miércoles, 18 de abril de 2012

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            DE CÓMO LOS CLÁSICOS NOS LLEGABAN POR ESCABROSOS CAMINOS, Y DE LO DIFÍCIL QUE NOS FUE COMPRENDER QUE TODO EN LA VIDA ES CINE Y LOS SUEÑOS CINE SON.

            Tal vez porque nadie se iba a creer en aquellas fechas que la vida fuera un sueño, la obra teatral de Calderón de la Barca se llevó a las pantallas con el nombre de "El Príncipe Encadenado", y la rodó Luis Lucia, en aquellos años uno de los más afamados directores de cine por llevar a las pantallas las primeras películas de Marisol, más tarde conocida como Pepa Flores, y de Rocío Dúrcal, que nunca transcendió su primer nombre artístico.

            En los últimos meses del curso, el último que pasaría en la Escuela Pública, nos habíamos comenzado a interesar por las compañeras de la otra sección, unos más y otros menos, en general más lo de más edad y menos los de menos.
            La cosa no fue de un día para otro sino que poco a poco, a la salida de clase fluí dejando de irme a jugar con mis inseparables Paco y Rivas, y relacionándome más con los Manolos, Manolo A. y Manolo C., dos compañeros de clase que con otros salían en pandilla con una respectiva pandilla de chicas. Algunos chicos tenían más o menos formada su pareja, así Manolo A. iba con Amparito, Manolo C. con Visi, pero los más íbamos en grupo. A mi me gustaba una muchachita de la pandilla que se llamaba Mora de apellido.


            Manolo A. vivía en nuestro edificio en el cuarto piso en uno de los apartamentos de la galería pero nunca había parado mucho con nosotros porque era "flecha" y a la salida del colegio se iba con sus compañeros de centuria. Tampoco solía ir al cine porque en su agrupación falangista les proyectaban cine gratis y, es de suponer, “patriótico”. Su padre era taxista y debía tener algún cargo en el Sindicato Vertical. Era éste un engendro del régimen, que habiendo ilegalizado los sindicatos de clase anteriores a la guerra, primordialmente la Unión General de Trabajadores (U.G.T.), de ideología socialista, y la Confederación Nacional del Trabajo (C.N.T.), de ideología anarcosindicalista, se había inventado un sindicato interclasista en el que podían, y debían, porque era obligatorio, estar afiliados los patronos y los trabajadores.

            La pareja de Manolo A. podría decirse que era compensada, él era rubio, con el pelo rizado y de mediana estatura y Amparito era más o menos de sus hechuras con el pelo castaño largo y lacio, pero la de Manolo C. era muy pintoresca porque él era seguramente el más bajito del grupo, aún teniendo algún año más que otros, y de constitución fina, mientras que ella era alta y bien puesta, es decir, que tenía los pechos más formados de todas las chicas de la pandilla. Entonces no lo pensé, no tenía ni suficiente lucidez ni experiencia, pero lo suyo era una clara transmutación de la relación materno-filial, y hoy estoy seguro que a Manolo C. le encantaba soñar con chupar los pezones de esos incipientes pechos que ya tenía Visi.

            Porque si aquella vida no podía identificarse con un sueño, y tal vez como consecuencia de ello, la gente soñaba mucho, dormida y despierta,  y comunicaba sus sueños a los amigos y conocidos sin sentir ninguna vergüenza por ello. Se soñaba con que te tocara la lotería o las quinielas, con el/la protagonista de la última película visionada, con mejorar de vida, con poder dar estudios a los chicos para que encontraran un buen trabajo... Porque trabajo había en abundancia, no se sabía lo que era este fenómeno aberrante del paro, pero las condiciones en que se trabajaba y la relación entre lo que se producía y el salario obtenido dejaban mucho que desear, por lo que algunos jóvenes se decidían a buscar nuevos horizontes en tierras europeas.

            Cuando la vimos en el cine Sorrento nos sorprendió por muy variados motivos. El primero que no era lo que esperábamos ver deduciendo del título una película de capa y espada, como una especie de "El Prisionero de Zenda", y aquello apenas si tenía acción, y lo segundo que los actores hablaban en verso lo que no dejaba de parecernos muy estrambótico. Además el teatro, como género literario, nos era ajeno, ni había teatros en el barrio ni afición a ir a ellos. Lo más cercano al teatro a lo que acudían de forma esporádica algunos de los vecinos era a ver una revista de variedades.

            Y el Museo del Prado era un edificio grande que quedaba medio oculto entre los árboles cuando alguna vez fuimos en autobús a despedir o recibir a algún pariente en la cercana estación de Atocha. Era costumbre en las fechas navideñas que algunos comercios regalaran a sus parroquianos calendarios con una lámina decorativa y unas faldillas con los meses de la anualidad correspondiente como atención a la clientela y para que siguieran recordando donde debían realizar sus compras… En ellos no faltaban ni la razón social del comerciante ni una descripción de lo que se representaba en la lámina, así que durante el 63 convivimos en el salón de la casa con una linda reproducción de: “La Sagrada Familia del Pajarito, óleo de Bartolomé Esteban Murillo, Museo de El Prado, Carnicerías Panito, Calle de Bravo Murillo, etc.”  

            En cuanto al nombre de los cines ya habrán notado los lectores que seguían dos criterios bastante estrictos, uno basado en los toponímicos de la zona: Chamartín (así se llamó también el estadio del Club de Fútbol Real Madrid, antes de que pasara a denominarse Santiago Bernabéu, en honor del inventor del negocio de las Copas de Europa), Tetuán (del barrio en sí, Tetuán de las Victorias, que siendo pueblo independiente de Madrid a finales del XIX, en él acamparon las fuerzas del General Prim, después de una importante victoria por los Marruecos, inmortalizada por Fortuny desde su estudio en Cataluña), Metropolitano (por estar situado cercano a las cocheras del subterráneo medio de transporte), Alvarado, de la calle del mismo nombre… y otro a toponímicos de un cierto glamour con resonancias exóticas: Lido (de la playa del mismo nombre, ubicada en Venecia), Savoy (del célebre teatro), Sorrento (de la ciudad italiana cantada por Pavarrotti, entre otros tenores), Montija (de la emperatriz Eugenia de Montijo)…
           


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