DE OTRO TIPO DE CINE, OTRO TIPO DE PELÍCULA Y OTROS TIPOS DE VIDA.
La aparición de un cine de Estreno en el barrio causó una auténtica conmoción y era casi obligado para cualquier vecino el visitarlo. El Cine Lido se alza aún hoy en el centro de una gran manzana que en su día ocupó "El Rancho Grande", peculiar enclave que debió de construirse en los primeros años de la postguerra, y era peculiar tanto por su propia configuración, construido por debajo del nivel de la calle Bravo Murillo, como por sus habitantes, que eran en su mayoría falangistas llegados a Madrid nada más terminar la guerra para ocupar algún puesto en el aparato del Estado. La selección no se había realizado por su mejor preparación o habilidad para desempeñar un cierto puesto sino por su adicción al régimen, con lo que nos encontramos con la colección de especímenes más estrafalaria que se pueda imaginar.
El edificio que alberga el cine, que también está habilitado para viviendas y tiendas, es obra de un arquitecto, hermano de Elías Querejeta que se haría muy famoso años más tarde por producir películas entre otros de Carlos Saura (“La Caza”, “Cría Cuervos”, “Pippermint Frappé”, “La Prima Angélica”, “La Madriguera”,…) y de Víctor Erice (“El Espíritu de la Colmena”, “El Sur”, “El Sol del Membrillo”).
Eran los años de la estética del “gresite”, una especie de pequeños azulejos cuadrados de 1 centímetro de lado, con los que se podían realizar multitud de combinaciones cromáticas, y de la que ninguna nueva obra que pretendiera ser de actualidad y prestigio podía prescindir para sustituir a los pasados de moda azulejos. Otra novedad era el eso de las luces indirectas para alumbrar las zonas comunes como los vestíbulos y el bar, pero lo que continuaba persistente era el telón, en este caso de terciopelo granate, ¡siempre el recuerdo del teatro!
Uno de los primeros filmes que se proyectaron allí fue "El Mundo del Silencio", precioso documental sobre las profundidades del mar dirigido por el comandante Cousteau, ese gran pionero de la ecología, en su vertiente conservacionista, que tanto empeño puso en difundir por todos los medios la protección que necesitaban la flora y la fauna del planeta, cada día más convertido en un basurero en aras del desarrollismo industrial tanto de índole capitalista como comunista.
Con el mundo acuático me había familiarizado muy pronto gracias a que en la Escuela Pública había una piscina, producto del racionalismo de los treinta y su higienismo, y durante el estío se impartían cursillos de natación. Por desgracia, como pionera en su clase, no pasaba de ser un ensayo fallido y casi un cúmulo aditivo de errores y un paradigma de cómo no debía construirse una piscina con ansías de ser escuela de natación. Comenzaba por ser circular, lo cual facilitaba poco las cosas, aunque bien orientada al sur no disponía de ventanales de suficiente entidad para que pasaran a raudales los rayos del sol y calentaran el agua, porque por supuesto no era climatizada, y ni siquiera disponía de sistema de depuración por lo que era necesario renovar el agua con frecuencia casi diaria. No obstante fue lo suficientemente buena para que muchos aprendiéramos a nadar en ella más por el empeño de unos esforzados profesores, de los que años después pasé a formar parte, que porque se les facilitaran los medios.
Como la pobreza agudiza el ingenio, para difundir la natación en la seca Castilla se les ocurrió organizar una travesía del Estanque del Buen Retiro que fue portada en los periódicos de mayor difusión del Estado con unos peques de no de más de diez años medio tiritando de frío en una gélida mañana de un 15 de mayo, festividad de San Isidro, patrono de la Villa y Corte, dispuestos a lanzarse sobre unas aguas bien contaminadas -de hecho no se veía el fondo del estanque aunque las algas y la mugre nos azotaban las piernas- y como la pinza la tenían bien suelta los organizadores sólo se les ocurrió reconfortar a los helados deportista tras terminar la travesía con un refresco de cola de la marca que patrocinaba el tal evento.
