DE LOS PATIOS DE VECINDAD, EL GIRASOL,
LA GUITARRA ESPAÑOLA Y EL HOMBRE TRANQUILO.
El padre de Pepe era “el pipero” del
barrio y su casa estaba ubicada junto a la lechería. El pipero tenía un pequeño
puesto ambulante, apenas unas patas abatibles y un cesto, provisto de diversas
golosinas, bolsas de pipas de girasol y algún paquete de tabaco, que vendía
cigarrillo a cigarrillo, pues su clientela no solía tener suficiente peculio
para comprar un paquete entero. En las funciones mercantiles a veces le
auxiliaba o sustituía su esposa, una señora un poco gruesa siempre vestida de
negro, y junto al puestecillo siempre había dos sillas de enea que unas veces
ocupaban los titulares y en otras algún vecino o vecina con ganas de pasar el
rato platicando y entretenerles y entretenerse a la vez.
Las pipas de girasol constituyen un
maravilloso ocio alimenticio que devuelve por momentos a los humanos a su
condición anterior de arborícolas consumidores de semillas, antes de que a
nuestro ancestro bosquimano le diera por ponerse a caminar con toda su familia
y sus parcas pertenencias, entre las que no olvidaría el fuego, regalo del
Titán Prometeo, acto tan gratuito como encomiable por el que todavía anda
arrastrando cadenas y parece que aún le queda un buen rato porque parece ser
que es un castigo eterno otorgado por los envidiosos dioses griegos que no
pueden aguantar como unos seres enquencles, vanidosos y llenos de defectos les
traten de tú a tú y tengan la capacidad de ser mortales, siempre se envidia lo
que no se puede tener…
El padre de Pepe tenía una pata de
palo, y una muleta, también de madera, y se le apodaba en el barrio como
"El Cojo". Debían de vivir de una pensión de invalidez y lo del
puesto de pipas era por tener un complemento y para entretener el tiempo. La
pensión se la había concedido el Régimen después de un largo proceso de
papeleos, y la pierna se la habían quitado en un momento, y seguro que con
mucho dolor, los que estaban por la labor de instaurarlo durante uno de los
bombardeos sobre Madrid, probablemente de “pavas” alemanas que hacían prácticas
para lo que luego se llamaría “la guerra total”, es decir, matar a civiles
inocentes para mermar la moral de los militares.
Pepe había sido compañero en el
colegio de Manolo A., pero lo había dejado el año anterior para comenzar a trabajar
como aprendiz en la empresa de cristalería donde trabajaba Pedro Luis porque
aunque corto siempre sería un otro que añadir a otro, y trabó una mayor
relación con él y con su hermano Chano, que como ya dijimos era aficionado al
boxeo, al que también lo era Pepe. Con lo comenzó a frecuentar el 93.
Pepe no tenía cuerpo de atleta y
vestido en pantalón corto lo único que tenía de púgil era la nariz torcida,
pero esa ya la tenía así desde la niñez o tal vez desde que nació porque
siempre se la conocimos así. Una buena cualidad para la lucha era el poseer una
buena dosis de "mala leche", en parte heredada de su padre, que tenía
fama de ello, aunque se decía que era a causa de ser cojo, y otra parte
procedente de su medio ambiente.
Lo mismo que el comenzó a frecuentar
nuestra casa también nosotros empezamos a ir a la suya y allí hicimos varios
descubrimientos…
Ésta era más bien una chabola de
planta baja, aunque de fábrica de ladrillo, que con otras de similar índole
formaba un patio común al que también se abría el gabinete del retrete por fosa
séptica, pues no estaban conectados con la red general de saneamiento que
discurría bajo la calle frontera. Tampoco disponían las chabolas de agua
corriente, teniendo la gente que recoger el agua de una fuente común con pila
que también estaba en el patio, que era de tierra apisonada con algunas
baldosas de cemento en las puertas de las diferentes viviendas y unos
reguerillos de teja dispuesta boca abajo que confluían en un sumidero común
conectado mediante tubería enterrada con la fosa séptica.
El primer descubrimiento fue que a
su padre le encantaban los animales y que tenía un precioso can de pelaje
canela hijo de mil razas que seguramente recogió del arroyo, que como él tenía
un problema en una de sus patas traseras, y que campaba a su libre albedrió por
el patio común y que lamía con cariño al primero que le hiciera una caricia.
Otro fue la guitarra… Una preciosa
guitarra española de seis cuerdas.
