martes, 3 de abril de 2012

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            DE LOS TRES MOSQUETEROS, EL CINE DE BELLAS VISTAS, PLANES DE DESARROLLO INDUSTRIAL, Y DE CÓMO TE VAN CAMBIANDO LA VIDA.

            Las diferencias entre la Escuela Pública y la Enseñanza Privada, y con ella el Bachillerato, se extendían hasta a la tarde de descanso que en el primer caso era los jueves y en el otro los sábados. Cuestión que no dejaba de fastidiar a los padres con hijos en los colegios públicos que en su tarde de asueto sabatina debían esperar el regreso de los infantes de la escuela mientras que los jueves las madres no sabían que hacer con ellos.
            Un recurso clásico era mandarlos al cine, si era posible acompañados por una vecina dispuesta al sacrificio, como en el caso de la señora Aurora, y sino llevarlos a la entrada y después volver a recogerlos cuando acabara la sesión.



            Seguro que fue un jueves cuando fuimos a ver a Cantinflas, en "Los Tres Mosqueteros", con Paco y su hermana, al cine Bellas Vistas, situado en la calle Francos Rodríguez, camino de la Dehesa de la Villa, de la que hablaremos en algún momento.
            La mayor parte de los cines habían sido edificados en los años treinta, algunos como teatros y conservaban conceptualmente esa configuración, entre otras cosas era imprescindible la presencia del telón, por lo general de recargado terciopelo, que cuando se corría lo único que dejaba ver era una pared pintada en blanco.

             Por lo que respecta a la familia de Paco, habitaba uno de los apartamentos de la segunda galería, justamente el situado encima de la familia de Rivas y estaba compuesta por él y su hermana, tres o cuatro años más joven.
            Su aspecto ya quedó descrito más adelante y su carácter, un tanto disperso, se le irá conociendo entre claros y oscuros mientras transcurra la travesía a través del 63.
            Paco además de vecino era un compañero de clase, aunque era un año mayor que yo debió de perder algún curso. La organización interna del colegio era un tanto peculiar, debido al modelo de enseñanza que se seguía, y en particular la clase de sexto que era su tope y era en la estábamos. Lo normal era que se hiciera primero con seis años, segundo con siete, tercero con ocho, cuarto con nueve, quinto con diez y sexto con once, con lo que aquella enseñanza acababa a los doce años y después se podía pasar a alguna escuela del tipo de Artes y Oficios donde se aprendía una profesión, o a alguna academia particular especializada para aprender administración. Pero lo normal también era que no se aprobaran todas las asignaturas del curso en un año y se tuviera que repetir la misma clase al año siguiente, lo cual cuando en algunos casos se producía una reiteración daba como resultado que en la clase de sexto se pudieran encontrar desde niños de once a  casos aislados de jóvenes de dieciséis, tope máximo permitido. De ahí a la p. calle sin Certificado de Estudios Primarios.

            Los profesores tenían cada uno su manera particular de impartir las clases y como afinidad de grupo tenían la de haber sido todos alféreces provisionales, peculiar graduación que se inventaron en el bando fascista para militarizar a los estudiantes, sintiéndose más o menos orgullosos de haberlo sido según sus propios instintos guerreros, o según les hubiera ido en el baile.

            Nunca pienses que un niño es un tronco muerto, más bien cada uno es una pequeña caja cargada de futuro, y cuando nos hacían cantar aquel himno falangista que termina “…que en España empieza a amanecer”, sintiendo la libertad con que nos movíamos en el patio durante el recreo, quemando toda la adrenalina que habíamos ido acumulando en las aulas, lo gritábamos con una intensidad de quien prevé un futuro muy distinto al sentido primigenio de la cancioncilla… 

            Uno de aquellos profesores se propuso influir en mi destino trazado de futuro administrativo, quizá bancario, y lo mismo que aquel fue el año del Primer Plan de Desarrollo Industrial, se ideó sobre mi un plan de desarrollo intelectual, pues mi padre fue convencido de que la patria iba a perder algo bueno si no se encaminaba mi espíritu hacia horizontes más amplios de aquellos que se podían abarcar con la enseñanza de aquella escuela. Me matricularon para hacer el examen de Ingreso en el Instituto Cardenal Cisneros.

            Más bailarín que guerrero Mario Moreno era un actor mexhicano que se inmortalizó en el celuloide con el alias de Cantinflas, interpretando el papel de un "rotito", que es como denominan por allá a los pobres de la calle, y haciendo las delicias de niños y mayores. 


            En la actualidad ha alcanzado la categoría de héroe nacional, y se puede ver la fecha de su muerte en las agendas anuario de Méxhico con la misma categoría que el asesinato de Emiliano Zapata o el nacimiento del Cura Hidalgo, lo mismo que en el video del Museo Nacional de Antropología cuando entra la gran escultura que representa a Tlaloc, dios de la lluvia, en la ciudad de Méxhico, la cámara le busca y le encuentra entre la multitud, bajo el gran aguacero con el que el ancestral dios festejaba su regreso a casa.

            Sus chistes eran inocentes y sencillos, como muestra este que pertenece a otra peli, “El bolero de Raquel” -bolero por aquella tierras significa limpiabotas-, y de alguna forma en su título se juega con la gran obra del músico impresionista Maurice Ravel, como en el chascarrillo con un tempo que se da a algunos movimientos de sinfonías clásicas, como el 2º de la 5ª de Beethoven, Andante con moto, de donde se pregunta Cantinflas: “Y, ¿cómo que si tiene moto, y cómo que se va andando?”

            Le acostumbraba a dirigir Miguel Delgado, con películas de bajísimo presupuesto, y llegó a identificarse tanto con su papel que fue capaz de exportarlo hasta obras maestras de la literatura como en el caso de "Los Tres Mosqueteros", de Alejandro Dumas, donde fue un particular D'Artagnan, un gascón de calzones caídos, aunque el papel que le daría fama internacional sería el del Picaporte de "La Vuelta al Mundo en Ochenta Días", de Julio Verne, en la versión cinematográfica dirigida por Michel Anderson, en 1956, que copó los principales premios Oscar, con David Niven como el apostador convertido en aventurero Phileas Fogg y Sirley McLaine en la Princesa india Aouda rescatada de la barbarie y transportada en brazos del amor hasta la civilización victoriana, que había visto el año anterior en un cine de la Gran Vía.

            Porque cuando salía alguna película de auténtico impacto, de esas de las que hablaba todo el mundo y que pasaban muchos meses en cartel en los cines de estreno era preciso bajar al centro. También era tradicional bajar al centro cuando había las rebajas de enero en los Grandes Almacenes, que ya se andaban ideando como conseguir un repunte de ventas en febrero elevando a san Valentín como patrono de los Enamorados, las Perfumerías y los Cosméticos.

            La obra de Dumas no deja de ser la ocasión de manifestar los clásicos cuatro caracteres del temperamento humano a través de una novela de capa y espada, que ya hiciera patente el gran pintor renacentista Albert Durero en su apostolado, y de hecho los tres mosqueteros son en realidad cuatro: Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan: “Todos para uno y uno para todos”.



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