DE LOS CAZADORES DEL CELULOIDE Y DE
LOS LÁCTEOS DEL BARRIO.
Otro tipo de películas con las que solíamos
gozar eran las de "cazadores". Nadie se cuestionaba todavía por
aquellos años que se estaba esquilmando al continente africano de su preciosa
fauna y el Gran Cazador Blanco era un héroe que demostraba su valentía
asesinando o ayudando a asesinar a animales con el propósito de poder lucir los
trofeos en los cómodos salones del mundo civilizado, aunque algún tipo de
crítica ya podía apreciarse en "Las Minas del Rey Salomón", cuando
Steward Granger critica a los chapuceros cazadores por cuya causa pierde la
vida uno de sus colaboradores.
Cuando vimos anunciada "Las
nieves del Kilimanjaro" en las carteleras del Cine Tetuán ya ardíamos en
deseos de ir a verla. El sólo nombre de la mítica y exótica montaña ya nos
hablaba de leones, elefantes, cocodrilos, aventuras y situaciones de peligro.
Dirigida por King, en 1952, rodada
en color y protagonizada por Gregory Peck, Susan Hayword y Ava Gardner, no nos
decepcionó.
Tardaría algunos años en saber que
su argumento era una versión bastante libre de un cuento largo de título
homónimo del escritor norteamericano Ernest Hemingway, y muchos más en poder
ver otra película basada en una novela suya, pues "¿Por quién doblan las
campanas?", dirigida por Wood, no se pude estrenar en Madrid hasta los
años ochenta a pesar de tener como protagonistas a dos actores tan taquilleros
en los cincuenta y sesenta como eran Gary Cooper e Ingrid Bergman.
Pero
antes de entrar a la sala de proyección voy a hacer algunas
reflexiones sobre la calidad arquitectónica que tenía.
El
Cine Tetuán fue diseñado por los arquitectos F. J. González de Riancho
y E. de la Torriente y Aguirre
en el año 1931, dentro de un estilo
racionalista-expresionista.
La
solución al edificio en esquina , con su fachada principal a la calle de Bravo
Murillo, se resuelve con un único cuerpo de paralelepípedo como un gran
contenedor, con una marquesina curva que envuelve las dos fachadas a la altura
del primer piso y que tiene como contrapunto en el otro cierre de la fachada
principal una torreta o linterna de vidrio, volada, con una imagen que se
emparenta con el expresionismo
del alemán Erich
Mendelsohn, que contenía una escalera de caracol acristalada de acceso a la
Cabina de Proyección, que ha quedado en nuestro recuerdo de adolescentes como
Linterna de los Sueños.
Los
muros estaban enfoscados en un color gris oscuro, imitación a hormigón, con lo
que las impostas enfatizan la expresividad del
edificio.
Su
interior tenía un estilo racionalista y funcional, en planta baja
un amplio vestíbulo y el patio de butacas sin apenas adornos, tan sólo el
enmarcado de la pantalla, elevada sobre una tarima, pues la sala también estaba
concebida para que se pudieran celebrar conferencias y mítines.
En
la planta alta, la platea estaba sostenida por una única viga de gran canto,
con cerchas de acero en cajón, y el bar tenía iluminación natural mediante unos
grandes ventanales que daban a la fachada principal, en la vertical de las
puertas de acceso.
En
la fachada a la calle Francisco Medrano se abrían grandes portones en previsión
de una rápida evacuación en caso de incendio o accidente.
Su
demolición se realizó mediante el empleo de medios mecánicos, en 1980, y con
ella la ciudad perdió una de las edificaciones dotadas de mayor carga onírica.
En
la actualidad en el lugar que ocupaba se construyó un anodino edificio de
viviendas.
Como no era igual el precio de las localidades del patio
de butacas y platea podéis estar seguros que la vimos desde la plata alta y que
la diferencia nos la gastamos en pipas de girasol. No recuerdo si en aquella
versión aparecen las escenas correspondientes a la Guerra Civil española
explicitadas como tal o si el traductor se las atribuye a cualquier otra
guerra. De hecho en el cuento se habla de otra guerra, pero la verdad es que
entre el cuento y la película hay pocas similitudes en el fondo y en la forma
sino es la presencia del monte Kilimanjaro, además que fragmentos de la
"Patética" de Tchaikovski no sería la música que mejor le iría a una
personalidad vitalista como la de Hemingway.
