sábado, 14 de abril de 2012

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            DE VARIAS TRAMAS POLITICAS CON EL METROPOLITANO COMO CENTRO.

            Grande pero más antiguo era el Metropolitano, en realidad un teatro reconvertido. Y presenciar en uno de sus palcos "El Hombre que sabía demasiado", era como estar incluido en su escena primera y final. Que su tema fuera la "Guerra Fría" era algo que a los muchachos parecía no importarnos... Para nosotros era algo muy lejano, aunque el año anterior con la crisis de los misiles en Cuba se había conseguido dar a la opinión pública la sensación de que nos encontrábamos en puertas de la tercera guerra mundial. Porque así, como ya he dicho, de política interna no hablaba nadie, aunque críticas más o menos veladas al régimen si que se hacían, en particular en forma de chistes, de política internacional cada cual estaba dispuesto a dar una más o menos disparatada opinión.
            El principal foco difusor de chistes en el 93 era el señor Juan, el "ebanista", por su profesión, que sucesivamente pasaría a ser apodado "el terrorista", cuando fue detenido años después por participar en una huelga y ser acusado de sabotaje, y finalmente el "comunista", cuando fue amnistiado con la llegada de la democracia, cuando en realidad el era un anarcosindicalista, que había militado desde siempre en la Confederación Nacional del Trabajo.


            Por supuesto que los chascarrillos no se los contaba a la chiquillería, entre otras cosas porque siempre resultó ser una persona muy respetuosa con todo el mundo, y además ciertas formas de humor podían ser denunciables y llevar al presunto gracioso a la trena. Como cuando una piedra cae en el centro de una laguna y la onda que provoca se va expandiendo poco a poco hasta llegar a la orilla, así nos llegaban los ecos de algunos.

“Un profesor en una escuela pública les da como deberes a sus alumnos investigar de que manera funciona el país.
Por la tarde al llegar a casa unos de los niños pregunta:
- ¿Papá, como funciona un país?
- Te lo voy a explicar con un ejemplo, coge tu cuaderno y escribe:
Mi papá es el gobierno, porque en casa manda el.
Mi mamá es la ley, porque ella impone el orden.
Mi abuela es la prensa, porque está enterada de todo.
La empleada es el pueblo, porque hace el trabajo duro…
y el niño dice…
 - Y yo soy la juventud y mi hermanito es ¡la esperanza del mañana!
- ¡Ahí está!, ya tienes tu tarea resuelta.

A media noche, el niño se levanta al baño y escucha ruidos en el cuarto de servicio y sorprende a su padre en la cama de la señora de la limpieza.
Asustado corre al cuarto de su madre y la encuentra dormida…
Va a la habitación de su abuelita, pero esta se encuentra escuchando un serial radiofónico y no le hace ni caso...
Al volver a su habitación encuentra a su hermanito con el pañal sucio y exclama con asombro:
- Ahora entiendo todo!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
¡El gobierno jode al pueblo,
mientras la ley duerme como un tronco.
La prensa pierde el tiempo en tonterías,
la juventud deambula desorientada y nadie le hace caso…
y la esperanza del mañana esta de mierda hasta el cuello!”

            Cuando lo escuchamos como de refilón como se lo contaba Pepe Luis a un amigo, no entendimos gran cosa pero nos hizo gracia lo del pañal sucio y el uso de una palabra malsonante que incluía. Lo de ese tipo de palabras tiene su retaca, porque era un uso corriente el de entretenernos en buscarlas por el diccionario y después presumir entre los amigos que sabíamos más de temas escabrosos que ellos… Aunque los librejos de ese tipo que estaban al uso por la época solían abusar de una figura que se llama “círculo vicioso”, por ejemplo, “puta” te llevaba a “ramera”, y viceversa, jejejejeje. Años más tarde don Camilo José Cela, Premio Nobel de Literatura, publicaría un ensayo en el que se recogen todas las posibles variaciones en castellano de la palabra aderezadas con frases de narraciones o poesías en el que se emplean, el tal libro de titula “Izas, rabizas y colipoterras”, por si alguien tiene curiosidad…

             El régimen por su parte andaba dándole vueltas a la célebre frase de Tomasso de Lampedusa de que "hay que cambiar algo para que todo siga igual" y tampoco acaba de encontrar el matiz de lo que había de cambiar para conseguir que todo siguiera del mismo modo, así mientras que en marzo se inaugura el museo Picasso en Barcelona y en abril reaparece la Revista de Occidente, fundada por don José Ortega y Gasset, pareciendo que se iba a soplar una ligera brisa de libertad, en mayo se instaura el Tribunal de Orden Público con el ánimo de cerrar cualquier ventana por la que pudiera correr cualquier viento que pudiera refrescar el rancio aroma que se vivía.

