lunes, 23 de abril de 2012

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            SOBRE UNA BALLENA MUY PARTICULAR, DON PEDRO DE ALVARADO Y DE COMO LA MALDAD SE PUEDE ENCONTRAR POR CUALQUIER LADO.

            La presencia del mal considerado como un ente concreto se personificaba en la gran ballena blanca que todo lo destruía: Moby Dick, basada en la gran novela de Herman Merville. La pudimos contemplar aquel otoño en la pantalla del cine Alvarado.

            Que recibía tan nombre por estar situado cerca de la calle de Alvarado, que también se la proporcionaba al barrio y a la estación de metropolitano cercana. Don Pedro de Alvarado fue uno de los conquistadores que acompañaron a Hernán Cortés en las jornadas de Méxhico, y de los que peor imagen han dejado entre propios y extraños. El hecho de que la calle se denomine tan sólo por el apellido ya dice algo…

            Se le considera como responsable de la llamada Noche Triste en que los aztecas se levantaron contra los españoles, con los que se iban llevando ten con ten, a causa de que ordenó una matanza indiscriminada de nativos en el Templo Mayor cuando le había dejado el mando Cortés.


            Y de forma directa, sin tener que recurrir a la Historia o al simbolismo de una ballena asesina, fuimos aprendiendo que el mal estaba y está por todas partes. El mal en forma de prepotencia casi nos impide asistir a la proyección.

            Los domingos por la tarde para lo que se denominaba sesión de las siete, que no tenía por qué coincidir puntualmente con la hora  establecida, sino que eran unas siete fluctuantes según la duración de la programación desde la seis hasta las ocho, se formaban grandes colas frente a las taquillas, en particular si la tarde estaba lluviosa, pues a los que habían tenido intención de ir al cine se unían los que teniendo en principio intención de pasear se lo repensaban y preferían disfrutar del calor de las salas a sufrir las inclemencias del tiempo.

            Aunque teníamos intención de ir a ver aquella tarde la película de Huston normalmente nos poníamos en las colas poco antes de que abrieran las taquillas ya que no teníamos especial interés en conseguir una buena localidad, cualquier sitio era bueno para nosotros, pero en aquella ocasión la lluvia nos dispuso en la fila pronto y estábamos de los primeros para conseguir las entradas. Además de Rivas y Paco nos acompañaba en aquella ocasión mi nuevo amigo de la academia Arturo.
            La fila estaba más o menos organizada en una línea recta hasta que se abrieron las taquillas, entonces, entre que se empezó a comprimir hacia la entrada y que se le fueron integrando los compañeros de los que guardaban el puesto, se fue transformando en una especie de batiburrillo informe y ondulante. Y, a rio revuelto ganancia de pescadores, que se dice, apareció aquel Policía Nacional uniformado que llevaba colgado del brazo a una mujer pelirroja de unos cuarenta y pico años, muy bien peinada y cubierta con un abrigo de paño negro, y con la disculpa de restablecer el orden en la fila se coló delante de nosotros, y lo hizo con tanta soltura que se notaba que era costumbre, lo que nos indignó, porque al fin y al cabo que se compraran dos localidades antes de conseguir las nuestras nos era indiferente, lo que encorajinaba era la desfachatez con que el supuesto agente del orden empleaba su uniforme para librarse de guardar cola.

            Y todos, excepto Arturo, siempre tan prudente, protestamos al unísono, y recibimos como respuesta por parte de aquel energúmeno la amenaza, mano alzada y en disposición de darnos una bofetada, acompañada de algunos comentarios sobre lo irrespetuosa que era la juventud. Paco no era de los que se quedaban callados y seguro que de no intervenir Arturo y darle la razón al energúmeno se hubiera pasado la tarde con un moflete caliente.
            En cierto sentido el ser un año mayor que nosotros le hacía considerarse un poco protector y permitió que se interpusieran entre el amenazante y los amenazados algunos usuarios ajenos al tema, por lo que casi nos quedamos sin localidades, de hecho nos tocó la última fila, la llamada “fila de los mancos”, porque en las sesiones románticas las manos de sus usuarios parecían desaparecer.

            A los pocos minutos de proyección ya estaba olvidado el incidente y viajábamos a bordo del Pequod en busca de ballenas, aunque se presentía que Gregory Peck - Capitán Acab con su cicatriz blanca, que le cruzaba la cara, más bien iba detrás de una venganza que iba a ser fatal para la mayoría de los navegantes según predijera un harapiento lunático en una de las primeras escenas: “…y sólo uno se salvará a bordo de un ataúd”.

            Por aquellas fechas, exactamente el 22 de noviembre, fue asesinado en Dallas el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, J. F. Kennedy, víctima de un complot que todavía no ha podido ser atribuido a nadie aunque se acusara como autor del magnicidio a un personajillo llamado Oswald que a su vez fue asesinado a los pocos días. Para diferentes hipótesis alternativas tenemos la película JFK.
           

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