DE VERACRUZ EN EL CINE BELLAS VISTAS
Y DE NUESTRA LOLITA PARTICULAR.
En ocasiones era posible ver alguna
película no tolerada para menores, pero era un tanto complicado porque además
del portero que cortaba los billetes en la entrada solía haber un inspector, es
decir un policía vestido de paisano, que aunque debía estar allí como misión
primordial para controlar el orden también ejercía funciones de velar por la
salud espiritual de la infancia.
Una de esas ocasiones fue cuando un
primo de Paco, creo que se llamaba Javier, que tenía amistad con el portero del
cine Bellas Vistas y consiguió convencerle para que nos dejaran entrar a la
proyección de Veracruz, una película de Aldrich, de gran éxito en España en su
momento por actuar en ella, aunque en un papel muy secundario, Sarita Montiel.
Creo que fue la única vez que vi a Lolita en el cine, pues ella era más bien
una chica de bailes. Años después cuando comenzara a frecuentarlos yo la vería
en más de una ocasión en la Sala
de Fiestas Carolina, de la que debía ser ella una asidua.
Lolita vivía con su madre en un
apartamento situado al fondo de la galería en que habitaba la familia de Paco.
Era una muchacha muy guapa, en su generación, que era la de Pedro Luis, debió
de significar para los muchachos lo que Encarni para nosotros. Era de piel muy
morena aunque siempre fuera teñida de rubio. La gustaba arreglarse y pintarse y
solía llevar vestidos ceñidos y escotados con la falda un poco más alta que lo
que era costumbre en la época. Era de las pocas mujeres, otra era su madre, que
trabajaban en Cristamol por lo que estaba muy acostumbrada a las bromas de sus
compañeros a los que sabía tratar con mucho desparpajo. Le gustaba ser admirada
y podemos decir que iba provocativa, quien no la conociera podía pensar que era
un poco furcia, pero los que la conocíamos sabíamos que tenía una gran
habilidad para mantener a raya a los hombres.
Nos sentamos junto a ellas, el primo
de Paco al lado de Lolita. Se apagaron las luces y comenzó la proyección. Gary
Cooper y Burt Lancaster en la pantalla.
La figura del "tocón" era
muy habitual en los cines. Era un personaje que al amparo de la penumbra se aprovechaba
para toquetear a la persona que se sentara a su lado, por lo general a una jovencita,
aunque los había que tenían inclinación en buscar jovencitos, como pude
comprobar por mi mismo en alguna ocasión. Solían ser conocidos en el cine por
lo que era fácil acabar con sus maniobras bastaba con decirles que si no se
estaba quieto se pondría la acción en conocimiento del acomodador, entonces el
"tocón" tragaba saliva, retiraba su mano, miraba con atención a la
pantalla y a los pocos minutos abandonaba la butaca para buscar otro lugar más
propicio a sus deseos. Eso si la sala no estaba repleta, en cuyo caso optaba
por abandonarla, bien saliendo al vestíbulo a esperar el siguiente pase bien a
la calle directamente, porque lo seguro era que la película no le interesaba en
absoluto. Tiempo después, algunas veces que la película no me interesaba en
absoluto, lo que se daba con frecuencia dado el sistema de programación doble,
entretenía mi espera observando el patético baile de los tocones, era raro que
hubiera uno solo, de turno, y hasta en alguna ocasión intervine de oficio, es
decir, sin beneficio, en favor de alguna jovenzuela a quien su timidez la
impedía acabar con el sofoco.
No todos los que tocaban eran
tocones y seguían un mismo impulso, a veces los toqueteos provenían de la
timidez e intentaban romper el hielo entre desconocidos, era como una forma de
saludo, saludo táctil. Era como decir: -Me gustas. Me gustaría conocerte
mejor-. Y la chica miraba y sonreía, o miraba y ponía cara de perro. En el
primer caso se había fundido el hilo y ya te podías ir decidiendo a hablarle.
En el segundo el hielo se había convertido en una muralla infranqueable. Otras
veces eran deseos de incordiar porque te había mirado mal quien ocupaba la
butaca vecina a la tuya.
En el silencio sonoro de la sala se
escuchó una bofetada seca y las miradas de todos los espectadores cambiaron su
punto focal de la pantalla hacia el lugar donde creían haber escuchado el ruido
discordante. Pero fue en vano tratar de entender que había pasado porque en el
punto procedente ya se había rehecho la calma y tanto Javier como Lolita
permanecían impasibles mirando al frente, lo que les delataba pues eran los
únicos asistentes que no trataban de indagar sobre lo sucedido.
- Son todas unas putas -decía
indignado el primo de Paco a la salida. Creo que fue el primer misógino que
conocí.
- Ha estado a punto de liarse un
buen escándalo -comentó Paco.
- No le habría interesado a ella
tampoco, es algo con lo que ya se cuenta -explicó su primo -, nadie puede saber
si el incidente era producto de un comienzo o de algo avanzado y la gente
prefiere pensar mal.
- ¿Te gusta nuestra vecina? - le
preguntó Paco.
- En absoluto -respondió él -, sólo
quería tantearla para divertirme un poco -y luego explicó-. Me gusta ponerlas
cachondas y después pasar de ellas. Soy un duró.
- Pero, ¿nunca te pones tú también
cerril? - indagué yo.
- Si la muchacha se presta a veces
me dejo hacer la mamada. Pero otra cosa nada, que sólo trae complicaciones. Hay
muchas que lo que buscan es quedarse embarazadas para tenerte cogido. Vosotros
ya podéis tener cuidado -acabó aconsejando.
- No, si nosotros... -balbucimos
Paco y yo casi al unísono.
- ¿Estáis tan verdes como parece?
-se extraño él, y sin esperar respuesta sentenció -, pues tanto mejor porque no
os perdéis gran cosa, el sexo sí, es agradable, pero las chicas son
insoportables, no tienen conversación, y sólo les gustan los romanticismos y
esas zarandajas. Donde esté la amistad entre camaradas que se quiten todas esas
cursiladas.
El primo de Paco conocía mucha gente
porque vivía del trapicheo, y a veces con cosas que no eran del todo de
procedencia legal. Por el cobre acabó entre rejas de hierro algún tiempo
después, los metales le fueron fatales. El compraba a un grupo de muchachos
cobre en bruto, sin conocer su procedencia, le disculpaba el primo, y se lo
revendía a un chatarrero. Al fin se supo la procedencia del metal cuando la policía
logró desarticular a la pandilla que dedicaba a desmontar mazos de cable del
tendido telefónico. Se les pretendió juzgar por lo político y aplicar la Ley
Antiterrorista, ya que interrumpían las comunicaciones, pero entre que tuvieron
buenos abogados y algunas conexiones familiares y vecinales que tenían con la
gente del régimen se acabó por reconocer que eran unos pobres diablos y la cosa
quedó en aguas de borrajas con unos pocos años de prisión normal, tampoco me
interesaban mucho más las cuestiones del procedimiento y no indagué demasiado
sobre ello.

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