jueves, 12 de abril de 2012

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            DE GILDA Y DIVERSAS LOCURAS DESDE EL PALACIO DE LAS PIPAS.

            Tardaría aún muchos años en ver "Gilda", de Charles Vidor, uno más entre los muchos directores centroeuropeos, como Curtiz, Lubicht, Wilder …  regalados por el nacionalsocialismo a las Américas, pues no era tolerada para menores, pero había una forma de información indirecta como eran las carteleras, y cuando los mayores machacaban mucho sobre un cierto tema uno ponía una mayor atención. En algunos cines, como el Alvarado se ponían no sólo las del programa doble correspondiente a la semana sino también el de la próxima con lo que había tiempo más que sobra para confeccionarse uno mismo un filme entre lo que se escuchaba y lo que se veía.

            Sería un atardecer de una cálida primavera, cuando los días van creciendo cada vez más y no se tiene ninguna gana en subir a casa a cenar. Nos sentábamos en el escalón del portal, a veces tanta chiquillería que era necesario que el vecino que iba a entrar o salir hiciera levantar a alguno para poder pasar. 


             Es necesario hacer un cierto esfuerzo mental para poder imaginar una calle cercana a Bravo Murillo sin apenas tráfico ni automóviles aparcados junto y sobre las aceras, pero en el sesenta y tres era lo normal en la mayoría de aquellas calles, y los vecinos en verano solían sacar las sillas a la calle y formar tertulia como si de un pueblo se tratase.
            Aquella tarde había salido a decir alguna cosa a su hija la señora Aurora, tal vez tan sólo a indicarla que ya tenía la cena sobre la mesa, cuando llegaron la Sra. Lucia y su marido. Venían de ver la tal película y la señora Lucia no pudo por menos que comentar con su vecina la desfachatez de la escena en que Glenn Ford le da la bofetada a Rita Hayworth.

            Su marido estaba jubilado, (había sido obrero de la construcción y en ocasiones había trabajado en el mismo tajo que el padre de Rivas), y para compensar un poco su baja paga ayudaba los domingos a un amigo que tenía un puesto en el Rastrillo.

            El Rastrillo de Tetuán, versión sucursal de su hermano mayor el típico Rastro de Madrid, que se desarrolla alrededor de la plaza de Cascorro, -con su monumento al loco Eloy Gonzalo bidón de gasolina bajo el brazo, precedente de los fundamentalistas que se inmolan con una habitualidad que casi parece un macabro deporte, ¿juego limpio?, “Cada vez que el viento pasa y se lleva una flor, siento que nunca más volverás mi amor, no me abandones nunca al anochecer que la luna sale tarde y te puedes perder….”- era, y sigue siendo, una reminiscencia del mercado o zoco árabe, que persiste en muchas ciudades españolas del centro, sur y levante como indeleble recuerdo de los muchos siglos en que hubo en la península un íntimo contacto entre las culturas y costumbres cristianas y musulmanas.

            Y, como ya dije, era una costumbre casi obligada darse una vuelta por el Rastrillo los domingos por la mañana aunque no hubiese deseos de comprar nada, porque entre tanta variedad de ofertas lo difícil era que no se acabara por mercar algo. 

            Las relaciones de la pareja en sus múltiples variantes siempre han sido un tema recurrente tanto en la literatura como en el cine, y los triángulos amorosos encantan a los directores de melodramas, y el morbo de que el amante-siervo le ponga los cuernos con su mujer al presuntuoso dueño de ambos.


            De los retazos que nos llegaban de las explicaciones que daban la señora Lucia y su marido a la madre de Aurora, parecía que cada uno había presenciado un espectáculo diferente, y no es de extrañar porque cada persona tiene una forma diferente de leer una misma historia y de interiorizarla según diversos condicionantes.

            Era un secreto a voces que uno de los hijos de la señora Lucia era policía secreto, o tal vez fuera tan sólo una interpretación y lo más probable es que fuera tan sólo un número de la Policía Nacional, y que como sólo se le vio vestido de paisano cuando venía a visitar a sus padres diera lugar a ciertos pábulos. Lo cierto es que el tal muchacho poco tiempo después le sirvió de gran ayuda a un familiar de uno de nuestros vecinos.

            Tanto machaconeo con respecto a la peli, y un título tan corto y exótico que se te queda grabado por debajo de las meninges: “Gilda”, te lleva a que a la primera oportunidad en que la reponen teniendo ya la edad necesaria para poder acceder a la sala de proyección vayas a visionarla… y ni fú ni fá, un melodrama en blanco y negro ambientado pocos años después de 2ª Guerra Mundial, con mucha parafernalia y fuegos de artificio pero sin demasiada sustancia, con un guión que hace agua por todas las escotillas y puesta en escena al servicio del lucimiento de los actores y buscando la forma de hacer la mejor taquilla posible, de ahí la abundancia de números musicales -cantados por la dulce voz de Anita Ellis, aunque hicieran parecer que era Rita la cantante- traídos más o menos por los cabellos llenos de laca y gomina de los protas. Charles Vidor las tiene mejores, entre otras “Sueño de amor”, sobre la vida de Frank Listz, durante cuyo rodaje murió, pero ninguna tan glamurosa.
            Y en lo referente a toda la misoginia que se explicita puede ser equiparable a las de la serie de James Bond, que parece no tener fin como las piernas de Rita en la peli.

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