La guitarra es un instrumento
musical invento de los árabes, que tiene una caja de resonancia de madera, un
mástil y unas cuerdas tensadas a las que se hace vibrar… y si las tañen con
tiento suenan a maravilla. En principio tenía cuatro cuerdas y se llamaba
vihuela, y así la escucharía Garcilaso de la Vega mientras le componía liras a
la Hermosa Flor de Gnido, anticipando con su estrofa que el instrumento
necesitaba una cuerda más:
“Si de mi baxha lira
Tanto pudiere el son, que en un
momento
Aplacase la ira del
Animoso viento,
Y la furia del mar y el movimiento…”
Pero tuvo que pasar un siglo hasta
que un malagueño llamado Vicente Espinel se le ocurrió añadirle otra, llamada prima,
afinada en la nota Mi, logrando todo un dispendio de sonidos. El susodicho era
más bien un poeta, se cuenta que maestro de Lope de Vega, lo que ya es mucho,
sin duda, y puestos a inventar también lo hizo de una nueva estrofa poética
castellana que se denomina décima o espinela, en su honor.
“Admirose un portugués
De ver que en su tierna infancia
Todos los niños de Francia
Supieran hablar francés.
Arte diabólico es,
Dijo torciendo el mostacho
¡Que para hablar el gabacho
Un fidalgo en Portugal
Llega a viejo y lo habla mal
Y aquí lo parla un muchacho!”
Para darle la universalidad que el
instrumento merecía se le ocurrió a alguien llamado Jacob Otto, pasados otros
cien años, que seguro que no era sevillano, por el nombre, digo, añadirle una
sexta cuerda, denominada bordón, y también afinada en Mi.
“¡Voila, la
maravilla!”
No se sabe muy bien cómo llegó a las
manos de Pepe aquella linda guitarra, si por ahorros del padre o por regalo de
algún posible padrino, figura que estaba muy al día, el caso es que mi amigo
tocaba con bastante soltura algunos temas populares y nos hacía participar de
sus conocimientos a los colegas dejando que la tuviéramos en nuestro regazo por
algún rato.
“Guitarra del
mesón de los caminos
No fuiste nunca
ni serás poeta…”
Que cantara don
Antonio Machado
No es de extrañar que cuando supo
que se proyectaba "Un Hombre Tranquilo", de John Ford, en el cine Sorrento,
protagonizada por su actor favorito, de John Ford y de Pepe, John Wayne, nos invitara a
acompañarle, aunque cada cual debía de pagarse su respectiva entrada… Amigos
pero no revueltos, no estaban las economías para esos dispendios.
Tal vez recordemos más a los dos
Johnes por sus películas del oeste, donde llegaron a formar un tándem tan
magnífico como repetido hasta la saciedad, desde aquella "Diligencia"
que se puso en marcha en 1939 hasta que nos informaron de quien fue "El Hombre
que mató a Liberty Valance" ya a punto de jubilarse en el 63. Pero ninguno
de los dos fueron cineastas que se encasquillaran en un único género, sino que
por el contrario llegaron a tocarlos todos, o casi todos.
Ésta, rodada en color, que visionamos
aquella tarde de un domingo primaveral protagonizada por Wayne y teniendo como
partener a la bellísima Maureen O'Hara iba más bien de un canto al pacifismo
aunque acabara como el mismísimo Rosario de la Aurora. Está ambientada en
Irlanda, y cuando te metes en un patatal lo más probable es que el barro te
salpique por todos lados, es decir, que mucho amor que le pongan los
protagonistas un matrimonio entre un gringo protestante y una católica
irlandesa siempre será problemático. Demuestra que a veces el aserto de que “para
que dos no riñan basta con que uno no quiera” tiene ciertos puntos de fragilidad
y no siempre se cumple, y que a Ford la misoginia le surge tan natural como en
la poetisa Safo el lesbianismo.
Para Ford el tema irlandés es
recurrente a lo largo de su larga carrera, no en vano la primera película que
le dio un Oscar, El Delator, en 1935, tiene su acción situada allí, aunque esté
íntegramente rodada en estudio californiano. Un precioso blanco y negro, lleno
de brumas en el exterior y de luminosidad en los espacios cerrados, recrea un
idealizado Dublín que es más de la sangre que corre por sus venas que de
cualquier posible realidad. En ella aparece también por vez primera uno de sus
personajes favoritos: La prostituta buena, que sólo encuentra en esta profesión
una forma circunstancial de ganarse la vida en espera de encontrar al ángel
bueno que la saque de la calle y al que pueda dedicar por entero su existencia
y su amor. En el caso de La Diligencia, aunque no ya sin alas… ni tan siquiera
caballo, aparece en la forma del mítico vaquero John, pero en el caso de un
delator, un boqueras, para entendernos, que siempre será uno de los más odiosos
roles que puede desempeñar un ser humano, la cosa está mucho más chunga, y
aunque éste muera dentro de una iglesia y pidiéndole perdón a la madre del
delatado no queda muy claro el destino final de la muchacha, ya que utilizada
en cuerpo por babosos medio hombres, ¿por qué no también usada como despojo por
unos guionistas y un director misóginos?

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