SOBRE UNA TARDE MUY LARGA LLENA DE
REVELACIONES, EN LA QUE HUBO DE CASI TODO, Y DE LO FRÁGIL QUE ES EL DEVENIR HUMANO.
A veces nos acompañaba en nuestros
paseos hasta el Cerro de los Locos, a Quique y a mí, Susete. Suso pertenecía a
la generación de Chano, el hermano menor de Pedro Luis, pero su naturaleza
enfermiza no le permitía seguirle en sus aficiones deportivas violentas, pues
Chano lo mismo se dedicaba una temporada a boxear que otra a la lucha
grecorromana siguiendo el ejemplo de Panito, y así unas veces andaba con los de
la generación de Quique y otras con los de Pedro Luis, y siempre estaba
dispuesto a acompañar a cualquiera al cine. Tampoco acababa de encontrar un
acomodo en la vida, unas veces estudiaba y otras hacia algún trabajo temporal,
pero era fácil encontrarse con él en los billares mirando como jugaban otros o
bien sentado en la galería leyendo una novela del oeste o policiaca. Pues vivía
en la misma galería que Lolita y Paco.
A pesar de haberle visto muchas
veces en la galería nunca había intimado con él hasta que mi amistad con Quique
y nuestra afición de pasear hasta la
Dehesa nos relacionó. De esta manera fuimos alguna vez juntos
al cine, en una ocasión a ver "El Hombre del Brazo de Oro" en el cine
Murillo. Recuerdo aquella tarde de forma nítida porque me impresionó la
película, por lo que pasó en el tranvía, por el lugar a donde me llevó después
Suso y por ser la última vez que le vi con vida.
Algunas familias están marcadas por
el signo de la tragedia. Así en cada generación alguno de sus miembros moría
con mayor o menor gloria de una muerte anticipada. A una tía de Suso le dieron
el paseo los fascistas poco después de acabar la guerra civil, fue una de las
denominadas “Trece Rosas”, acontecimiento sobre el que se ha realizado una película,
y él murió en la flor de la edad, antes de cumplir los veinte años. Pero vayamos con orden.
Lo de tomar el tranvía fue porque
mientras subíamos hacia Bravo Murillo nos encontramos con Panito, que iba a
buscar a su novia, que vivía por encima de la Plaza de Castilla, en unas casas
construidas para los tranviarios, que era la ocupación del padre de ella, en la
prolongación del Paseo de la Castellana, y como proveía de bonos a su futuro
yerno nos invitó a que le acompañáramos un tramo del trayecto, ya que el cine
se encontraba como a la mitad del camino.
Era una tarde de sábado, día de
cobro en un tiempo que solían recibir el parco salario los trabajadores por
semana, y momento en que los “carteristas” aprovechaban a hacer su “agosto”,
porque tras de recibir la paga quien más y quien menos se tomaba unas copas con
los compañeros para alegrarse la vida, que en lo cotidiano era bastante gris, y
más de uno regresaba a su casa un poco achispado y distraído en la escusa que
le iba a poner a la parienta por su tardanza en el regreso.
El vehículo no iba de bote en bote
pero si lo bastante lleno para que no pudiéramos tomar asiento y para que la
promiscuidad entre los pasajeros fuera bastante estrecha. La habilidad de “el
carterista” consistía desde los mismísimos tiempos de Oliver Twist en que
sustraía la cartera del primo de turno y se la pasaba con presteza a su
cómplice, que solía ser del género femenino, y bien dotada, y se la colocaba
entre los senos por si acaso la acción no se lograba con el disimulo apetecido
y se llevaba a cabo un registro que se cortaran un poco en la investigación.
Mientras hablábamos de cuestiones
intrascendentes de pronto la atención de Panito se desvió del grupo de amigos
y… mientras con una mano sujetaba férreamente la muñeca de un malencarado pasajero con la otra alzaba en el aire una
cartera de bolsillo mientras gritaba:
- ¡¿A alguien se le ha caído esto?!
