comentar sus descubrimientos con cualquier amigo que estuviera dispuesto a escucharle -su padre trabajaba en un laboratorio farmacéutico, nunca me enteré muy bien qué cargo ocupaba, pero le llevaba a casa los números atrasados de las publicaciones que llegaban a la empresa-, así me llegué a enterar que un tal Einstein, un judío de nacionalidad germana, del que ya tenía noticias por cuestiones relacionadas con la bomba atómica -se le llamaba el Padre de tal engendró- había descubierto una teoría que se denominaba de la relatividad, y como mi interés por esas cuestiones era también relativo cuando mi colega se ponía en plan doctor procuraba llevar el tema de conversación a otros aspectos del espacio-tiempo en que discurríamos, en particular hacia la persona que ocupaba más tiempo en mis pensamientos, su compañera de pupitre María Eugenia.
            - Así que quieres ser picapleitos, trajeado y en los juzgados…
            - Me parece que tendré que llevar una especie de vestimenta negra a la que llaman toga, por lo que he visto en alguna peli…
            - No sé cuanto tienen de verdad lo que vemos en las pelis… y ¿vas a defender por igual a los malos que a los buenos?
            - Por ahora mi conocimiento del tema también es relativo como eso de que me hablabas, y me parece muy lejano el que llegue a ser algo algún día. Por el momento lo que más ocupa mi pensamiento es tu compañera de pupitre.
            - ¿María Eugenia?, menuda tonta, esa nunca llegará a nada, vaya desperdicio, sus padres la tienen en la academia por no tenerla todo el día en casa o tonteando por la calle en espera de que tenga la edad para que la encuentren un buen novio de su agrado y casarla y que tenga la vida resuelta para siempre.
            - No le das muchas esperanzas de un futuro feliz a nuestra compañera, al menos reconocerás que su presencia y alegría nos hace las clases más llevaderas.
            - Será a ti, a mi me pone los nervios tener que perder mi tiempo en volver a explicarle cuestiones bien sencillas y bien desarrolladas por el profe que “no se me queda”, dice ella, ¡vaya tonta!
            - Tiene un olor especial, a mi me inspira muchas cosas…
            - Huele a perfumes baratos, creo que lo llaman pachulí o algo así, y es para disimular sus propios olores corporales, sobre todo en ciertos días del mes… ¿Me entiendes?
            Suspiré sin saber que contestar.
            - Además es mayor que tú.
            - Sólo un año, eso no es nada.
            - A las chicas les gustan los muchachos que tienen mayor edad que ellas, tal vez porque piensan que les puedan enseñar cosas que las intrigan, por su mayor experiencia.
            - ¿Qué tipo de cosas?
            - A veces tú también pareces tonto, Ramón María.
        - Mi amigo Quique me da buenas explicaciones sobre el comportamiento que hay que tener con las chicas… ¿Tienes alguna experiencia sobre el tema?
        - Mira con soportar a mi hermana ya tengo bastante, es una quisquillosa y una intrigante, el cosmos de la mujer me resulta muy lejano y no me parece agradable para nada. ¿Piensas que el Universo es infinito, ilimitado o elástico?
            - Pienso que el estar enamorado me hace a la vez ser muy feliz y muy infeliz…
            Pero Arturo no escuchó mis últimas palabras y me soltó toda una disertación sobre la teoría de la relatividad, seguro que lo último que había leído en alguna revista.
           En tanto nos aproximábamos a la embocadura del cine y las taquillas, y mientras escuchaba como en off su disertación mis sentimientos místicos sobre el amor, sin duda fruto de mis lecturas del Dante y del nacionalcatolicismo escolar, me repetían estos versos:
            “Tú eres mi gran amor,
            Por ti mi vida daría,
            ¡Oh,  Eugenia de mi vida!
            Por ti muero y sigo vivo
            Y todo por ti, querida
            ¡María Eugenia de mi vida!”

