DE CÓMO LOS CLÁSICOS NOS LLEGABAN
POR ESCABROSOS CAMINOS, Y DE LO DIFÍCIL QUE NOS FUE COMPRENDER QUE TODO EN LA
VIDA ES CINE Y LOS SUEÑOS CINE SON.
Tal vez porque nadie se iba a creer
en aquellas fechas que la vida fuera un sueño, la obra teatral de Calderón de la Barca se llevó a las
pantallas con el nombre de "El Príncipe Encadenado", y la rodó Luis
Lucia, en aquellos años uno de los más afamados directores de cine por llevar a
las pantallas las primeras películas de Marisol, más tarde conocida como Pepa
Flores, y de Rocío Dúrcal, que nunca transcendió su primer nombre artístico.
En los últimos meses del curso, el
último que pasaría en la
Escuela Pública, nos habíamos comenzado a interesar por las
compañeras de la otra sección, unos más y otros menos, en general más lo de más
edad y menos los de menos.
La cosa no fue de un día para otro
sino que poco a poco, a la salida de clase fluí dejando de irme a jugar con mis
inseparables Paco y Rivas, y relacionándome más con los Manolos, Manolo A. y
Manolo C., dos compañeros de clase que con otros salían en pandilla con una
respectiva pandilla de chicas. Algunos chicos tenían más o menos formada su
pareja, así Manolo A. iba con Amparito, Manolo C. con Visi, pero los más íbamos
en grupo. A mi me gustaba una muchachita de la pandilla que se llamaba Mora de
apellido.
Manolo A. vivía en nuestro edificio
en el cuarto piso en uno de los apartamentos de la galería pero nunca había
parado mucho con nosotros porque era "flecha" y a la salida del
colegio se iba con sus compañeros de centuria. Tampoco solía ir al cine porque
en su agrupación falangista les proyectaban cine gratis y, es de suponer, “patriótico”.
Su padre era taxista y debía tener algún cargo en el Sindicato Vertical. Era
éste un engendro del régimen, que habiendo ilegalizado los sindicatos de clase
anteriores a la guerra, primordialmente la Unión General de
Trabajadores (U.G.T.), de ideología socialista, y la Confederación Nacional
del Trabajo (C.N.T.), de ideología anarcosindicalista, se había inventado un
sindicato interclasista en el que podían, y debían, porque era obligatorio,
estar afiliados los patronos y los trabajadores.
La pareja de Manolo A. podría
decirse que era compensada, él era rubio, con el pelo rizado y de mediana
estatura y Amparito era más o menos de sus hechuras con el pelo castaño largo y
lacio, pero la de Manolo C. era muy pintoresca porque él era seguramente el más
bajito del grupo, aún teniendo algún año más que otros, y de constitución fina,
mientras que ella era alta y bien puesta, es decir, que tenía los pechos más
formados de todas las chicas de la pandilla. Entonces no lo pensé, no tenía ni
suficiente lucidez ni experiencia, pero lo suyo era una clara transmutación de
la relación materno-filial, y hoy estoy seguro que a Manolo C. le encantaba
soñar con chupar los pezones de esos incipientes pechos que ya tenía Visi.
Porque si aquella vida no podía
identificarse con un sueño, y tal vez como consecuencia de ello, la gente
soñaba mucho, dormida y despierta, y
comunicaba sus sueños a los amigos y conocidos sin sentir ninguna vergüenza por
ello. Se soñaba con que te tocara la lotería o las quinielas, con el/la
protagonista de la última película visionada, con mejorar de vida, con poder
dar estudios a los chicos para que encontraran un buen trabajo... Porque
trabajo había en abundancia, no se sabía lo que era este fenómeno aberrante del
paro, pero las condiciones en que se trabajaba y la relación entre lo que se
producía y el salario obtenido dejaban mucho que desear, por lo que algunos
jóvenes se decidían a buscar nuevos horizontes en tierras europeas.
Cuando la vimos en el cine Sorrento
nos sorprendió por muy variados motivos. El primero que no era lo que esperábamos
ver deduciendo del título una película de capa y espada, como una especie de
"El Prisionero de Zenda", y aquello apenas si tenía acción, y lo
segundo que los actores hablaban en verso lo que no dejaba de parecernos muy
estrambótico. Además el teatro, como género literario, nos era ajeno, ni había
teatros en el barrio ni afición a ir a ellos. Lo más cercano al teatro a lo que
acudían de forma esporádica algunos de los vecinos era a ver una revista de
variedades.
Y el Museo del Prado era un edificio
grande que quedaba medio oculto entre los árboles cuando alguna vez fuimos en
autobús a despedir o recibir a algún pariente en la cercana estación de Atocha.
Era costumbre en las fechas navideñas que algunos comercios regalaran a sus
parroquianos calendarios con una lámina decorativa y unas faldillas con los
meses de la anualidad correspondiente como atención a la clientela y para que
siguieran recordando donde debían realizar sus compras… En ellos no faltaban ni
la razón social del comerciante ni una descripción de lo que se representaba en
la lámina, así que durante el 63 convivimos en el salón de la casa con una
linda reproducción de: “La Sagrada Familia del Pajarito, óleo de Bartolomé
Esteban Murillo, Museo de El Prado, Carnicerías Panito, Calle de Bravo Murillo,
etc.”
En cuanto al nombre de los cines ya
habrán notado los lectores que seguían dos criterios bastante estrictos, uno
basado en los toponímicos de la zona: Chamartín (así se llamó también el
estadio del Club de Fútbol Real Madrid, antes de que pasara a denominarse
Santiago Bernabéu, en honor del inventor del negocio de las Copas de Europa), Tetuán
(del barrio en sí, Tetuán de las Victorias, que siendo pueblo independiente de
Madrid a finales del XIX, en él acamparon las fuerzas del General Prim, después
de una importante victoria por los Marruecos, inmortalizada por Fortuny desde
su estudio en Cataluña), Metropolitano (por estar situado cercano a las
cocheras del subterráneo medio de transporte), Alvarado, de la calle del mismo
nombre… y otro a toponímicos de un cierto glamour con resonancias exóticas:
Lido (de la playa del mismo nombre, ubicada en Venecia), Savoy (del célebre
teatro), Sorrento (de la ciudad italiana cantada por Pavarrotti, entre otros
tenores), Montija (de la emperatriz Eugenia de Montijo)…

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