DE CÓMO ALGUNAS PERSONAS INFLUYEN EN QUE MEMORICES LO QUE HAS VISIONADO Y QUE TE QUEDES CON ALGUNA PELÍCULA PARA SIEMPRE MÁS POR LO CONTADO QUE POR LO VISTO, Y DE “EL CEBO” Y EL MIEDO.
Culpa de que me acuerde todavía hoy de los argumentos de muchas de las películas que vi por aquella época la tenía la señora Elvira. Esta mujer de edad avanzada había tenido unos años atrás una trombosis que le dejó como resultado una parálisis en todo el lado izquierdo de su cuerpo, con lo que tenía la mano atrofiada, una pronunciada cojera y la boca un poco desviada. Vivía en el apartamento junto al nuestro y como andaba con dificultad salía poco a la calle y cuando lo hacía debía ir acompañada. Había tenido dos hijos pero a ambos los perdió, uno hacía bastante tiempo y otro al que llegué a conocer, aunque como falleció siendo yo aún muy chico recuerdo poco de él, que me lanzaba hacia el cielo ante la aterrada mirada de mis padres para recogerme al vuelo y que me llamaba Molowny, como el célebre delantero centro del Real Madrid, que debía tener mucho éxito por la época…
Las enfermedades surgen sin saber de dónde vienen por mucho que Pasteur se haya dedicado a investigar sobre el tema, y demostrar que todo efecto tenga una causa. El vecino que me lanzaba por los aires, lleno de vitalidad, murió de leucemia, cáncer en la sangre, en unos pocos meses sin que nadie diera con el tratamiento apropiado para resolver su conflicto con la existencia. La vida y la muerte siempre serán un enigma para los mortales, pero a cada cual le gustaría apearse del tranvía en la parada más a su gusto.
Así pues vivía sola con su marido, el señor José, y como éste aún trabajaba, aunque ya faltaría poco tiempo para que se jubilara, se veía obligada a pasar muchas horas encerrada con su soledad, y siempre que tenía ocasión se venía a estar un rato en nuestra casa, pues era la única a la que podía acceder sin necesidad de utilizar escaleras. Eran tiempos en los que aún no se había impuesto la televisión y las personas conversaban con mayor abundancia que hoy. La televisión, en general, ha resultado nefasta para la comunicación familiar y vecinal, contribuyendo como nada al espíritu de aislamiento e insolidaridad que se puede apreciar hoy en las ciudades, pero para casos como el de la señora Elvira puede resultar un buen modo de entretenimiento.
Lo que si estaba en auge era la radio. Cada familia tenía la suya y la ponía a todo volumen escuchando sus programas favoritos. En el verano, cuando se dejaban las ventanas abiertas para que pasase un poquillo de fresco, en las galerías y en el patio, y a veces hasta en las escalaras, pues también se abrían la puertas para que se generase una corriente de aire, se formaba un auténtico batiburrillo de voces, sintonías y melodías, pues cada cual elevaba el volumen de su receptor en un intento vano de acallar el sonido de los vecinos.
Las radios eran entonces grandes, aunque menos que las de la década anterior, auténticos mamotretos, y constituía el centro del hogar en muchas casas, como hoy lo desempeña la televisión. Su mayor ventaja era que no había que prestarle una atención permanente, sino que se podía estar realizando cualquier actividad y tenerla como ruido de fondo, con lo que no te robaba tiempo, aunque la falta de tiempo era algo que no se echaba en falta aunque fuera más larga que hoy la jornada laboral. Había tiempo para conversar y tiempo para ir al cine y tiempo para contar la película que habías visto.
Y siempre tenías oídos dispuestos a escucharte y personas te preguntaban detalles de lo que habías visto.
-¿Cómo iba vestida ella?- me preguntaba la señora Elvira, y yo, que por supuesto no había reparado en tal detalle ni me había interesado para nada, comenzaba a hacer memoria y a revisionar internamente la película hasta que aparecían algunos de los rasgos de su vestimenta.
- Un vestido muy largo, hasta los pies, con puntillas en los bordes - contestaba al cabo de un instante, y hasta, si la película era en color, podía añadir alguna referencia a su tono-. Era de un verde esmeralda muy brillante.
Aunque la mayor parte de las compras que necesitaban se las hacía bien su marido bien una asistenta que tenía por horas siempre quedaba alguna pequeña cosa que se le olvidaba, entonces recurría a mi o a cualquier otro muchachillo que bajara por las escaleras, y por lo general el encargo iba acompañado con la promesa de que podías quedarte con el cambio de la compra, que ella ya calculaba de antemano que fuera lo suficiente para que le hicieras el mandado con alegría sin llegar a ser lo excesivo que hiciera pensar que estaba comprando el servicio. En cualquier caso era una buena fuente de ingresos para nuestros flacos bolsillos que nos permitió acudir más de una vez al cine, nuestro vicio favorito.