            El cine Murillo, ocupaba, ocupa hoy reconvertido en restaurante, especializado en celebraciones de bodas, y cambiado su nombre por el pomposo de Salones Paris, la planta baja y el sótano de un edificio de viviendas. Esto había influido en algunos aspectos de su conformación, así se desarrollaba en un único espacio constituido por el patio de butacas, el techo plano y unas hileras de grandes columnas entre los pasillos laterales y los asientos, que inutilizaban el uso de algunas de las localidades, y que se habían dispuesto para acortar la luz de los forjados de los pisos de viviendas. Esta configuración daba a la sala un aspecto de templo egipcio o de cripta funeraria, aunque mi criterio pueda hallarse influido por haber visto allí "El Séptimo Sello", terrorífica cinta de Ingmar Bergman. Y terrorífica no el sentido físico como las pertenecientes a ese género llamado de "terror" cuya visión puede llegar en ciertos momentos a producir escalofríos en la espalda, sino del miedo que provoca la misma sensación, pero en el alma.

 
            Cuando se es niño, si no se ha tenido la desgracia de tener una experiencia muy cercana, se ve la Muerte con una sensación de lejanía, como en el fondo de una perspectiva cónica, y contemplarla como algo cotidiano que se puede sentar a tu lado a jugar una partida de ajedrez resulta un tanto extraño, pero fascinante.
            Aunque jugar al ajedrez no era para nosotros algo cotidiano y ni siquiera sabíamos como se jugaba pues este deporte del pensamiento no estaba nada difundido dentro de las escuelas públicas. Parecía como si se temiese que adiestrar la mente dentro de un sistema lógico pudiera dar lugar a que el pensamiento se pudiera desarrollar lo suficiente para poner en cuestión algunas incongruencias que se daban como dogmas establecidos y tanto en el sentido religioso como en el político.
            El Caballero que juega una partida de ajedrez imposible de ganar está interpretado por Max von Sydow, actor que se repetiría una y otra vez en el cine de Bergman y que formaría pareja en el celuloide con una actriz de muchos registros llamada Liv Ullmann, que a su vez era pareja del director, G. Björnstrand hace de Jons, su escudero y Bibi Andersonn como Mia, interpreta a una joven perteneciente a una familia de cómicos que hacen como un contrapunto a la seriedad del juego en el que Bengt Ekerot como la Muerte, con la cara maquillada de un blanco cadavérico, tiene todo a su favor  pues cuenta con la peste, el hambre y la guerra como infalibles aliados. Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis siempre tan unidos…
            Es usual en el mundo del arte, de los artistas y la filosofía, que se produzcan metáforas sobre el significado de la vida. En este filme plantea Bergman la vida, en una concepción bastante medieval que encuentra referencias en el barroco entre otros en las obras de Calderón de la Barca, primordialmente en sus Autos Sacramentales, como en "El Gran Teatro del Mundo", de las personas como comediantes que representaran su papel en el escenario de un teatro, lo que no deja de ser a la vez una concepción bastante fatalista ya que para ser un buen actor no te puedes salir del guión que te ha asignado un supuesto director de escena, y deberás morir así mismo en el momento oportuno, lo que no estaría del todo mal si después se pudiera salir a saludar ante los aplausos del público. A esta concepción se opone la visión más moderna de la vida considerada como un viaje sin una meta concreta en el que la persona se va enriqueciendo con las experiencias que le va proporcionando su cambiante entorno al que a su vez puede enriquecer mediante sus propias acciones y sus obras.
            Algo que chocaba a nuestra cultura mediterránea era que la Muerte estuviera interpretada por un actor masculino, Bengt Ekerot, y aún no deja de ser curioso como según la latitud de las diferentes culturas se atribuya uno u otro sexo a quien Alejandro Casona definiera como "La Dama del Alba".

            Y en noviembre moriría exiliado en un lejano país, Méxhico, el poeta Luis Cernuda, de gran influencia en las letras hispanas.           
            “El mar es un olvido,
            Una canción, un labio,
            El mar es un amante
            Fiel respuesta a un deseo…”

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