martes, 24 de abril de 2012

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            DE LOS PATIOS DE VECINDAD, EL GIRASOL, LA GUITARRA ESPAÑOLA Y EL HOMBRE TRANQUILO.

            El padre de Pepe era “el pipero” del barrio y su casa estaba ubicada junto a la lechería. El pipero tenía un pequeño puesto ambulante, apenas unas patas abatibles y un cesto, provisto de diversas golosinas, bolsas de pipas de girasol y algún paquete de tabaco, que vendía cigarrillo a cigarrillo, pues su clientela no solía tener suficiente peculio para comprar un paquete entero. En las funciones mercantiles a veces le auxiliaba o sustituía su esposa, una señora un poco gruesa siempre vestida de negro, y junto al puestecillo siempre había dos sillas de enea que unas veces ocupaban los titulares y en otras algún vecino o vecina con ganas de pasar el rato platicando y entretenerles y entretenerse a la vez.
           
             Las pipas de girasol constituyen un maravilloso ocio alimenticio que devuelve por momentos a los humanos a su condición anterior de arborícolas consumidores de semillas, antes de que a nuestro ancestro bosquimano le diera por ponerse a caminar con toda su familia y sus parcas pertenencias, entre las que no olvidaría el fuego, regalo del Titán Prometeo, acto tan gratuito como encomiable por el que todavía anda arrastrando cadenas y parece que aún le queda un buen rato porque parece ser que es un castigo eterno otorgado por los envidiosos dioses griegos que no pueden aguantar como unos seres enquencles, vanidosos y llenos de defectos les traten de tú a tú y tengan la capacidad de ser mortales, siempre se envidia lo que no se puede tener…

            El padre de Pepe tenía una pata de palo, y una muleta, también de madera, y se le apodaba en el barrio como "El Cojo". Debían de vivir de una pensión de invalidez y lo del puesto de pipas era por tener un complemento y para entretener el tiempo. La pensión se la había concedido el Régimen después de un largo proceso de papeleos, y la pierna se la habían quitado en un momento, y seguro que con mucho dolor, los que estaban por la labor de instaurarlo durante uno de los bombardeos sobre Madrid, probablemente de “pavas” alemanas que hacían prácticas para lo que luego se llamaría “la guerra total”, es decir, matar a civiles inocentes para mermar la moral de los militares.

            Pepe había sido compañero en el colegio de Manolo A., pero lo había dejado el año anterior para comenzar a trabajar como aprendiz en la empresa de cristalería donde trabajaba Pedro Luis porque aunque corto siempre sería un otro que añadir a otro, y trabó una mayor relación con él y con su hermano Chano, que como ya dijimos era aficionado al boxeo, al que también lo era Pepe. Con lo comenzó a frecuentar el 93.

            Pepe no tenía cuerpo de atleta y vestido en pantalón corto lo único que tenía de púgil era la nariz torcida, pero esa ya la tenía así desde la niñez o tal vez desde que nació porque siempre se la conocimos así. Una buena cualidad para la lucha era el poseer una buena dosis de "mala leche", en parte heredada de su padre, que tenía fama de ello, aunque se decía que era a causa de ser cojo, y otra parte procedente de su medio ambiente.

           Lo mismo que el comenzó a frecuentar nuestra casa también nosotros empezamos a ir a la suya y allí hicimos varios descubrimientos…
          Ésta era más bien una chabola de planta baja, aunque de fábrica de ladrillo, que con otras de similar índole formaba un patio común al que también se abría el gabinete del retrete por fosa séptica, pues no estaban conectados con la red general de saneamiento que discurría bajo la calle frontera. Tampoco disponían las chabolas de agua corriente, teniendo la gente que recoger el agua de una fuente común con pila que también estaba en el patio, que era de tierra apisonada con algunas baldosas de cemento en las puertas de las diferentes viviendas y unos reguerillos de teja dispuesta boca abajo que confluían en un sumidero común conectado mediante tubería enterrada con la fosa séptica.
         El primer descubrimiento fue que a su padre le encantaban los animales y que tenía un precioso can de pelaje canela hijo de mil razas que seguramente recogió del arroyo, que como él tenía un problema en una de sus patas traseras, y que campaba a su libre albedrió por el patio común y que lamía con cariño al primero que le hiciera una caricia.
                            
