domingo, 15 de abril de 2012

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            DE LOS CAZADORES DEL CELULOIDE Y DE LOS LÁCTEOS DEL BARRIO.
            Otro tipo de películas con las que solíamos gozar eran las de "cazadores". Nadie se cuestionaba todavía por aquellos años que se estaba esquilmando al continente africano de su preciosa fauna y el Gran Cazador Blanco era un héroe que demostraba su valentía asesinando o ayudando a asesinar a animales con el propósito de poder lucir los trofeos en los cómodos salones del mundo civilizado, aunque algún tipo de crítica ya podía apreciarse en "Las Minas del Rey Salomón", cuando Steward Granger critica a los chapuceros cazadores por cuya causa pierde la vida uno de sus colaboradores.
            Cuando vimos anunciada "Las nieves del Kilimanjaro" en las carteleras del Cine Tetuán ya ardíamos en deseos de ir a verla. El sólo nombre de la mítica y exótica montaña ya nos hablaba de leones, elefantes, cocodrilos, aventuras y situaciones de peligro.

            Dirigida por King, en 1952, rodada en color y protagonizada por Gregory Peck, Susan Hayword y Ava Gardner, no nos decepcionó.
            Tardaría algunos años en saber que su argumento era una versión bastante libre de un cuento largo de título homónimo del escritor norteamericano Ernest Hemingway, y muchos más en poder ver otra película basada en una novela suya, pues "¿Por quién doblan las campanas?", dirigida por Wood, no se pude estrenar en Madrid hasta los años ochenta a pesar de tener como protagonistas a dos actores tan taquilleros en los cincuenta y sesenta como eran Gary Cooper e Ingrid Bergman.

            Pero antes de entrar a la sala de proyección voy a hacer algunas reflexiones sobre la calidad arquitectónica que tenía.
            El Cine Tetuán fue  diseñado por los arquitectos F. J. González de Riancho y E. de la Torriente y Aguirre en el año 1931, dentro de un estilo racionalista-expresionista.
            La solución al edificio en esquina , con su fachada principal a la calle de Bravo Murillo, se resuelve con un único cuerpo de paralelepípedo como un gran contenedor, con una marquesina curva que envuelve las dos fachadas a la altura del primer piso y que tiene como contrapunto en el otro cierre de la fachada principal una torreta o linterna de vidrio, volada, con una imagen que se emparenta con el expresionismo del alemán Erich Mendelsohn, que contenía una escalera de caracol acristalada de acceso a la Cabina de Proyección, que ha quedado en nuestro recuerdo de adolescentes como Linterna de los Sueños.
            Los muros estaban enfoscados en un color gris oscuro, imitación a hormigón, con lo que las impostas enfatizan la expresividad del edificio.
            Su interior tenía un estilo racionalista y funcional, en planta baja un amplio vestíbulo y el patio de butacas sin apenas adornos, tan sólo el enmarcado de la pantalla, elevada sobre una tarima, pues la sala también estaba concebida para que se pudieran celebrar conferencias y mítines.
            En la planta alta, la platea estaba sostenida por una única viga de gran canto, con cerchas de acero en cajón, y el bar tenía iluminación natural mediante unos grandes ventanales que daban a la fachada principal, en la vertical de las puertas de acceso.
            En la fachada a la calle Francisco Medrano se abrían grandes portones en previsión de una rápida evacuación en caso de incendio o accidente.
            Su demolición se realizó mediante el empleo de medios mecánicos, en 1980, y con ella la ciudad perdió una de las edificaciones dotadas de mayor carga onírica.
            En la actualidad en el lugar que ocupaba se construyó un anodino edificio de viviendas. 


            Como no era igual el precio de las localidades del patio de butacas y platea podéis estar seguros que la vimos desde la plata alta y que la diferencia nos la gastamos en pipas de girasol. No recuerdo si en aquella versión aparecen las escenas correspondientes a la Guerra Civil española explicitadas como tal o si el traductor se las atribuye a cualquier otra guerra. De hecho en el cuento se habla de otra guerra, pero la verdad es que entre el cuento y la película hay pocas similitudes en el fondo y en la forma sino es la presencia del monte Kilimanjaro, además que fragmentos de la "Patética" de Tchaikovski no sería la música que mejor le iría a una personalidad vitalista como la de Hemingway.