En otras ocasiones eran los amigos quienes te obligaban a hacer memoria pues había mucha costumbre de contarnos las películas que nos gustaban cuando por circunstancias alguno no había podido verla. Se daban casos en que había varios narradores y alguno hacía más hincapié en detalles que habían pasado desapercibidos para otros. Esto solía suceder con más frecuencia en las largas veladas del verano cuando el calor parecía no dejarte entrar en casa.
Mientras los jovencitos nos contábamos películas los adultos conversaban sobre toros, tema que se había vuelto a poner de moda después de varios años de decadencia gracias a un torero, renovador según unos y demasiado heterodoxo para los más puristas, llamado Manuel Benítez y apodado "El Cordobés". La cuestión es que aunque casi nadie de los moradores del 93 iba nunca a las plazas de toros cada cual tenía su opinión al respecto y la defendía a capa y espada. Unos hablaban de arte y otros de valor contraponiendo lo uno a lo otro. Nosotros, que no entendíamos ni patata, si se presentaba la ocasión tomábamos el partido del valor, más por la juventud del torero que por el hecho de ponerse delante de un toro. Como buenos urbanitas nos sentíamos lo suficiente lejos del peligro como para que pudiera darnos miedo enfrentarnos a un astado.
Como producirnos miedo, miedo acompañado de desasosiego, nos lo produjo la visión de "El Cebo", esa gran película de Ladislao Vajda, un director de cine de origen húngaro, que tras de pasar por Hollywood, y colaborar entre otros con Michael Curtiz, se afincó definitivamente en las Españas.
La vimos, el trío habitual, en el pequeño cine Arizona, una tarde gélida de invierno. Supongo que sería jueves y recuerdo que nos acompañó hasta la entrada del cine la madre de Pedro, pero algo tendría que hacer, tal vez cuidar de la hermana, el caso es que nos dejó solos, o tal vez que la diera un cierto yuyo o asco la primera parte del programa.
Pues la primera película era una de esas de monstruos japoneses que venían del espacio y había unas hormigas gigantes a las que disparaba el ejército. Se suponía que era de terror, pero un miedo que se intentaba producir a base de unos efectos especiales de los años cincuenta era algo que más bien inducía a risa. Lo que provocaba que los insectos se hubieran hecho tan desmedidos eran las radiaciones atómicas, y después de saber que en el desierto de Arizona donde se realizó la primera prueba de bomba atómica estos bichitos siguen campando “como Pedro por su casa” da que pensar de dónde sacaron inspiración los guionistas.
El auténtico terror estaba en la película que era el plato fuerte del programa. El argumento de la película trata de sucesivos asesinatos de niños yendo o viniendo de la escuela a manos de alguien que los degüella con una navaja de barbero, un alguien que el espectador debe descubrir entre varios sospechosos que con un acertado ritmo nos va proponiendo Vajda, entre ellos un hombre grueso y apocado casado con una irascible mujer que lo domina y maltrata. La policía, con menos pistas que el espectador ya que no tiene medios para enterarse de la vida íntima de los sospechosos, tiene la ocurrencia de utilizar como cebo para cazar al asesino a un delicada niña, dejándonos el director la intriga hasta el final de si la presa será capturada antes o después de comerse a la víctima propiciatoria.
El macabro asesino de niños está interpretado por H. Rühmann, y era para preocupar a cualquier muchacho de nuestra edad que detrás de cualquier vecino con aspecto inocente se escondiera un asesino en potencia que en cualquier momento nos podía rebanar el pescuezo con una navaja barbera. Arma muy recurrente en la filmografía, citemos por ejemplo “El Color Púrpura”, ganadora de varios premios Oscar.
El tema era algo más complejo e iba desde la lucha entre el matriarcado y el patriarcado al dios Saturno devorando a sus hijos pasando por la dictadura. No en vano el argumento estaba basado en una obra del dramaturgo Friedrich Dürrematt, que también había colaborado en el guión. Como contrapunto a la maldad esparcía toda su ternura María Rosa Salgado, actriz muy prolífica por aquellos años.
Debido a la larga duración de las sesiones dobles, con su no-do como aperitivo y el intermedio entre peli y peli, en invierno, aunque se entrará a la primera sesión, se solía salir ya de noche cerrada y siempre había alguna madre protectora dispuesta a aguardar a los chicos en la puerta de la sala, aguantando fríos, chaparrones y cuanta inclemencia del clima quisiera sobrevenir.
Por lo general nos desagradaba este instinto protector que de alguna manera mermaba nuestra incipiente virilidad – “pues ya tenemos edad para andar solos un par de manzanas, no somos tan niños” –solía comentar el hijo respectivo…
Pero, lo que son las cosas, aquella noche nos encantó encontrar a la madre de Rivas medio congelada en la embocadura de la entrada. Y caminamos bien deprisita hasta el 93 entre miradas de soslayo a los oscuros portales pues en cualquiera de las penumbras se podía esconder la sombra de nuestro propio pánico.

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