DE UN PUENTE SOBRE UN RIO MUY LEJANO
Y SOBRE LA DIGNIDAD HUMANA.
No debió de traerle buenos recuerdos
a mi padre "El Puente sobre el río Kwai", de David Lean, pues el
había sido prisionero de guerra, y es el tema que trata la película, o más bien
el de la dignidad del hombre en cualquier situación, y en caso extremo como
prisionero. También es posible que pensara que más importante que ganar una
guerra es vencer en la paz, es decir, convencer en el empeño de un proyecto
común.
Casi todos los vecinos, como de
clase obrera que eran, habían sido
partidarios del bando republicano y los que habían estado en edad de ello
habían participado activamente en la lucha, pero era aquel un tema de conversación
que no solía tratarse, lo primero porque estaba prohibido hablar de política y
lo segundo porque no eran gratos recuerdos y en general iban asociados a la
idea de hambre y escasez.
Las excepciones más señaladas eran
el padre de Manolo A., y "el Brigada",
aunque este último en realidad no era vecino del 93 sino que aunque viviera en
casa de Eulalia su domicilio, su esposa y su familia estaban en otra parte.
Eulalia, su señora madre y "el Brigada" ocupaban uno de los
exteriores del tercer piso. Las dos mujeres se llevaban muy bien con el resto
de los vecinos, y en cuanto a él desempeñaba a la perfección el papel de
visita, es decir que no tenía tratos con nadie, saludaba cortésmente a
cualquiera con quien se cruzara en las escaleras o el portal pero no trababa
conversación con ninguno, incluida la portera.
Tenía, en efecto, la graduación de
brigada del ejército de tierra, y servía en el arma de intendencia,
probablemente en oficinas, porque solía llegar vestido de uniforme a la hora de
la comida y ya no volvíamos a verle a no ser en compañía de Eulalia, ya tarde y
vestido de paisano.
Eulalia era una mujer muy guapa,
tendría entonces como unos cuarenta años pero, como se cuidaba mucho y sabía
vestir con buen gusto, aparentaba menos. La madre salía poco de casa porque,
como ella misma decía, sentía vergüenza de la situación en que las circunstancias
la habían puesto.
- Cada uno vive en su casa como
puede y el que no tiene un problema tiene ciento - le decían las otras vecinas,
entre ellas mi madre, para animarla, pero ella era incapaz de vencer su
pertinaz vergüenza y procuraba evitar a los otros.
La hija sí que mostraba desenvoltura
y hablaba mucho con las vecinas, en particular con la madre de Mariluz, que
como era modista la llevaba cortes de vestido regalados por "el
Brigada" y le pagaba su trabajo en especie, por lo general alimentos sacados del
economato militar, que bien le servían para completar la alimentación de la
familia.
Siguiendo el hilo del militarismo,
como literatura ilustrada disponíamos de los tebeos, que por el área
anglosajona se denominan comic, como ya también por aquí, y eran abundantes los
que versaban sobre temas guerreros: Hazañas Bélicas, con argumentos procedentes
de la 1ª y 2ª guerra mundial (roguemos por que no haya una tercera); El Capitán
Trueno, con un héroe cristiano medieval desfaciendo entuertos por los cinco
continentes; El Jabato, en lucha contra Roma por la independencia patria… por
sólo citar algunos. Y el caso es que la palabra de donde provenía el término
era de una publicación de lo más inocente denominada TBO, con historietas
bastante pueriles en su mayoría. Para las niñas también había publicaciones
específicas llenas de hadas, romanticismo edulcorado y glamour, supongo… porque
nunca leí ninguna, ya que estaba mal visto que las ojearan los chicos, puesto
que militarismo y machismo eran dos conceptos que iban bastante unidos por la
época.
Y creo que ya es llegado el momento
de explicar por qué numeré al edificio como el 93, cuando podía haber utilizado
cualquier dígito para un edificio inhabitado por personas que sólo residen en
mis sueños de adolescente, y por qué se nombra a un Hugo que ya hacía muchos
lustros que nos había dejado…
O… ¿lo dejo para más tarde?
Víctor Hugo pasó parte de su
infancia en Madrid estudiando en un colegio que hoy lleva su nombre, sito en la
plaza de Santa Bárbara (bendita, patrona de los mineros… Mira Maruxiña, mira
como vengo yo), y escribió entre otras una hermosa novela que tituló “El 93”,
porque sucedían los hechos que describía en 1793, año de profundas convulsiones
por la Francia…
Pero volvamos a la película.
Al final el dichoso puente vuela por
los aires y todo el trabajo se va al garete, al fin y al cabo como una
referencia a los mitos de los Titanes, los humanos y las humanas somos así:
siempre tejiendo y destejiendo una tela que nunca tiene fin…
El gran actor Alec Guiness, como muy
digno jefe de los soldados ingleses prisioneros de los japoneses en las selvas
de Indonesia, lleva sobre sus rectas espaldas el peso de la interpretación, y
se le nota que le duele bastante la destrucción de su obra de ingeniería
porque, al fin y al cabo, la obra bien ejecutada tiene un valor por sí misma, y
cualquier puente debería servir para tender lazos afectivos y no para
distanciar a los pueblos.
Aunque la acción se desarrolla en
Asia la vimos proyectarse en el cinema Europa como en un juego de continentes.
El tal cine formaba parte de un soberbio edificio proyectado por el gran
arquitecto Gutiérrez Soto, al que también se deben algunos de los más
emblemáticos cines de la Gran Vía. Proyectista de muchas cuerdas, también es
autor del Ministerio del Aire, en un estilo neo herreriano de dudoso gusto,
supongo que por adaptarse al nefasto idem de quienes le hicieron el encargo, y
de varios edificios para apartamentos en los que demostró mucha solvencia en el
tratamiento de las unidades residenciales.
Durante la Guerra Civil fue la sede
de las Juventudes Libertarias, el cine, digo, y se cuenta que en él murió el
conocido anarquista Buenaventura Durruti tras ser tiroteado, parece ser que por
fuego amigo de desertores, en la cercana avenida de la Reina Victoria, que a la
sazón se denominaba Paseo de Ronda, por haber sido en tiempos parte de la
muralla que rodeaba Madrid.

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