miércoles, 4 de abril de 2012

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            DE CÓMO LA HISTORIA DE ROMA SE REPITE UNA Y OTRA VEZ.

            Supongo que no he hablado del medio de transporte más popular que se empleaba para recorrer la calle de Bravo Murillo por aquellos días, ya que la chiquillería acostumbrábamos a utilizar en nuestros desplazamientos por el barrio el tradicional “coche de San Fernando, unos ratitos a pie y otros andando…”, pero en ocasiones las mamás decidían que mejor que gastar la suela de los zapatos nos subiéramos todos al tranvía…
            El mencionado vehículo, del que todavía se puede disfrutar en ciudades como Lisboa, Ámsterdam o Milán, funciona mediante el uso de energía eléctrica, del mismo modo que el subterráneo metropolitano, uno de los polos está conectado a las vías o raíles y el otro a un cable o catenaria al que se conecta el transporte mediante una pértiga denominada trole. En su primera versión, a comienzos del siglo XX la tracción era mediante mulas, romántico Madrid en el que mi abuelo con su ros, pues era militar, cortejaba a mi abuela y la llevaba al Retiro en tranvía para pelar la pava.
 
            La calzada es un invento de los romanos y la longitud que estas tenían a partir del kilómetro cero, que no podía ser otro que el Foro de Roma, marcaba la extensión con que se iba acrecentando el Imperio…


            Costumbre que heredaron los descendientes de los celtíberos tras varios siglos de mezcla étnica, y, además de transformar el latín en varias fructíferas lenguas, clavaron un tocho de bronce en la Puerta del Sol de Madrid, con una placa que informa que allí está el kilómetro cero de las Españas y que se encuentra a 650 metros de altitud sobre el nivel del mar en Alicante, porque lo de la referencia del mar para indicar elevaciones relativas tiene lo suyo, sino que se lo digan a los de Panamá que tuvieron que construir un montón de esclusas para salvar el desnivel que existe entre el Pacífico y el Atlántico.

            Ya volveremos al tema del vehículo cuando hablemos de “el carterista”, de momento la mamá de Mari Aurora nos lleva a la tropilla en tranvía a las cercanías de la frontera norte del barrio y es una algarabía la que se forma a bordo aprovechando esos momentos en los que vuelas sobre los raíles de acero…

            El circuito que un filme realizaba a través de los diferentes cines, descendiendo cada vez un peldaño en calidad conceptual de la sala de proyecciones, permitía que si una cierta película te había gustado en su primer visionado pudieras volver a verla en de nuevo pocas semanas o pocos meses después en otra sala. Sería por esta razón que coincidimos una tarde con Terele y sus amigas en el cine Chamartín, porque no eran ellas la clase de muchachas que acostumbraran frecuentar esta sala, como ya dijimos uno de los escalones más bajos entre las salas del barrio.

            Pero "Siete Novias para Siete Hermanos", de Donen, merecía el riesgo de tal vez tener que sufrir alguna afrentosa experiencia en forma de grosero piropo o proposición. Así que cuando Terele y sus amigas nos vieron en la fila para comprar las entradas a las Auroras, madre e hija, a Rivas, a Pedro y a mí, vieron, como podría decirse, "el cielo abierto".  