"Las nieves del Kilimanjaro", era también una
película que le gustaba a Marina por diferentes motivos que a nosotros: por el
drama amoroso. Marina no era una muchacha del 93, era la hija de la lechera, y
la vaquería estaba en la calle de al lado, pues por aquellos años las vacas
estaban todavía en la ciudad, proporcionando un cierto sabor a campo. Decía que
no era del 93 porque sus padres y ella vivían en un bajo anejo a la misma
vaquería, pero todos los vecinos teníamos relación con ella. Entonces la leche
se vendía a granel desde el gran cántaro de la lechería se iba echando por
cuartillos en la lechera, bien metálica bien de plástico, y era una buena
política llevarse bien con los lecheros porque siempre te podían añadir una propina
a la medida exacta, así que todo el mundo procuraba darles algo de
conversación. Yo me llevaba muy bien con Marina, aparte de los motivos
políticos porque me gustaba como persona y como mujer. Tenía unos cuatro o
cinco años más que yo y una piel muy blanca, creía entonces que a consecuencia
de estar siempre en contacto con la leche, más tarde recapacité que se debía a
que no la daba nunca el sol porque cuando salía del colegio se iba a casa y se
ponía a ayudar a sus padres en el despacho de leche,
así que si alguna vez salía a pasear era ya de noche, y tampoco paseaba mucho
porque la gustaba ir al cine con su novio. Este estudiaba en la Universidad, y
durante algunas temporadas desaparecía porque estaba haciendo las Milicias
Universitarias, que eran una especie de de sustitutivo del Servicio Militar
Obligatorio y que era como una continuación de los Alféreces Provisionales que se
originaron durante la guerra y que ahorraba una buena cantidad de dinero al
Ejército. Consistía en un campamento veraniego, para que los muchachos no
perdieran los estudios, en el que se les daba clases aceleradas de patriotismo,
militarismo y aprendizaje de armamento básico, y si el chico mostraba un mínimo
de interés y de ardor guerrero ya tenía asegurado un grado de mando sobre la
tropa, y podía sustituir a un militar de carrera del mismo rango, lo que producía
una notable economía en Academias Militares, y tener siempre asegurada una
reserva si faltaban vocaciones.
Marina, en invierno se ponía para
atender el despacho una bata sobre la ropa de calle, pero en verano, como tenía
vacaciones y no necesitaba vestirse para salir a la calle, se ponía la bata
directamente sobre la ropa con que había dormido, y no debía de usar sujetador
para dormir porque por las aberturas de la bata entre los botones o bien por el
descote cuando se agachaba ocasionalmente se podía percibir una carne blanca y
tersa.
Sin lugar a duda el recado que hacia
de mejor gana era el de ir a por la leche, y no sólo por cuanto veía, en las
ocasiones que llegaba a ver algo, como en aquella que se le había olvidado
abrochar el último botón y al agacharse ella a recoger un cantarillo pude
apreciar en toda su extensión un par de abultados y lechosos senos terminados
en sendos pezones sonrosados, sino también por lo agradable de su conversación.
Pues en mi caso la amabilidad era interesada con la espera de su propina
láctea, pero en la suya era pura deferencia.
Mas tarde he llegado a pensar si los
desabrochados y los agachados no eran tan casuales como a mi parecían, y detrás
de esto y del contarme con tanta gracia alguna escena erótica de la última
película vista había alguna secreta intención hacia mi persona. El caso es que
aún de haberla habido nunca se llegó a poner de manifiesto con lo que no hubo
jamás un contacto físico compartido entre nosotros. No compartido si lo hubo,
al menos por mi parte, derramándome mientras soñaba en relamer ese par de
cantarillos apetitosos.
El erotismo de la vaquería era
intrínseco a su misma conformación de isla campestre rodeada por el asfalto. De
vez en cuando llevaban al semental a montar a las vacas, y había un revuelo
entre la chiquillería del barrio con el festival que se formaba.
Así que con leche en el pensamiento,
en los adentros y en el cantarillo, no es extraño que en ocasiones a la salida
del comercio sufriera alucinaciones, en particular si era caída la tarde y la
calle se encontraba entre dos luces. Como cuando se me presentó aquel muchachito
que vestía ropas extrañas, como algunas que había visto en cuadros antiguos en
el colegio.
- ¿Por dónde se va a la Libertad?
- ¿Te has perdido? - no aparentaba
más de unos nueve años, tenía un rostro agradable, unos ojos vivarachos y un
acento extraño -¿No eres de aquí? ¿Dónde están tus papás?
-Eso no importa, tengo una labor
pendiente, comencé a escribir novelas sobre el 93 y tú las tienes que acabar.
- Muy joven para escribir, jajajaja
-reí mientras balanceaba el cantarillo de leche -. He escrito algunos poemas a…
imposibles amores, porque luego no me atrevo a entregárselos… Y, ¿cómo sabes
donde vivo?
- El 93 es el año de El Terror, que
se puede repetir muchas veces…
- ¿Qué haces ahí mirando a la nada
como un pasmarote? - escuché la voz cordial de Rivas, y la luz del atardecer
recobró una luminosidad inusual.

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