           Otro fue la guitarra… Una preciosa guitarra española de seis cuerdas.
          La guitarra es un instrumento musical invento de los árabes, que tiene una caja de resonancia de madera, un mástil y unas cuerdas tensadas a las que se hace vibrar… y si las tañen con tiento suenan a maravilla. En principio tenía cuatro cuerdas y se llamaba vihuela, y así la escucharía Garcilaso de la Vega mientras le componía liras a la Hermosa Flor de Gnido, anticipando con su estrofa que el instrumento necesitaba una cuerda más:
            “Si de mi baxha lira
            Tanto pudiere el son, que en un momento
            Aplacase la ira del
            Animoso viento,
            Y la furia del mar y el movimiento…”

           Pero tuvo que pasar un siglo hasta que un malagueño llamado Vicente Espinel se le ocurrió añadirle otra, llamada prima, afinada en la nota Mi, logrando todo un dispendio de sonidos. El susodicho era más bien un poeta, se cuenta que maestro de Lope de Vega, lo que ya es mucho, sin duda, y puestos a inventar también lo hizo de una nueva estrofa poética castellana que se denomina décima o espinela, en su honor.

            “Admirose un portugués
            De ver que en su tierna infancia
            Todos los niños de Francia
            Supieran hablar francés.
            Arte diabólico es,
            Dijo torciendo el mostacho
            ¡Que para hablar el gabacho
            Un fidalgo en Portugal
            Llega a viejo y lo habla mal
            Y aquí lo parla un muchacho!”

            Para darle la universalidad que el instrumento merecía se le ocurrió a alguien llamado Jacob Otto, pasados otros cien años, que seguro que no era sevillano, por el nombre, digo, añadirle una sexta cuerda, denominada bordón, y también afinada en Mi.
“¡Voila, la maravilla!”

            No se sabe muy bien cómo llegó a las manos de Pepe aquella linda guitarra, si por ahorros del padre o por regalo de algún posible padrino, figura que estaba muy al día, el caso es que mi amigo tocaba con bastante soltura algunos temas populares y nos hacía participar de sus conocimientos a los colegas dejando que la tuviéramos en nuestro regazo por algún rato.

“Guitarra del mesón de los caminos
No fuiste nunca ni serás poeta…”
Que cantara don Antonio Machado
 
            No es de extrañar que cuando supo que se proyectaba "Un Hombre Tranquilo", de John Ford, en el cine Sorrento, protagonizada por su actor favorito, de John Ford  y de Pepe, John Wayne, nos invitara a acompañarle, aunque cada cual debía de pagarse su respectiva entrada… Amigos pero no revueltos, no estaban las economías para esos dispendios.

            Tal vez recordemos más a los dos Johnes por sus películas del oeste, donde llegaron a formar un tándem tan magnífico como repetido hasta la saciedad, desde aquella "Diligencia" que se puso en marcha en 1939 hasta que nos informaron de quien fue "El Hombre que mató a Liberty Valance" ya a punto de jubilarse en el 63. Pero ninguno de los dos fueron cineastas que se encasquillaran en un único género, sino que por el contrario llegaron a tocarlos todos, o casi todos.

          Ésta, rodada en color, que visionamos aquella tarde de un domingo primaveral protagonizada por Wayne y teniendo como partener a la bellísima Maureen O'Hara iba más bien de un canto al pacifismo aunque acabara como el mismísimo Rosario de la Aurora. Está ambientada en Irlanda, y cuando te metes en un patatal lo más probable es que el barro te salpique por todos lados, es decir, que mucho amor que le pongan los protagonistas un matrimonio entre un gringo protestante y una católica irlandesa siempre será problemático. Demuestra que a veces el aserto de que “para que dos no riñan basta con que uno no quiera” tiene ciertos puntos de fragilidad y no siempre se cumple, y que a Ford la misoginia le surge tan natural como en la poetisa Safo el lesbianismo.

            Para Ford el tema irlandés es recurrente a lo largo de su larga carrera, no en vano la primera película que le dio un Oscar, El Delator, en 1935, tiene su acción situada allí, aunque esté íntegramente rodada en estudio californiano. Un precioso blanco y negro, lleno de brumas en el exterior y de luminosidad en los espacios cerrados, recrea un idealizado Dublín que es más de la sangre que corre por sus venas que de cualquier posible realidad. En ella aparece también por vez primera uno de sus personajes favoritos: La prostituta buena, que sólo encuentra en esta profesión una forma circunstancial de ganarse la vida en espera de encontrar al ángel bueno que la saque de la calle y al que pueda dedicar por entero su existencia y su amor. En el caso de La Diligencia, aunque no ya sin alas… ni tan siquiera caballo, aparece en la forma del mítico vaquero John, pero en el caso de un delator, un boqueras, para entendernos, que siempre será uno de los más odiosos roles que puede desempeñar un ser humano, la cosa está mucho más chunga, y aunque éste muera dentro de una iglesia y pidiéndole perdón a la madre del delatado no queda muy claro el destino final de la muchacha, ya que utilizada en cuerpo por babosos medio hombres, ¿por qué no también usada como despojo por unos guionistas y un director misóginos?

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