- ¡Suelte a mi marío, malasangre!
-exclamó una mujer.
Un hombrecillo que estaba a nuestro
lado miraba el cuero que revoloteaba en la mano de Panito mientras se palpaba
el bolsillo trasero del pantalón; el conductor, ante el barullo frenaba
bruscamente el tranvía para enterarse de lo que pasaba; todos nos fuimos un
poquito hacia delante y un poquito para atrás, como si fuéramos una colección
de grotescos Don Bartolillos; un inspector que andaba revisando billetes intentó abrirse paso hasta nuestros
grupo dando gritos y empujones; alguien tiró de la palanca de alarma; las
puertas del vehículo se abrieron; una pareja salió espetá hacia la calzada…
Todo fue muy rápido… Cuando al día
siguiente comentamos la aventura con los colegas del barrio la reputación de
nuestro héroe particular ascendió desde las nubes a la estratosfera.
La película, realizada por el
austriaco afincado en Norteamérica Otto Preminger en 1955, me desveló la
existencia de un mundo del que nunca había tenido noticias: la droga. Frank
Sinatra actúa de morfinómano, aunque tampoco le hace ascos a la heroína, además
de cómo un magnífico baterista de jazz, y parece cosa de brujería que se les
escapara a la censura, aunque tal vez la versión que visionamos en aquella
ocasión estaba tan llena de cortes que podía haber pasado como un musical.
Basada en una novela homónima de Nelson Algren parece como un compendio o enciclopedia
de los diversos vicios a los que está expuesta la condición humana. El
personaje interpretado por Sinatra está casado con el que interpreta Eleanor
Parker, que se finge inválida para tenerle controlado. Aparece una exnovia del
frustrado baterista, Kim Novak, reina del erotismo de glamur en aquellos años,
que le alienta para que siga sus inclinaciones musicales, para conseguir dinero
con que formar su gran banda de jazz. “El hombre del brazo de oro” se ve
involucrado en una serie de partidas amañadas de cartas que dirige el marido de
la Novak, hay algún asesinato, recaídas en el consumo de drogas… y después de
diversas vicisitudes cuando consiguen quedarse solos y limpios los
protagonistas el censor corta con un fundido en negro el beso con que van a
sellar una nueva vida…
Kim Novak le debía de haber puesto
caliente a Suso, porque hablando de vicios nos reveló que el suyo eran las
mujeres y que sabía donde conseguir desfogarse por poco dinero.
- Sería mejor que no me acompañaseis
porque el espectáculo no será muy edificante para vosotros.
A mi me picaba la curiosidad, no una
curiosidad malsana de ver el acto en si, sino una curiosidad de conocimiento de
algo desconocido en aquella tarde tan llena de develaciones.
Se estaban construyendo por entonces
unos grandes edificios junto al paseo de la Castellana, cuya
fachada daría a una calle, todavía inexistente, que se llamaría del Pintor Juan
Gris, y entre montañas de escombros y arena de miga y la atenta supervisión de
sus chulos respectivos algunas mujeres ejercían la profesión más antigua en
unas condiciones higiénicas lamentables…
Suso murió en el hospital, no quedó
claro a causa de que enfermedad, y desde él fue trasladado al cementerio, por
lo que el suyo no fue un entierro del 93. Los entierros en el edificio eran
todo un acontecimiento, comenzando por el velatorio del cadáver, pues todos los
miembros de la comunidad se sentían partícipes y se sentían con la
responsabilidad de acompañar a la familia del fallecido en tan grave trance.
Como también venían familiares, allegados y conocidos, y dado el tamaño de los
apartamentos del 93 los duelos se prolongaban por las escaleras y galerías y
hasta los apartamentos colindantes se abrían como prolongación del velorio.
Morir es un evento como el nacer, y lo otro lleva a lo uno, y por lo tanto
digno de tener las mismas celebraciones.

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