A las salidas de las clases de natación nos solíamos detener en un solar cercano a jugar a la chapas. Federico Martín Bahamontes, ciclista toledano había puesto de moda desde hacía algunos años el Tour ganando el premio de la montaña en varias ocasiones y este mismo año había quedado segundo detrás de Jacques Anquetil. Como las economía de nuestras familias no estaban a la altura de podernos comprar bicicletas transformábamos nuestra afición haciendo carreras sobre un circuito de tierra alisada con las palmas de las manos con chapas de botellas de refrescos a las que pegábamos cromos con la cara de los ciclistas o simplemente el nombre del corredor con los colores de la bandera del país a que pertenecía, pues por aquellos años esta carrera francesa se disputaba por selecciones nacionales, cuestión que sin duda había ayudado a que el régimen la diera difusión y celebrara a bombo y platillo los triunfos de los corredores nacionales. Así es de curiosa esa etapa de la vida en que ni eres ya niño ni todavía adolescente con lo que juntas las costumbres de la infancia, como jugar a las chapas o a las canicas, con otros nuevos hábitos como ir detrás de las chicas.
Las chicas ocupan una de las alas del colegio, tenían profesoras y su propia directora, y todo estaba perfectamente compartimentado para que no fuera posible un encuentro casual entre los dos mundos, hasta el punto de que en verano las niñas se quedaban sin derecho a disfrutar de los cursillos de la piscina para dejar bien claro que su destino en el universo era bien distinto al de los varones y no tenían por qué desarrollar cuerpos atléticos, para ser madre, fregona y cocinera no es muy necesario…
En el exterior las cosas funcionaban de modo diferente, y las hormonas contribuían al acercamiento entre los dos mundos, así que se formaban grupetos en los que hermanas y hermanos eran acompañados por amigas y amigos y surgían diversos tipos de emparejamientos, unas veces forjados por compartir una misma ruta y otras por forzar la ruta a seguir.
Y el tiempo era el mismo para todos, y tenía la cualidad de poder medirse con un instrumento llamado reloj. Relojes los había por todas las partes y de todos los tipos. Estaban los relojes de carillón, como el que había en el edificio de la Dirección General de Seguridad, sita en la Puerta del Sol, kilómetro cero de Las Españas, lugar que según contaban era muy peligroso y donde se practicaba la tortura, relojes de fachada situados en la zona alta de los edificios emblemáticos de la ciudad, como en el de La Telefónica, gran construcción que se erige en el centro de una calle que fue fundada por un rey, Alfonso el Trece, y que se mereció una zarzuela inolvidable, la Gran Vía, prodigio técnico del Maestro Bretón que asignó a los números musicales de las calles que desembocaban en ella atributos humanos:
“Caballero de Gracia me llaman,
Y es que soy un tipo rompedor…”
Cantaba un barítono, y la Hermenegilda, que no se cortaba un pelo:
“Cuando yo vine aquí
De mi pueblo a servir
Lo primero que hacer aprendí
Fue a brujulear…”
Que significa usar ese instrumento basado en el campo magnético de la Tierra, en el que una aguja metálica imantada se obstina en marcar el norte, que tanto dio de sí para descubrir nuevos mundos y circunvalar el globo terráqueo, y también, por extensión, saber moverse en el medio donde tienes clavadas las posaderas para no estar todo el rato con ellas pegadas a la pared por lo que pudiera acaecer.
También tenemos el de péndulo, que en algunas versiones está provisto de un mecanismo adicional que abre una portezuela por la que sale un pajarito que dice “cu-cú” tantas veces como sea el número de la hora sobre la que quiere proporcionar información, y que tiene versiones más sofisticadas como el de la Plaza de San Marcos, en Venecia, del que sale toda una parafernalia vestida en plan renacimiento para lo mismo.
Toda esta reflexión venía a cuento de que por aquellos días me regalaron un reloj de pulsera, que de alguna manera era como si me dejaran tener el tiempo en mis manos… Y eso me hizo sentirme como un poco más mayor, como si tuviera en mí un poco de los carillones, de las fachadas, de los campanarios y de los pajarillos capaces de apreciar el tiempo.

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