            La familia de Terele era de las que vivían en los exteriores, en el primer piso o principal. Este apartamento y su gemelo especular eran los que pagaban un alquiler más alto por su situación exterior, ser un poco más grandes que los otros, tener el cuarto de baño incorporado y ser el primer piso. El orden decreciente del precio de alquileres se continuaba por los que tenían parte de exterior y parte de galería, hasta completo galería, siendo más baratos según se ascendía el nivel de piso, a excepción de los bajos que se igualaban con el último piso.
            Aunque las diferencias económicas no eran muy acusadas entre unos y otros alquileres si eran lo suficientes para que se considerara como prestigio el habitar en unos u otros apartamentos, en particular los que poseían aseo propio con los que lo tenían que compartir.
            Otro rasgo que daba clase a su familia era que fueron los primeros del edificio en poner teléfono, lo que les acarreaba múltiples molestias pues a diario recibían con motivo de alguna urgencia llamadas para algún convecino. Pero ellos lo llevaban con alegría pues a parte de su simpatía natural les permitía ser los mejor informados de toda la casa.
            Esa simpatía familiar la había heredado Terele que se llevaba muy bien con todos los habitantes del edificio, y de más joven podías encontrarla en cualquier apartamento excepto en el suyo. En particular frecuentaba mucho la casa de la señora Lucia que tenía viviendo con ella una sobrina de su misma edad. La casa y la galería, pues aunque en el mismo piso la señora Lucia ocupaba un apartamento interior. Este también era el piso donde moraban los Rivas, y mi amistad con Rivas y frecuentar también esa galería me permitió ver el primer papo peludo de mi vida: el de Terele, en el aseo comunitario, y comprobar con sorpresa que aunque en otras partes del cuerpo el vello sea de un cierto tono allí suele ser moreno y rizado.
            No puedo afirmar sin mentir que el visionado fuera del todo casual, pero si fue pura casualidad que en aquella ocasión ella se olvidara de echar el pestillo. En realidad no hubiéramos visto nada si ella no se hubiera enfadado, supongo que más con ella misma por el descuido que con nosotros, porque se encontraba de cuclillas en la taza turca y la posición ocultaba el lugar por donde salía el chorrillo, fue cuando se incorporó airada que nos mostró la pelambrera húmeda de orín y nosotros salimos corriendo galería adelante mientras escuchábamos un portazo a nuestras espaldas.
            Terele vivía con su madre y su tía, hermana de ésta, y era hija única de su madre, pero no así de su padre, quien tenía una buena prole en el pueblo de Córdoba donde habitaba con su familia. Pero de esto nos enteramos mucho más tarde, después de que muriera y empezaran a llegar los hijos con los pleitos de la herencia. Por aquellos años era para todos nosotros un viajante de comercio, lo que explicaba sus prolongadas ausencias, y se daba por supuesto que estaba casado con doña Concha, la madre de Terele.
            Tardaríamos varios años en enterarnos que era un señorito andaluz que poseía amplias extensiones de olivares, por su matrimonio con una rica hacendada,  una almazara para la transformación de las olivas, y una industria de manufacturación de aceites, cuya comercialización le daba ocasión para los continuos viajes, y alejarse de su auténtica familia . Y también se comentó que el caso de Terele no era único y que también tenía descendencia en Valencia y en alguna capital del cantábrico.
            En cualquier caso, obviando los temas afectivos, que allá cada cual con sus sentimientos, en materia económica la familia de Terele era la que mejor marchaba del edificio y la única que indefectiblemente salía todos los estíos de vacaciones hacia el mar, costumbre que todavía no estaba muy arraigada entre la población, aunque ya había comenzado el "boom turístico" mediante la intensa llegada de extranjeros a nuestras costas, que de año en año aumentaba de número, con gran alegría de nuestros gobernantes que veían así como se incrementaban las divisas.
            Lo que si acostumbraban las familias que procedían de pueblos era volver a la tierruca alguna temporada durante el verano, sino toda si al menos la prole, como era el caso de las familias de la portería, con lo que por una breve temporada quedaba más descongestionado el edificio.
            Terele también tenía tocadiscos, y discos de negro vinilo que giraban a 45 revoluciones por minuto. En particular le gustaba mucho escuchar la música de unos chicos que se denominaban el Dúo Dinámico y que cantaban unas canciones romanticoides: “Quince años tiene mi amor, linda y tierna como una flor…”, y ella que debía tener esa edad pues se sentía en cierto modo que se la estaban dedicando a ella y la ponía una y otra vez…

            La chica ya había terminado su etapa escolar y estaba estudiando contabilidad y secretariado en una academia particular, por parte de su madre más con el propósito de mantenerla entretenida hasta que tuviera la edad para ennoviarse y hacer un buen casorio que con el de hacer una oposiciones a banco, pero ella se tomaba muy en serio de lo sus estudios, y, como no se le daban muy bien los números, en ocasiones recurría mi para que le ayudara a comprender algún concepto matemático, pues mi fama de empollón estaba bastante difundida por el edificio, y de paso aprovechaba la ocasión para compartir la música y tener más compañía que la de su gata, un precioso ejemplar de Angora de gris pelaje que runruneaba al compás de la música cuando la acariciabas mientras con las uñas destrozaba el cuero del sofá de la madre de Terele. Varios de los convecinos tenían también gatos, pero asilvestrados, de los que te acompañan durante el día y por la noche se van a gozar su vida por los tejados…

            - Mi padre me ha regalado un disco con las canciones de la película -me decía Terele, que vestía un lindo vestido verde de falda ancha, al tiempo que lo ponía en la plataforma de la gramola.
            - Es una película bien linda, con mucho baile y mucha acción, ¡vaya puñetazos que se dan mientras están construyendo la casa! -comenté.
            - Es mu romántica -dijo ella-. Todas las chicas soñamos con tener novios tan ardorosos.
            Como tenían el tocadiscos en una mesa baja junto a la consola se tuvo que inclinar para colocar la aguja en el surco apropiado y se le levantó un poco la falda dejando ver parte del nacimiento de los muslos, así que me agaché un poco por si tenía ocasión de volver a visionar aquella zona que me resultó tan extraña y tan agradable de ver unos días atrás… Llevaba unas preciosas braguitas blancas, y con el embeleso me incliné un poco más… ¡Y me caí de la silla!
            Con el estruendo la gata salió petada maullando hacia la cocina y apareció la tía de mi amiga.
            - ¡Ah, pobre! - dijo al verme tirado por los suelos -. Es que los jóvenes no coméis lo suficiente para toda la actividad que desarrolláis, os voy a preparar una buena merienda -decía al tiempo que se acercaba a levantarme, mientras yo me daba la vuelta para que no se notara lo muy empalmado que estaba.  

            Tardaría bastante tiempo en conocer que el tema de la película era una versión musical y reubicada en el oeste norteamericano del tema clásico del rapto de las Sabinas por los Romanos, también llevado a la pintura por Gérard David, aunque tan sólo algunos días en que se me pasara la vergüenza de que la tía de mi amiga pudiera haberse dado cuenta de la embarazosa situación, y poco a poco me fuera haciendo entre música y música con todo el repertorio de braguitas de que disponía mi querida vecina, así como con todas las variantes de dulces que sabía elaborar su tía… y no me volví a caer de la silla.
 

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