SOBRE UNA BALLENA MUY PARTICULAR,
DON PEDRO DE ALVARADO Y DE COMO LA MALDAD SE PUEDE ENCONTRAR POR CUALQUIER
LADO.
La presencia del mal considerado
como un ente concreto se personificaba en la gran ballena blanca que todo lo
destruía: Moby Dick, basada en la gran novela de Herman Merville. La pudimos
contemplar aquel otoño en la pantalla del cine Alvarado.
Que recibía tan nombre por estar
situado cerca de la calle de Alvarado, que también se la proporcionaba al
barrio y a la estación de metropolitano cercana. Don Pedro de Alvarado fue uno
de los conquistadores que acompañaron a Hernán Cortés en las jornadas de
Méxhico, y de los que peor imagen han dejado entre propios y extraños. El hecho
de que la calle se denomine tan sólo por el apellido ya dice algo…
Se le considera como responsable de
la llamada Noche Triste en que los aztecas se levantaron contra los españoles,
con los que se iban llevando ten con ten, a causa de que ordenó una matanza
indiscriminada de nativos en el Templo Mayor cuando le había dejado el mando
Cortés.
Y
de forma directa, sin tener que recurrir a la Historia o al simbolismo de una
ballena asesina, fuimos aprendiendo que el mal estaba y está por todas partes. El
mal en forma de prepotencia casi nos impide asistir a la proyección.
Los domingos por la tarde para lo
que se denominaba sesión de las siete, que no tenía por qué coincidir
puntualmente con la hora establecida,
sino que eran unas siete fluctuantes según la duración de la programación desde
la seis hasta las ocho, se formaban grandes colas frente a las taquillas, en
particular si la tarde estaba lluviosa, pues a los que habían tenido intención
de ir al cine se unían los que teniendo en principio intención de pasear se lo
repensaban y preferían disfrutar del calor de las salas a sufrir las
inclemencias del tiempo.
Aunque teníamos intención de ir a
ver aquella tarde la película de Huston normalmente nos poníamos en las colas
poco antes de que abrieran las taquillas ya que no teníamos especial interés en
conseguir una buena localidad, cualquier sitio era bueno para nosotros, pero en
aquella ocasión la lluvia nos dispuso en la fila pronto y estábamos de los
primeros para conseguir las entradas. Además de Rivas y Paco nos acompañaba en
aquella ocasión mi nuevo amigo de la academia Arturo.
La fila estaba más o menos
organizada en una línea recta hasta que se abrieron las taquillas, entonces,
entre que se empezó a comprimir hacia la entrada y que se le fueron integrando
los compañeros de los que guardaban el puesto, se fue transformando en una
especie de batiburrillo informe y ondulante. Y, a rio revuelto ganancia de
pescadores, que se dice, apareció aquel Policía Nacional uniformado que llevaba
colgado del brazo a una mujer pelirroja de unos cuarenta y pico años, muy bien
peinada y cubierta con un abrigo de paño negro, y con la disculpa de
restablecer el orden en la fila se coló delante de nosotros, y lo hizo con
tanta soltura que se notaba que era costumbre, lo que nos indignó, porque al
fin y al cabo que se compraran dos localidades antes de conseguir las nuestras
nos era indiferente, lo que encorajinaba era la desfachatez con que el supuesto
agente del orden empleaba su uniforme para librarse de guardar cola.
Y todos, excepto Arturo, siempre tan
prudente, protestamos al unísono, y recibimos como respuesta por parte de aquel
energúmeno la amenaza, mano alzada y en disposición de darnos una bofetada,
acompañada de algunos comentarios sobre lo irrespetuosa que era la juventud.
Paco no era de los que se quedaban callados y seguro que de no intervenir
Arturo y darle la razón al energúmeno se hubiera pasado la tarde con un moflete
caliente.
En cierto sentido el ser un año
mayor que nosotros le hacía considerarse un poco protector y permitió que se
interpusieran entre el amenazante y los amenazados algunos usuarios ajenos al
tema, por lo que casi nos quedamos sin localidades, de hecho nos tocó la última
fila, la llamada “fila de los mancos”, porque en las sesiones románticas las
manos de sus usuarios parecían desaparecer.
A los pocos minutos de proyección ya
estaba olvidado el incidente y viajábamos a bordo del Pequod en busca de
ballenas, aunque se presentía que Gregory Peck - Capitán Acab con su cicatriz
blanca, que le cruzaba la cara, más bien iba detrás de una venganza que iba a
ser fatal para la mayoría de los navegantes según predijera un harapiento
lunático en una de las primeras escenas: “…y sólo uno se salvará a bordo de un
ataúd”.
Por
aquellas fechas, exactamente el 22 de noviembre, fue asesinado en Dallas el
Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, J. F. Kennedy, víctima de un
complot que todavía no ha podido ser atribuido a nadie aunque se acusara como
autor del magnicidio a un personajillo llamado Oswald que a su vez fue
asesinado a los pocos días. Para diferentes hipótesis alternativas tenemos la
película JFK.

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