DE GILDA Y DIVERSAS LOCURAS DESDE EL
PALACIO DE LAS PIPAS.
Tardaría aún muchos años en ver
"Gilda", de Charles Vidor, uno más entre los muchos directores
centroeuropeos, como Curtiz, Lubicht, Wilder …
regalados por el nacionalsocialismo a las Américas, pues no era tolerada
para menores, pero había una forma de información indirecta como eran las
carteleras, y cuando los mayores machacaban mucho sobre un cierto tema uno
ponía una mayor atención. En algunos cines, como el Alvarado se ponían no sólo
las del programa doble correspondiente a la semana sino también el de la
próxima con lo que había tiempo más que sobra para confeccionarse uno mismo un
filme entre lo que se escuchaba y lo que se veía.
Sería un atardecer de una cálida
primavera, cuando los días van creciendo cada vez más y no se tiene ninguna
gana en subir a casa a cenar. Nos sentábamos en el escalón del portal, a veces
tanta chiquillería que era necesario que el vecino que iba a entrar o salir
hiciera levantar a alguno para poder pasar.
Es necesario hacer un cierto
esfuerzo mental para poder imaginar una calle cercana a Bravo Murillo sin
apenas tráfico ni automóviles aparcados junto y sobre las aceras, pero en el
sesenta y tres era lo normal en la mayoría de aquellas calles, y los vecinos en
verano solían sacar las sillas a la calle y formar tertulia como si de un
pueblo se tratase.
Aquella
tarde había salido a decir alguna cosa a su hija la señora Aurora, tal vez tan
sólo a indicarla que ya tenía la cena sobre la mesa, cuando llegaron la Sra. Lucia y su marido.
Venían de ver la tal película y la señora Lucia no pudo por menos que comentar
con su vecina la desfachatez de la escena en que Glenn Ford le da la bofetada a
Rita Hayworth.
Su marido estaba jubilado, (había
sido obrero de la construcción y en ocasiones había trabajado en el mismo tajo
que el padre de Rivas), y para compensar un poco su baja paga ayudaba los
domingos a un amigo que tenía un puesto en el Rastrillo.
El Rastrillo de Tetuán, versión
sucursal de su hermano mayor el típico Rastro de Madrid, que se desarrolla
alrededor de la plaza de Cascorro, -con su monumento al loco Eloy Gonzalo bidón
de gasolina bajo el brazo, precedente de los fundamentalistas que se inmolan
con una habitualidad que casi parece un macabro deporte, ¿juego limpio?, “Cada
vez que el viento pasa y se lleva una flor, siento que nunca más volverás mi
amor, no me abandones nunca al anochecer que la luna sale tarde y te puedes
perder….”- era, y sigue siendo, una reminiscencia del mercado o zoco árabe, que
persiste en muchas ciudades españolas del centro, sur y levante como indeleble
recuerdo de los muchos siglos en que hubo en la península un íntimo contacto
entre las culturas y costumbres cristianas y musulmanas.
Y, como ya dije, era una costumbre
casi obligada darse una vuelta por el Rastrillo los domingos por la mañana
aunque no hubiese deseos de comprar nada, porque entre tanta variedad de
ofertas lo difícil era que no se acabara por mercar algo.
Las relaciones de la pareja en sus
múltiples variantes siempre han sido un tema recurrente tanto en la literatura
como en el cine, y los triángulos amorosos encantan a los directores de
melodramas, y el morbo de que el amante-siervo le ponga los cuernos con su
mujer al presuntuoso dueño de ambos.
De los retazos que nos llegaban de
las explicaciones que daban la señora Lucia y su marido a la madre de Aurora,
parecía que cada uno había presenciado un espectáculo diferente, y no es de
extrañar porque cada persona tiene una forma diferente de leer una misma
historia y de interiorizarla según diversos condicionantes.
Era un secreto a voces que uno de
los hijos de la señora Lucia era policía secreto, o tal vez fuera tan sólo una
interpretación y lo más probable es que fuera tan sólo un número de la Policía
Nacional, y que como sólo se le vio vestido de paisano cuando venía a visitar a
sus padres diera lugar a ciertos pábulos. Lo cierto es que el tal muchacho poco
tiempo después le sirvió de gran ayuda a un familiar de uno de nuestros
vecinos.
Tanto machaconeo con respecto a la
peli, y un título tan corto y exótico que se te queda grabado por debajo de las
meninges: “Gilda”, te lleva a que a la primera oportunidad en que la reponen
teniendo ya la edad necesaria para poder acceder a la sala de proyección vayas
a visionarla… y ni fú ni fá, un melodrama en blanco y negro ambientado pocos
años después de 2ª Guerra Mundial, con mucha parafernalia y fuegos de artificio
pero sin demasiada sustancia, con un guión que hace agua por todas las
escotillas y puesta en escena al servicio del lucimiento de los actores y
buscando la forma de hacer la mejor taquilla posible, de ahí la abundancia de
números musicales -cantados por la dulce voz de Anita Ellis, aunque hicieran
parecer que era Rita la cantante- traídos más o menos por los cabellos llenos
de laca y gomina de los protas. Charles Vidor las tiene mejores, entre otras
“Sueño de amor”, sobre la vida de Frank Listz, durante cuyo rodaje murió, pero
ninguna tan glamurosa.
Y en lo referente a toda la
misoginia que se explicita puede ser equiparable a las de la serie de James
Bond, que parece no tener fin como las piernas de Rita en la peli.

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