            "Las nieves del Kilimanjaro", era también una película que le gustaba a Marina por diferentes motivos que a nosotros: por el drama amoroso. Marina no era una muchacha del 93, era la hija de la lechera, y la vaquería estaba en la calle de al lado, pues por aquellos años las vacas estaban todavía en la ciudad, proporcionando un cierto sabor a campo. Decía que no era del 93 porque sus padres y ella vivían en un bajo anejo a la misma vaquería, pero todos los vecinos teníamos relación con ella. Entonces la leche se vendía a granel desde el gran cántaro de la lechería se iba echando por cuartillos en la lechera, bien metálica bien de plástico, y era una buena política llevarse bien con los lecheros porque siempre te podían añadir una propina a la medida exacta, así que todo el mundo procuraba darles algo de conversación. Yo me llevaba muy bien con Marina, aparte de los motivos políticos porque me gustaba como persona y como mujer. Tenía unos cuatro o cinco años más que yo y una piel muy blanca, creía entonces que a consecuencia de estar siempre en contacto con la leche, más tarde recapacité que se debía a que no la daba nunca el sol porque cuando salía del colegio se iba a casa y se ponía a ayudar a sus padres en el despacho de leche, así que si alguna vez salía a pasear era ya de noche, y tampoco paseaba mucho porque la gustaba ir al cine con su novio. Este estudiaba en la Universidad, y durante algunas temporadas desaparecía porque estaba haciendo las Milicias Universitarias, que eran una especie de de sustitutivo del Servicio Militar Obligatorio y que era como una continuación de los Alféreces Provisionales que se originaron durante la guerra y que ahorraba una buena cantidad de dinero al Ejército. Consistía en un campamento veraniego, para que los muchachos no perdieran los estudios, en el que se les daba clases aceleradas de patriotismo, militarismo y aprendizaje de armamento básico, y si el chico mostraba un mínimo de interés y de ardor guerrero ya tenía asegurado un grado de mando sobre la tropa, y podía sustituir a un militar de carrera del mismo rango, lo que producía una notable economía en Academias Militares, y tener siempre asegurada una reserva si faltaban vocaciones.
            Marina, en invierno se ponía para atender el despacho una bata sobre la ropa de calle, pero en verano, como tenía vacaciones y no necesitaba vestirse para salir a la calle, se ponía la bata directamente sobre la ropa con que había dormido, y no debía de usar sujetador para dormir porque por las aberturas de la bata entre los botones o bien por el descote cuando se agachaba ocasionalmente se podía percibir una carne blanca y tersa.
            Sin lugar a duda el recado que hacia de mejor gana era el de ir a por la leche, y no sólo por cuanto veía, en las ocasiones que llegaba a ver algo, como en aquella que se le había olvidado abrochar el último botón y al agacharse ella a recoger un cantarillo pude apreciar en toda su extensión un par de abultados y lechosos senos terminados en sendos pezones sonrosados, sino también por lo agradable de su conversación. Pues en mi caso la amabilidad era interesada con la espera de su propina láctea, pero en la suya era pura deferencia.
            Mas tarde he llegado a pensar si los desabrochados y los agachados no eran tan casuales como a mi parecían, y detrás de esto y del contarme con tanta gracia alguna escena erótica de la última película vista había alguna secreta intención hacia mi persona. El caso es que aún de haberla habido nunca se llegó a poner de manifiesto con lo que no hubo jamás un contacto físico compartido entre nosotros. No compartido si lo hubo, al menos por mi parte, derramándome mientras soñaba en relamer ese par de cantarillos apetitosos.

            El erotismo de la vaquería era intrínseco a su misma conformación de isla campestre rodeada por el asfalto. De vez en cuando llevaban al semental a montar a las vacas, y había un revuelo entre la chiquillería del barrio con el festival que se formaba.

            Así que con leche en el pensamiento, en los adentros y en el cantarillo, no es extraño que en ocasiones a la salida del comercio sufriera alucinaciones, en particular si era caída la tarde y la calle se encontraba entre dos luces. Como cuando se me presentó aquel muchachito que vestía ropas extrañas, como algunas que había visto en cuadros antiguos en el colegio.
            - ¿Por dónde se va a la Libertad?
            - ¿Te has perdido? - no aparentaba más de unos nueve años, tenía un rostro agradable, unos ojos vivarachos y un acento extraño -¿No eres de aquí? ¿Dónde están tus papás?
            -Eso no importa, tengo una labor pendiente, comencé a escribir novelas sobre el 93 y tú las tienes que acabar.
            - Muy joven para escribir, jajajaja -reí mientras balanceaba el cantarillo de leche -. He escrito algunos poemas a… imposibles amores, porque luego no me atrevo a entregárselos… Y, ¿cómo sabes donde vivo?
            - El 93 es el año de El Terror, que se puede repetir muchas veces…
            - ¿Qué haces ahí mirando a la nada como un pasmarote? - escuché la voz cordial de Rivas, y la luz del atardecer recobró una luminosidad inusual.

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