            Y el "ebanista", que ocupaba con su compañera uno de los dos apartamentos de la terraza, se limitaba por el momento a lo de los chistes y a cantar zarzuelas a voz en grito, en particular los domingos por la mañana cuando las familias respetables acudían a misa mayor, que nunca me logré enterar muy bien si era la de las doce de la mañana o la de la una de la tarde, porque nosotros, es decir los muchachos, íbamos a la de diez, pues era más corta y además nos permitía tener el resto de la mañana libre. Resultaba curioso el comportamiento de nuestros padres, tanto los de Rivas o de Paco como los propios, que no cumpliendo nunca ellos con el precepto católico de la misa dominical sin embargo nos obligaban a ir a nosotros. El quid de la cuestión estaba en que su problema no estaba en las creencias religiosas, ellos eran creyentes aunque sólo practicaran los ritos en ocasiones muy puntuales como bautizos y bodas, sino en la credibilidad de las instituciones católicas que habían hecho causa común hasta identificarse con los regímenes fascistas.
            Mientras cantaba hacia tallas de madera con una navaja en su terraza para pasar el tiempo. Por lo general eran caballitos de madera bastantes sencillos de factura que luego regalaba a los niños pequeños del vecindario para que se entretuvieran. Aunque era capaz de realizar auténticas maravillas como un caballo sostenido sólo por dos patas y la cola, a imitación de la escultura ecuestre de don Felipe el Cuarto que había sido diseñada por Velázquez, y que barnizada adornaba la cómoda de su salón.

            La dialéctica arte-ideología es altamente peligrosa para el autor, como una bomba que te puede estallar en las manos. Así un maestro como Alfred Hitchcock en el arte de fascinar con las imágenes puede llegar a realizar disparates como "Topaz".
            Sir Alfred nos descubrió también el surrealismo, y con él aquello que se llamaba el subconsciente en una secuencia de su película "Recuerda", que es probable que también viéramos por aquellas fechas, año antes o año después, pues había sido rodada en el 45.

            Referente al subconsciente todavía tengo mis dudas sobre si fue un sueño o una realidad aquella vez que vi levitar a la hermana de Rivas, Susana, o tal vez fueron las condiciones ambientales que me hicieron creer que sus pies caminaban a medio metro del suelo. Porque fue en el atardecer de uno de esos días de finales del invierno en que las horas de sol se van alargando anticipando la primavera, y en ciertos casos, sobre todo si está algo nublado se pasa de la luz a la oscuridad en breves instantes. Las farolas del alumbrado público funcionaban todavía con gas, aunque ya la figura típica del farolero, aquel hombrecillo provisto de vara larga que tenía como misión ir encendiendo uno a uno los faroles del barrio cuando anochecía para repetir la operación a la inversa a la mañana siguiente, había desaparecido, pues el encendido y el apagado eran automáticos. La calle desierta formaba una larga perspectiva flanqueada por las oscuras masas de los edificios que tenía como punto de fuga una claridad blanquecinorrosácea bajo un nubarrón de un azul oscuro intenso, entonces, en un sólo instante más rápido que un parpadeo, desapareció el resplandor del cielo, se encendieron todos los faroles al mismo tiempo y flotando en la atmósfera de esta imagen positivizada de la del momento anterior vi avanzar hacia mi a Susana, con los ojos luminosos, como si viniera a decirme algo. Yo, sorprendido, me quedé parado y parpadeé con intención de ver con mayor nitidez aquello a lo que no daba crédito mi pensamiento, y cuando abrí los ojos de nuevo la muchacha estaba penetrando en el portal de nuestro edificio.
            Esto me puso en movimiento y fui a paso ligero hasta la puerta, apenas unos metros, y cuando llegué había desaparecido por completo, no estaba ni por las escaleras ni el pasillo que llevaba hasta el patio interior... creo que en mi perplejidad llegué hasta a mirar hacia el techo del portal por si en su levitación había subido hasta allí y se encontraba flotando junto a la lámpara.


            Doris Day, en uno de los pocos papeles dramáticos en que la dejaron participar, está inolvidable y su canción: “…pregunté a mi papi: ¿qué seré yo?”, aún acuna alguno de nuestros sueños más dulces… “Será, será... Lo que sea será”, con un determinismo que proclama lo impredecible que es el futuro para cualquiera.
            Compartía protagonismo con James Stewart, muy versado en hablar con ángeles y opinar “¡Qué bello es vivir!”, que indefectiblemente se pasa por alguna cadena de televisión Navidad tras Navidad.
           A la trama de la peli que versa sobre una posible conjura con atentado fallido en un teatro, no muy diferente en su configuración al Metropolitano, donde la visionamos, se le uniría unos años después, cuando éste se había reconvertido en Salón para Bodas y Banquetes, en el enclave en que tuvo lugar una célebre cena entre militares y civiles que preparaban otra fallida conjura conocida como “El Tejerazo”, que nos mantuvo insomnes durante la noche de un 23 de febrero a todos los españolitos, incluido el Rey de las Españas…

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