domingo, 22 de abril de 2012

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            DE VERACRUZ EN EL CINE BELLAS VISTAS Y DE NUESTRA LOLITA PARTICULAR.

            En ocasiones era posible ver alguna película no tolerada para menores, pero era un tanto complicado porque además del portero que cortaba los billetes en la entrada solía haber un inspector, es decir un policía vestido de paisano, que aunque debía estar allí como misión primordial para controlar el orden también ejercía funciones de velar por la salud espiritual de la infancia.
            Una de esas ocasiones fue cuando un primo de Paco, creo que se llamaba Javier, que tenía amistad con el portero del cine Bellas Vistas y consiguió convencerle para que nos dejaran entrar a la proyección de Veracruz, una película de Aldrich, de gran éxito en España en su momento por actuar en ella, aunque en un papel muy secundario, Sarita Montiel. Creo que fue la única vez que vi a Lolita en el cine, pues ella era más bien una chica de bailes. Años después cuando comenzara a frecuentarlos yo la vería en más de una ocasión en la Sala de Fiestas Carolina, de la que debía ser ella una asidua.


            Lolita vivía con su madre en un apartamento situado al fondo de la galería en que habitaba la familia de Paco. Era una muchacha muy guapa, en su generación, que era la de Pedro Luis, debió de significar para los muchachos lo que Encarni para nosotros. Era de piel muy morena aunque siempre fuera teñida de rubio. La gustaba arreglarse y pintarse y solía llevar vestidos ceñidos y escotados con la falda un poco más alta que lo que era costumbre en la época. Era de las pocas mujeres, otra era su madre, que trabajaban en Cristamol por lo que estaba muy acostumbrada a las bromas de sus compañeros a los que sabía tratar con mucho desparpajo. Le gustaba ser admirada y podemos decir que iba provocativa, quien no la conociera podía pensar que era un poco furcia, pero los que la conocíamos sabíamos que tenía una gran habilidad para mantener a raya a los hombres.
            Nos sentamos junto a ellas, el primo de Paco al lado de Lolita. Se apagaron las luces y comenzó la proyección. Gary Cooper y Burt Lancaster en la pantalla.
            La figura del "tocón" era muy habitual en los cines. Era un personaje que al amparo de la penumbra se aprovechaba para toquetear a la persona que se sentara a su lado, por lo general a una jovencita, aunque los había que tenían inclinación en buscar jovencitos, como pude comprobar por mi mismo en alguna ocasión. Solían ser conocidos en el cine por lo que era fácil acabar con sus maniobras bastaba con decirles que si no se estaba quieto se pondría la acción en conocimiento del acomodador, entonces el "tocón" tragaba saliva, retiraba su mano, miraba con atención a la pantalla y a los pocos minutos abandonaba la butaca para buscar otro lugar más propicio a sus deseos. Eso si la sala no estaba repleta, en cuyo caso optaba por abandonarla, bien saliendo al vestíbulo a esperar el siguiente pase bien a la calle directamente, porque lo seguro era que la película no le interesaba en absoluto. Tiempo después, algunas veces que la película no me interesaba en absoluto, lo que se daba con frecuencia dado el sistema de programación doble, entretenía mi espera observando el patético baile de los tocones, era raro que hubiera uno solo, de turno, y hasta en alguna ocasión intervine de oficio, es decir, sin beneficio, en favor de alguna jovenzuela a quien su timidez la impedía acabar con el sofoco.

            No todos los que tocaban eran tocones y seguían un mismo impulso, a veces los toqueteos provenían de la timidez e intentaban romper el hielo entre desconocidos, era como una forma de saludo, saludo táctil. Era como decir: -Me gustas. Me gustaría conocerte mejor-. Y la chica miraba y sonreía, o miraba y ponía cara de perro. En el primer caso se había fundido el hilo y ya te podías ir decidiendo a hablarle. En el segundo el hielo se había convertido en una muralla infranqueable. Otras veces eran deseos de incordiar porque te había mirado mal quien ocupaba la butaca vecina a la tuya.  
            En el silencio sonoro de la sala se escuchó una bofetada seca y las miradas de todos los espectadores cambiaron su punto focal de la pantalla hacia el lugar donde creían haber escuchado el ruido discordante. Pero fue en vano tratar de entender que había pasado porque en el punto procedente ya se había rehecho la calma y tanto Javier como Lolita permanecían impasibles mirando al frente, lo que les delataba pues eran los únicos asistentes que no trataban de indagar sobre lo sucedido.
            - Son todas unas putas -decía indignado el primo de Paco a la salida. Creo que fue el primer misógino que conocí.
            - Ha estado a punto de liarse un buen escándalo -comentó Paco.
            - No le habría interesado a ella tampoco, es algo con lo que ya se cuenta -explicó su primo -, nadie puede saber si el incidente era producto de un comienzo o de algo avanzado y la gente prefiere pensar mal.
            - ¿Te gusta nuestra vecina? - le preguntó Paco.
            - En absoluto -respondió él -, sólo quería tantearla para divertirme un poco -y luego explicó-. Me gusta ponerlas cachondas y después pasar de ellas. Soy un duró.
            - Pero, ¿nunca te pones tú también cerril? - indagué yo.
            - Si la muchacha se presta a veces me dejo hacer la mamada. Pero otra cosa nada, que sólo trae complicaciones. Hay muchas que lo que buscan es quedarse embarazadas para tenerte cogido. Vosotros ya podéis tener cuidado -acabó aconsejando.
            - No, si nosotros... -balbucimos Paco y yo casi al unísono.
        - ¿Estáis tan verdes como parece? -se extraño él, y sin esperar respuesta sentenció -, pues tanto mejor porque no os perdéis gran cosa, el sexo sí, es agradable, pero las chicas son insoportables, no tienen conversación, y sólo les gustan los romanticismos y esas zarandajas. Donde esté la amistad entre camaradas que se quiten todas esas cursiladas.

            El primo de Paco conocía mucha gente porque vivía del trapicheo, y a veces con cosas que no eran del todo de procedencia legal. Por el cobre acabó entre rejas de hierro algún tiempo después, los metales le fueron fatales. El compraba a un grupo de muchachos cobre en bruto, sin conocer su procedencia, le disculpaba el primo, y se lo revendía a un chatarrero. Al fin se supo la procedencia del metal cuando la policía logró desarticular a la pandilla que dedicaba a desmontar mazos de cable del tendido telefónico. Se les pretendió juzgar por lo político y aplicar la Ley Antiterrorista, ya que interrumpían las comunicaciones, pero entre que tuvieron buenos abogados y algunas conexiones familiares y vecinales que tenían con la gente del régimen se acabó por reconocer que eran unos pobres diablos y la cosa quedó en aguas de borrajas con unos pocos años de prisión normal, tampoco me interesaban mucho más las cuestiones del procedimiento y no indagué demasiado sobre ello.  

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